Escudo antimisiles: keynesianismo militar puro y duro.

6 October, 2011 § Leave a Comment

Por Aparicio Caicedo, editor deTartufocracia.com

Leía hoy la noticia del nuevo plan antimisiles de la OTAN para Europa.  Un proyecto de gasto público de 100 mil millones de euros. ¿Para qué?, ¿qué amenaza tan grave tiene Europa que justifique esto?, ¿justo ahora en plena crisis? La respuesta es simple: no tiene nada que ver con ningún interés de seguridad real, para ninguna amenaza real. Solo se trata de un plan encubierto de estímulo industrial, al más puro estilo neocon. Capitalismo de Estado puro y duro, keynesianismo militar, o como lo quieran llamar.

La noticia dice:

Rota será a partir de 2013 base naval del sistema de defensa antimisil que la OTAN y Estados Unidos esperan desplegar para contrarrestar amenazas balísticas de países como Irán o Corea del Norte [¿¿uh??], ha anunciado este miércoles el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero. En una comparecencia ante la prensa junto al secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, y el secretario de Defensa de Estados Unidos, Leon Panetta, en Bruselas, Zapatero ha estimado que el despliegue de cuatro buques de EE.UU. en Rota creará un millar de puestos de trabajo.

Esto me recuerda lo que escribía Martin Feldstein, antiguo asesor económico de Reagan (sí, el supuestamente liberal Reagan), en 2009, en el Wall Street Journal, bajo el título “El Gasto en Defensa sería un Gran Estímulo“:

Barack Obama y sus asesores económicos reconocen que la lucha contra una profunda recesión económica requiere un aumento en el gasto público para compensar la fuerte caída en los gastos de consumo y la inversión empresarial que ya está en marcha [ajá, ya, claro]. Sin ese aumento del gasto público,la crisis económica podría ser más profunda y más larga [es decir, Keynes reoladed, pero luego viene lo interesante]…

Un aumento temporal en los gastos… del Departamento de Defensa , en equipo y mano de obra, debe ser una parte importante de ese aumento en los gastos del gobierno en general. Lo mismo sucede con el Departamento de Seguridad Nacional, el FBI, y otras partes de la comunidad de inteligencia nacional…

Las adquisiciones militares tiene además la ventaja de que casi todos los equipos y suministros que las compras militares se realizan en los Estados Unidos, la creación de demanda y el empleo se quedan en casa.

Y a su vez recuerdo lo que dijo Robert Higgs sobre el artículo anterior:

El artículo de Feldstein nos recuerda que las élites que gobiernan este país tienen un nivel alto de desvergüenza. Que son capaces de relucir descaradamente cualquier penoso artilugio intelectual para justificar el arrebatar el dinero de los contribuyentes, y canalizarlo a las grandes empresas contratistas y privilegiada por la horda de zánganos en la nómina del Gobierno. Sin embargo, el keynesianismo militar, por intelectualmente ignominioso que sea, tiene un historial probado de conseguir llevar al stablishment a dónde quiere llegar.

Esto es lo que pensaba el mismísimo Keynes, en una carta abierta a Franklin Delano Roosevelt, escrita en 1933, en la cual el economista reconoce que su doctrina se inspira en una tradición económica militarista:

en una crisis, el gasto mediante crédito gubernamental es el único medio seguro de obtener rápidamente un aumento de la producción con un aumento de los precios. Es por eso que una guerra siempre ha causado intensa actividad industrial. En elpasado, las finanzas ortodoxas ha considerado una guerra como la única excusa legítima para la creación de empleo mediante el gasto gubernamental.

No sorprende así que incluso un premio Nobel, el progresista Paul Krugman, diga que los que necesitamos es “el equivalente financiero de una guerra”. Europa le está haciendo caso.

Por cierto, eso de que el gasto de guerra crea prosperidad  es un mito alimentado tanto por conservadores como por progresistas. Hace mucho tiempo fue completamente desdichopor Frederick Bastiat, entre algunos otros. Y más recientemente fue desmontado por Robert Higgs, específicamente en relación con el caso de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

La “anécdota dramática” como muletilla liberticida

26 February, 2011 § 1 Comment

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com


Hay una cosa que tienen en común todos los proyectos encaminados a mermar la libertad de las personas: la anécdota dramática. Cuando el conservador justifica la penalización del consumo de drogas, siempre te sacará alguna experiencia extrema de drogadicción terminal que acabó con la vida de tal o cual persona. Los mismo el agorero de las restricciones a los empresarios; nunca faltará quien, en una discusión sobre las leyes de salario mínimo, saque la desgarradora imagen de aquel hombre humilde que se encuentra en situación de desventaja ante el patrón explotador. Lo mismo pasa con las restricciones al consumo de tabaco, etc.

Lo que es más llamativo aún es que los dos individuos siempre aludirán al concepto “real” de la palabra “libertad”. Te dirá uno: ¿es acaso libre ese infeliz obrero que sólo puede elegir entre sueldos de miseria? Te dirá el otro: ¿se puede hablar de libertad cuando un adicto acude ante el camello, desesperado por su dosis? Puesto así, uno se la piensa dos veces antes de dar la respuesta correcta, que es: sí, así es, porque libertad quiere decir simplemente ausencia de coacción para hacer todo aquello que no afecte la libertad de los demás, sin más; no quiere decir ni “poder de negociación” ni “sentido de la responsabilidad”. Pero nadie quiere quedar como un orco que menosprecia el dolor humano en sus situaciones extremas, y por tanto caemos en la trampa, dudamos.

La “anécdota dramática” es un instrumento muy eficaz, y se aplica para cien mil ejemplos. Cuando en EEUU se debatía la famosa Patriot Act, bodrio legislativo que desdice los más mínimos parámetros de civilidad, bastaba con nombrar la frase 11-S para que quien pusiese reparos sea visto como un antipatriota-amante de Bin Laden. Obama, el iluminado redentor de la progresía, no ha derogado uno sólo de los decretos inconstitucionales suscritos por Bush, al amparo de dicha ley. ¿Por qué? Una vez que el Estado ha succionado ese espacio de libertad, no importa cuál sea la orientación política del sucesor, difícilmente este se va a desprender de esa porción de poder.

En Ecuador, el empleo de la “anécdota dramática” es práctica común hoy en día. Un ejemplo paradigmático es el de la consulta popular patrocinada por el Gobierno. Una de sus preguntas plantea posibilidad de prohibir a los propietarios y administradores de medios de comunicación el ejercer otras actividades productivas. Así, un administrador de un banco no podrá tener acciones en una empresa de software, y el director de un canal de TV no podrá a la vez ser parte del directorio de un banco o una empresa camaronera. En este caso la anécdota dramática viene dada por el “conflicto de intereses”.

La frase “conflicto de intereses” hace alusión, obviamente, a una serie de incidentes que se dieron a raíz de la “crisis bancaria” en Ecuador. Fui testigo cercano todo ello, porque durante los años que esto empezaba yo trabajaba de asistente en el despacho del Superintendente de Bancos de entonces, Juan Falconi Puig. Fue tremendo. Los medios de comunicación de propiedad de Roberto Isaías (hoy en manos del Gobierno) iniciaron una campaña de desprestigio y calumnias con Falconi exenta de cualquier escala ética, día y noche, taladrando su honra sin ningún miramiento. Todo ello mientras sus cómplices partidistas en el Congreso Nacional (PRE y PSC) lograron destituirlo de la Superintendencia. Lo tengo grabado. Fue una anécdota muy dramática, sin duda.

Habrán habido otros incidentes parecidos. Pero, como pasa en el caso de la ley de salario mínimos y la penalización de las drogas, podemos ver que la “anécdota dramática” es precisamente eso, una circunstancia esporádica que por cruda que resulte no puede servir de estándar para valorar la libertad de todos los demás. Lo que vi en esos años fue impactante, pero no por eso tengo derecho a satanizar a todo banquero, porque nuestra libertad no puede estar sujeta a los vaivenes de ninguna mayoría, su único límite es la libertad de los demás. Y, si hubiese un mínimo ánimo de coherencia, veríamos que el potencial de un “conflicto de intereses” es mucho mayor en cualquier puesto de Gobierno.

Por el contrario, como pasa también con los salarios y la drogas, este tipo de restricciones resultan completamente ineficaces, cuando no empeoran el mal que busca prevenir. Las restricciones laborales crean más desocupación, la guerra contras las drogas más violencia. Los males de nuestra sociedad no se deben a un atado de voraces financistas apoderándose del mercado, ni de propietarios de medios sin escrúpulos.

Pero la “anécdota dramática” impacta, fija un escenario de buenos y malos, de pérfidos magnates en contra de los intereses de los pobres. Nadie quiere quedar como una apologeta del mal. Se invierte la carga de la prueba. Somos nosotros los que debemos demostrar que hacemos un uso “correcto” de nuestra libertad. Y así vamos, poco a poco.

Y lo peor es que cuentan con una legión de cheerleaders encargadas de dotarlos de credenciales teóricas. Mejor que nadie lo ha dicho Robert Higgs, así que cerramos con sus palabras:

En esta aventura, los Gobiernos han recibido el apoyo de una creciente cofradía secular de intelectuales y un número mucho mayor de seudointelectuales—F. A. Hayek los llamaba “traficantes de ideas de segunda mano”—quienes por diversas razones han tendido abrumadoramente a propugnar doctrinas colectivistas (Hayek 1949; Mises [1956] 1972; Nozick [1986] 1998; Rothbard [1965] 2000, 61-70; Feser 2004). Estos vendedores ambulantes de ideas, muchos de los cuales hoy en día viven a expensas de los contribuyentes, han desarrollado una serie de interpretaciones sobre los problemas del mundo y de su potencial cura en las que presentan a ciertas acciones privadas, especialmente aquellas encapsuladas dentro del concepto de “capitalismo”, como la fuente de una plétora de amenazas contra la vida, la salud y la felicidad. Ellos consideran al Gobierno como el salvador que descenderá del cielo—ubicado en Paris, Madrid, Bruselas, Washington y otros lugares del estilo—para remediar todos los pesares de la gente, alejar a los malhechores y especialmente para echar a los “mercaderes” privados del templo. Karl Marx ganó celebridad cuando dijo que la religión es el opio del pueblo. Quizás de forma menos célebre, pero igualmente correcta, Raymond Aron (1957) llamó al colectivismo, especialmente en su variante marxistas, “el opio de los intelectuales”.

El mito del Estado intervencionista de Karl Rove

29 January, 2011 § 2 Comments

Por David Boaz, Vicepresidente Ejecutivo del Cato Institute.

Karl Rove, el arquitecto de las victorias del Partido Republicano en 2000 y 2004, y de las victorias del Partido Demócrata en 2006 y 2008, denuncia (en inglés) al presidente Obama por “gastar en exceso” y por el “activismo progresista” palpable en su discurso sobre el estado de la Unión. La frase resaltada por el Wall Street Journal en su columna es, “El martes, los republicanos ofrecen una alternativa a la visión del presidente del estatismo”. Lo que Rove omite es que él y el presidente Bush iniciaron el exceso de gastos, nos dejaron con un Estado obeso y, de hecho, llegaron a la presidencia  con una visión estatista, como lo señaló Ed Crane en 1999.

Basta con echar un vistazo a la columna de Rove en el Wall Street Journal:

“La mayor parte de su discurso de una hora de duración fue un himno al activismo progresista, el presidente hizo un llamado para redoblar los gastos en trenes de alta velocidad y crear ‘innumerables’ puestos de trabajo en energía verde”.

Parafernalia progresista, sin duda. Sin embargo, el antiguo colega de Rove, Michael Gerson (asesor de discurso de la Casa Blanca durante los años de Bush), escribió el mismo día en su columna de Washington Post:

“En el discurso del estado de la Unión de 2006, que ayudé a escribir, el presidente George W. Bush propuso un incremento del 22 por ciento en la investigación de energía limpia en el Departamento de Energía, duplicar la investigación básica en las ciencias físicas y la formación de 70.000 profesores de secundaria para impartir cursos avanzados en matemáticas y ciencias. No tengo ni idea de si estas ‘inversiones’ fueron aprobadas o aportaron en algo. Dudo que alguien lo sepa”.

El sinsentido “verde” abunda en Washington.

Rove critica a Obama por

“un presupuesto federal que se incrementó 25% en dos años, aumentando la relación del gasto público federal como porcentaje del PIB al 25% desde aproximadamente el 20%”.

Obama es un gastador de calidad mundial. Pero el gasto aumentó en un 83 por ciento durante la presidencia de Bush, de $ 1.863 billones (trillions en ingles) a $3.414 billones. Él aumentó el gasto federal más rápido que cualquier presidente desde Lyndon Johnson. Y sí, Obama está aumentando la relación gasto público federal como porcentaje del PIB, pero Bush aumentó la participación del gobierno federal en el PIB en 2,2 puntos porcentuales, antes de la crisis financiera, los rescates, y el programa para alivio de activos tóxicos (TARP, por sus siglas en ingles).

Rove escribe:

“El desafío va más allá de los presupuestos y de la deuda. Se trata de los propósitos básicos del Estado y de su papel en nuestras vidas. Si no actuamos pronto, la naturaleza de la sociedad estadounidense va a cambiar de manera profunda y duradera”.

Sí, ese es el problema real. Yo mismo he criticado de Obama su “agenda estatista de gran envergadura”. Pero la administración Bush nos dio la intrusión del gobierno federal en nuestras escuelas locales, la mayor expansión de las ayudas sociales en 40 años, una propuesta de enmienda constitucional para nacionalizar el Derecho matrimonial, restricciones inconstitucionales a nuestra libertad en el discurso político, y la intromisión del gobierno federal en la habitación de hospital de Terri Schiavo. Como lo han dicho Gene Healy y Timothy Lynch, promovió

“una visión del poder federal que es sorprendentemente amplia, una visión que incluye un gobierno federal con la facultad de regular el discurso político —y restringirlo enormemente cuando más cuenta: en los días previos a una elección federal; un presidente al que no se le podrá impedir, gracias a leyes válidamente promulgadas, emplear cualquier táctica que crea eficaz en la guerra contra el terror; un presidente que tiene el poder inherentemente constitucional para señalar ciudadanos estadounidenses sospechosos de actividades terroristas como ‘combatientes enemigos’, despojarlos de toda protección constitucional y encerrarlos sin cargos mientras dure la guerra contra el terror —en otras palabras, tal vez para siempre; y un gobierno federal con el poder para supervisar prácticamente todos los aspectos de la vida de los estadounidenses, desde la guardería, al matrimonio, hasta la tumba”.

Bush y Rove también han cambiado la sociedad estadounidense de manera profunda y duradera.

Rove dice que Paul Ryan, el nuevo presidente del Partido Republicano del Comité de Presupuesto de la Cámara, “sabe que la reforma de estos programas, especialmente de Medicare, es el único camino a la salud fiscal y el crecimiento económico”. Lástima que el gobierno de Bush empeoró el problema de Medicare ($18 billones peor).

Rove escribe que

“el debate sobre el papel y el propósito del Estado se ha formado de una manera que EE.UU. no ha visto en tres décadas”.

Esperemos que sea así. Nosotros en Cato, hemos estado tratando de tener ese debate durante años, incluyendo la crítica de Ed Crane en 1999 a la visión estatista de Bush y Rove. El libro de Michael Tanner de 2007, Leviathan on the Right: How Big-Government Conservatism Brought Down the Republican Revolution. Y, ciertamente, el compañero de armas de Rove, Gerson, ha sido un enérgico detractor de la visión de gobierno limitado defendida por los liberales que se oponen al estatismo Bush-Obama.

Por último, Rove nos recuerda:

“La deuda total fue de $10,6 billones antes del discurso inaugural [de Obama] y es de $14,2 billones en la actualidad”.

Verdadero. El Presidente Obama está aumentando el déficit y la deuda aún más rápido que el presidente Bush, bajo el cual la deuda nacional aumentó en $4,9 billones. Pero se requiere de mucho descaro para que el arquitecto del mayor aumento de la deuda critique a su sucesor por superar el récord.

Sin duda, el Wall Street Journal podría encontrar críticos más creíbles de la visión estatista del presidente Obama que la gente que dirigía el “desastre estatista ” que fue el gobierno de Bush.


Cuando todas las drogas eran legales

27 January, 2011 § 2 Comments

Por  Jacob H. Huebert, autor de Libertarianism Today. Traducido por Tartufocracia.com, del original publicado en Lewrockwell.com.

Los libertarios proponen el fin inmediato de la guerra contra las drogas. Esto supondría un cambio de rumbo dramático para los Estados Unidos; aunque, como veremos, quizá en verdad no sería tan radical – solo nos regresaría a la exitosa política libertaria de drogas que Estados Unidos ha tenido por la mayor parte de su historia.

En la historia de EE.UU., todas las drogas fueron tradicionalmente legales. ¿Qué tan legales? Como señaló el escritor libertario Harry Browne, “pocas personas son conscientes de que antes de la Primera Guerra Mundial, una niña de 9 años de edad podía entrar en una farmacia y comprar heroína”. De hecho, antes de la aspirina, Bayer vendió heroína ™ como un “sedante para la tos”. (Como empresa alemana, Bayer se vio obligado a renunciar a la marca después de la Primera Guerra Mundial en el marco del Tratado de Versalles.) Promovía un jarabe para la tos de heroína en su catálogo de pedidos por correo: “va a satisfacer el paladar de los adultos más exigentes o el niño más caprichoso. “ La cocaína, por otra parte, era fabricada por Merck, y fue muy popular también. Parke-Davis (que ahora es una filial de Pfizer) anunciaba un “kit de cocaína” que según decía podría “ocupar el lugar de los alimentos, hacer al cobarde valiente, al silencioso elocuente y… hacer que al paciente insensible al dolor”. A finales del siglo XIX se anunciaba  ”cocaína para dolor de muelas”, y se prometía a sus usuarios (incluidos los niños, tales como se describía en los anuncios) una “curación instantánea”. Otro producto popular era el “jarabe calmante de la Sra. Winslow “, que contenía 65 mg de morfina por onza, y se comercializaba a las madres para calmar a los bebés y los niños inquietos. McCormick (la empresa de especias) vendía “paregórico”, una mezcla de alcohol muy concentrado con opio, como un tratamiento para la diarrea, la tos, y el dolor, con las instrucciones en la botella para bebés, niños y adultos. Otro medicamento llamado láudano fue similar, pero con 25 veces más opio. La heroína y el opio fueron comercializados como tratamientos para el asma, también. Y, por supuesto, la cocaína era un ingrediente de Coca-Cola desde 1886 hasta 1900.

Todos estos productos estaban disponibles “en el mostrador”. Un médico, farmacéutico, o cualquier otra persona podía anunciar y venderlos sin receta o permiso especial. Las drogas eran como cualquier otra mercancía en el mercado.

¿Comerciar heroína para los niños?, ¿poner cocaína en Coca-Cola? Muchas personas toman todo esto como evidencia de que, por supuesto, el Gobierno debía intervenir y hacer algo. Sin embargo, la amplia disponibilidad de estos productos no causó el desastre que se podría esperar. En retrospectiva, quizá parezca incorrecto que las personas  hayan administrado narcóticos rutinariamente a sus hijos. Pero, por otra parte, en los años anteriores al Acetaminofén, el Ibuprofeno, o la aspirina (que no se introdujo hasta 1898), la gente tenía pocas alternativas para tratar el dolor. Así tan fácil como podría ser para nosotros para criticar los estadounidenses del siglo XIX por su uso, estos fármacos a menudo realmente ayudaban a las personas y constituía su mejor alternativa. Y no fueron utilizados sólo por personas ignorantes engañados por vendedores de aceite de serpiente. Por ejemplo, Benjamin Franklin tomó láudano para controlar el dolor de cálculos renales al final de su vida.

La vida bajo la legalización no era perfecta, por supuesto. Habían adictos. Pero la mayoría de adictos al opio lo era porque alguien en la profesión médica los introdujo a esa sustancia, al igual que los médicos hoy en día los médicos pueden enganchar a la gente a drogas legales sin desearlo. Algunas personas se convirtieron en adictos a través de medicinas patentadas que tomaron por su cuenta -, pero los adictos eran sólo una pequeña parte del mercado de estos productos. Muchas personas se convirtieron en adictos al opio, esencialmente a causa del Gobierno. Durante la Guerra Civil, los Estados Unidos alimentó la adicción al ese fármaco, repartió cerca de 10 millones de pastillas de opio y 2.841 onzas de polvo de opio para el ejército. Como resultado, la adicción a las drogas se conoció como la “enfermedad del soldado”. Otros factores que llevaron a las personas a la adicción eran estatales y locales: la prohibición del alcohol y la desaprobación social cada vez mayor del alcohol, lo que incitó a la gente a sustituir el licor. En los estados donde el alcohol estaba prohibido, el uso de opiáceos aumentó en un 150 por ciento. Un estudio de 1872 de la Junta de Salud del Estado de Massachusetts encontró que el movimiento por la sobriedad había provocado un repunte en el consumo de opiáceos, y señaló que el opio podía ser “adquirido y portado sin poner en peligro la reputación de sobriedad”, y era visto como “más elegante” que el alcohol.

La adicción al opio aumentó en las décadas posteriores a la Guerra Civil, pero pronto también lo hizo la educación y la comprensión acerca de las drogas y su naturaleza adictiva, entre los médicos y el público.  Mientras tanto, el mercado produjo medicamentos más seguros, como la aspirina. Como resultado de estos factores, la adicción alcanzó su punto máximo hacia el final del siglo XIX y luego comenzó un largo declive, sin necesidad de un Gobierno en “guerra”.

Y aunque Estados Unidos tenía adictos en el siglo XIX (quizás tanto como un 0,5 por ciento de la población), hay algunas cosas en particular que no tenía entonces. Lo más importante, no había prácticamente nada de la violencia, la muerte, y la delincuencia que asociamos con el problema de las drogas hoy en día. La mayoría de los consumidores de drogas no eran delincuentes callejeros, sino que el adicto típico, como apuntó el autor Mike Gray , “era una mujer de mediana edad sureña y blanca enganchada del láudano”. Muchos o la mayoría de adictos al opio llevaban una vida más o menos normal, y consiguieron mantener su adicción oculta.

El miedo: la base del poder de todo Gobierno

9 December, 2010 § 4 Comments

Por Robert Higgs, senior scholar del Independent Institute, y autor de Crisis and Leviathan (Oxford University Press, 1987), Depression, War and Cold War (Oxford University Press, 2006) y Neither Liberty nor Safety (Independent Insitue, 2007). Traducido por Tartufocracia.com del original en inglés.

Todos los animales experimentan miedo—los seres humanos, probablemente, más que todos los demás. Cualquier animal incapaz de sentir miedo tendría muy pocas probabilidades de sobrevivir, sin importar su tamaño, rapidez o cualquier otro atributo. El miedo nos alerta de aquellos peligros que amenazan nuestro bienestar y en ocasiones incluso nuestras propias vidas. Ante la sensación de miedo reaccionamos huyendo, escondiéndonos o preparándonos para repeler la amenaza. Despreciar el miedo es exponernos a nosotros mismos a la posibilidad de un riesgo mortal. Decir a otros que no teman es darles un consejo que no pueden seguir (Bloom 2004, 82-84). Incluso los hombres que se desempeñan heroicamente en el campo de batalla, si son honestos, admiten que sienten miedo. “Sería él algún tipo de persona perturbada o insensible”, escribió Aristóteles, “si él no temiese nada, ni los terremotos ni las olas”. Nuestra desarrollada cubierta sicológica y fisiológica nos predispone a temer las amenazas actuales o potenciales, incluso aquellas que existen sólo en nuestra propia imaginación.

“Y tendrás la vida pendiente de un hilo; y estarás aterrado de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida”. (Deuteronomio 28:66)

Las personas que tienen la desfachatez de gobernarnos, que se atreven a llamarse a sí mismos gobernantes, entienden este hecho básico de la naturaleza humana. Lo explotan, lo promueven. Ya sea que establezcan un Estado militarista o un Estado de bienestar, ellos dependen del miedo para asegurar sumisión pública, para garantizar conformidad con sus mandatos oficiales y, en ocasiones, para lograr cooperación activa con las iniciativas y aventuras del propio Estado (Bloom 2004, 85-93). Sin el miedo del pueblo, ningún Gobierno duraría más de veinticuatro horas[1].

David Hume sostenía que todos los Gobiernos dependen de la opinión pública, y muchos han avalado su posición (e.g. Mises [1927], 1985, 41, 45, 50-51, 180; Rothbard [1965] 2000, 61-62). No obstante, la opinión pública no es la piedra angular del Gobierno. Ésta se asienta en algo más profundo y primigenio: el miedo. Hume reconoció que la opinión pública que sustenta al Gobierno deriva su fuerza de “otros principios”, entre los que incluyó el miedo. No obstante, señaló que tales principios eran simplemente “secundarios”, y “no los principios originales del Gobierno”. Él apuntaba que “ningún hombre tendría razón alguna para temer la furia de un tirano, si [el tirano] no gozase de su autoridad en virtud de nada más que el miedo” ([1777] 1987, 34 cursivas en el original). Avalamos la opinión de Hume, pero sostenemos que, sin importar la clase de relación existente entre el soberano y su guardia real, la autoridad del gobernante sobre la gran masa de sus súbditos se fundamenta esencialmente en el miedo.

Murray Rothbard toma en consideración el miedo en su análisis sobre la anatomía del Estado, catalogando su instigación como “otro mecanismo exitoso” por medio del cual los gobernantes aseguran que sus súbditos acepten o al menos toleren el hecho de ser dominados—“los actuales gobernantes, se decía, proveen a los ciudadanos un servicio esencial por el cual ellos deben estar profundamente agradecidos: protección contra criminales y malhechores esporádicos”  ([1965] 2000, 65). Pero Rothbard no ve al miedo como la base fundamental sobre la que los gobernantes apoyan su supremacía, como yo aquí sostengo. También es cierto que, como diversos académicos han señalado, la ideología es un elemento crítico para el mantenimiento del poder del Gobierno en el largo plazo. No obstante, hasta hoy toda ideología que avala la legitimidad del Gobierno requiere y está imbuida por algún tipo de miedo. A diferencia de Rothbard, quien mira la instigación al miedo como uno más entre los múltiples “mecanismos” que el Gobierno utiliza para mantener controlada a las masas, yo sostengo que el miedo público es condición necesaria (aunque quizá no suficiente) para la viabilidad del Gobierno tal y como lo concebimos en la actualidad[2].

Jack Douglas se aproxima a mi punto de vista cuando señala que los mitos (un término que él usa básicamente de la misma manera que yo uso el término ideologías) “son fundamentalmente la voz de nuestras emociones, las imágenes de nuestras esperanzas y temores pasionales, o de nuestros deseos y odios pasionales” (1989, 220, cursivas añadidas; véase también 313 sobre “el muy poderoso miedo a la muerte que fortalece a todas las demás” [esto es, a las demás pasiones primarias]). En su extensa argumentación sobre el antiguo y omnipresente “mito del Estado de bienestar”, no obstante, Douglas pone más énfasis en el factor esperanza (milenarismo) que en el factor miedo. Yo sostengo en cambio que las ideologías por lo general se centran en la esperanza de la gente en que el Gobierno las libre de sus temores. Como apunta David Altheide, “la gente quiere ser ‘salvada’ y ‘liberada’, pero quiere ser salvada y liberada del miedo, y esto es lo que hace el mensaje de miedo [de los mass media] tan convincente e importante para la política del Gobierno y el tejido de nuestra propia vida social” (2002, 15-16).

No se trata sólo de miedo al Gobierno en sí, sino que también puede tratarse del miedo a aquellos peligros de los cuales el Gobierno pretende protegernos. Lógicamente, puede que algunas de las amenazas antes las cuales los súbditos buscan la protección del Gobierno, para calmar sus temores, sean reales. No estoy sugiriendo que las personas que miran al Gobierno en busca de salvación lo hagan siempre motivadas por una amenaza imaginaria, aunque insisto en que actualmente, si no siempre, muchos de los temores del público surgen bajo el estímulo expreso del propio Gobierno. Bien sea que las personas teman (1) al mismo Gobierno, (2) a los riesgos reales frente a los cuales buscan la protección del Gobierno o (3) a peligros ilusorios frente a los cuales también buscan la misma protección, la importancia relativa de cada una de estas variantes del miedo público ha cambiado en cada momento y lugar. En cada caso, no obstante, el Gobierno ha buscado encausar ese miedo público en su propio provecho[3]. “Dirigir el miedo en una sociedad es equivalente a controlar esa sociedad. Cada era tiene sus miedos, cada gobernante tiene sus enemigos, cada soberano asigna culpas, y cada ciudadano aprende todo esto en forma de propaganda” (Altheide 2002, 17, véase también 56, 91, 126-33, 196, et pássim).

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La “progresía” contra Assange

7 December, 2010 § Leave a Comment

¿Hay una confabulación progre contra el director de Wikileaks?

Parece ser que así es. Por un lado, la administración de Barack Obama, el mesías que prometió erradicar la triste herencia neocon, lo persigue como perro con hambre, lo ha asfixiado hasta el punto que Julian Assange ha preferido entregarse. Por otro, en perfecto complot, activistas feministas lo persiguen judicialmente porque su definición legal de “violación” y “abuso sexual” incluye el hecho de negarse a utilizar un condón.

A que Obama se contradiga a sí mismo estamos acostumbrados. Lo dejó claro cuando firmó la renovación de todas las medidas inconstitucionales aplicadas por Bush, en virtud de la famosa Patriot Act que tanto satanizó la izquierda americana (con toda la razón).

Lo llamativo esta vez es que la progresía feminista haya sido el instrumento para atraparlo. De hecho, como señala el británico Daily Mail, las dos mujeres en cuestión han dicho enfáticamente que el sexo fue consentido, que incluso hubo cortejo previo de parte y parte. Su pecado fue negarse a usar condón en una ocasión, y que el preservativo se le haya roto en otra. Así, gracias a un malabar interpretativo de los imaginativos fiscales suecos, se va preso porque eso lo convierte en un abusador y un violador.

Al final, se va a terminar poniendo celosa la derecha conservadora de su némesis electoral. O, probablemente, se den por fin cuenta de que ambas no son más que las dos caras de una misma moneda liberticida.

Ron Paul, contra escáneres humanos en aeropuertos

18 November, 2010 § 1 Comment

Ron Paul es lo más íntegro que tiene el Congreso de los Estados Unidos. El único que se atreve a decir las verdades en la cara, y no se desgasta con guiños populistas baratos. Ojalá hubieran dos como él en cada país.

En este vídeo lo verán denunciando la insensantez que significan los nuevos sistemas de rayos X que se están implementando en los aeropuertos de EEUU.

Hace una reflexión simple, sensata: si no permitimos al paisano de alado andar fisgoneando en nuestros calzoncillos, ¿por qué entonces se lo vamos a permitir al Estado?. Peor aún cuando lo hace sólo para trasmitir una sensación falsa de seguridad. Y también nos cuenta un pequeño chisme: Michael Chertoff, el antiguo jefe de la Transportation Security Administration que tanto insistió en la compra de esos trastos, es el lobbista de la compañía que se va a forrar vendiendo los famosos escaners.

Es decir, nos van a hacer un papanicolau en 3D cada vez que viajamos para que un burócrata americano se haga de oro, y haga de oro a su cliente.

War on Drugs: la política del sinsentido

6 November, 2010 § 4 Comments

Original en El Mundo.es, del27 de octubre de 2010.

Por Aparicio Caicedo Castillo

Los adolescentes asesinados por un pelotón de sicarios en Tijuana se suman a una triste lista de mil doscientos menores que han caído en México, víctimas de las balas de los narcos, víctimas del sinsentido. Un ítem más al catálogo de tragedias como la sucedida, hace pocos meses, al ecuatoriano Luis Freddy Lala Pomavilla, quien sobrevivió a la carnicería perpetrada por los Zetas haciéndose el muerto entre una pila de 72 cadáveres.

Ese incidente deja en evidencia, una vez más, las derivas más absurdas de la guerra contra las drogas que el gobierno estadounidense lleva librando por décadas. Una “guerra”, la más larga del siglo XX, en la que sólo han salido ganando los propios narcotraficantes, algunos contratistas de la DEA y el Pentágono, uno que otro político estadounidense populista, varios grupos terroristas, y una enorme burocracia trasnacional; una “guerra” que ha cobrado millares de vidas en Latinoamérica (más de 28.000 muertos, sólo en México, desde 2006), y que ha sido perdida una y otra vez, año tras año (porque el consumo y la producción de drogas es hoy más alto que nunca, al igual que su rentabilidad). Una “guerra” que ha creado monstruos como los Zetas. Véase entrevista al juez conservador de California, Jim Gray; desnuda el absurdo de esta mal llamada “guerra”:

La “guerra contra las drogas” es una de las consecuencias menos reconocidas pero más nocivas del auge del paternalismo estatal. Se incubó a comienzos del siglo XX, de la mano de la prohibición del alcohol, aupada por la ilusa fe del movimiento progresista americanoen el Estado-papá-terapeuta, ese que cuida nuestra salud física y mental mejor que nosotros mismos (la serie de TV de HBO, Boardwalk Empire, retrata magistralmente este episodio histórico). Fue declarada oficialmente durante los 70s por el conservadurismo nixoniano, hincha del Estado-papá-sacerdote, ese que cuida nuestra salud moral y espiritual mejor que nosotros mismos. Y fue universalizada en los 80s por Reagan, el héroe del Estado-papá-imperio, ese que cuida de la salud mental, espiritual, moral y física de los estadounidenses repartiendo plomo por medio mundo (recomiendo dos libros muy reciente sobre este proceso: Politics of Cocaine y Cocaine Nation).

Lo que acabó con el imperio de Al Capone no fue Eliot Ness, sino la relegalización del alcohol. Lo que acabará con los Zetas y compañía no será el Plan Mérida, ni el Plan Colombia, ni ninguna otra fórmula mágica repleta de dólares y balas. Lo que se necesita es reformular la cuestión en esencia. Últimamente están tomando cada vez más fuerza las voces que defienden la legalización de las drogas como única medida realista. Haymuchas razones éticas y prácticas que avalan estas propuestas. Hasta el antiguo presidente mexicano Vicente Fox se ha declarado abiertamente partidario de esta alternativa; lo mismo que han hecho antiguos mandatarios de Brasil, Colombia, España, y hasta el ex secretario general de la OEA. En California se está discutiendo seriamente la legalización de la marihuana, posibilidad que ha recibido mucho apoyo, incluso del propio artífice intelectual de la inquisición farmacéutica de Reagan, Eric Sterling.

No obstante, como bien apunta Ted Galen Carpenter, del Cato Institute, mientras el gobierno de EE.UU. —principal mercado de las drogas del mundo— no tome cartas en el asunto, nada de esto servirá. Lastimosamente, parece que Obama no quiere oír hablar del tema por el momento, él prefiere seguir con la receta estatista tradicional. Al fin y al cabo, el coste político es tolerable; la mayoría de las “bajas” son mexicanas, o colombianas, o ecuatorianas, y mueren en otros países. Al elector estadounidense eso lo tiene sin cuidado.

Mientras tanto, “el narco” puede dormir tranquilo, su negocio seguirá prosperando ad infinitum.

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