La Yihad Sempiterna

17 June, 2011 § Leave a Comment

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com 

Original en ElMundo.es.

Resulta decepcionante escuchar que Ollanta Humala piensa vigorizar aún más la lucha contra el Narco.  Pese a su calenturienta retórica antiamericana, el peruano insistirá en satisfacer ese absurdo y letal capricho del Tío Sam que tanta sangre ha costado a la región, al igual que ha hecho el resto del socialismo andino. Parece que no hemos aprendido la lección, o no lo queremos hacer.

Los mesías andinos, que tanta saliva invierten en denunciar los supuestos atropellos imperiales de Washington, han dejado sin tocar el mayor emblema del intervencionismo americano, la war on drugsPrefieren desgastarse en poses absurdas sobre cuestiones superficiales. Y no hacen nada porque, en el fondo, la cruzada puritana contra las drogas desentona poco con sus propios prejuicios antiliberales, y además sirve a sus gobiernos para legitimar su poder. En esencia, la política antidroga constituye un ejercicio clásico de intervención represiva en la libertad individual con pretextos humanistas. Para ellos eso es otra raya más al tigre.

Desde el primer momento, la cruzada antinarcóticos fue una mezcla de imperialismo y estatismo mesiánico, y desde el inicio también se demostró la insensatez que supone. La primera batalla perdida contra el pecado psicotrópico la libró, por 1900, el héroe del movimientoprogresista, Theodore Roosevelt. El escenario escogido fueron las Islas Filipinas, recién arrebatadas por Estados Unidos a la Corona Española. Bajo el consejo de Charles Henry Brent, obispo episcopal del archipiélago, el presidente Roosevelt decidió erradicar el consumo recreativo del opio y combatir su comercio. Lo único que logró fue fomentar el contrabando, y enriquecer a los contrabandistas (cualquier parecido con el presente no es mera coincidencia).

Pero el testarudo Brent no se dio por vencido en su misión evangélica trasnacional, y consiguió que su Gobierno suscriba, junto con otras doce naciones, la Convención Internacional del Opio de 1912. Dicho instrumento instaba a regular y criminalizar el consumo de diversas sustancias, como la heroína y la cocaína. Así empezó la yihad farmacéutica global, movida por la fe de un pastor, sin base científica alguna y en contra del criterio de diversas asociaciones médicas. La Convención luego pasó a formar parte del Tratado de Versalles, y más tarde del sistema normativo de las Naciones Unidas, hasta ser reemplazada con el Convenio Único de Estupefacientes de 1961. Gracias a la fuerte presión de Washington, en virtud de dicho acuerdo proliferaron una gran cantidad de “crímenes sin víctimas”—como son el consumo y tráfico de drogas—en los códigos penales latinoamericanos, penados en ocasiones más drásticamente que los delitos de violación o asesinato.

Por años, los tecnócratas de la ONU siguieron prescribiendo recetarios de obligado cumplimiento, clasificando las sustancias de acuerdo a su grado de “peligrosidad”. Una anécdota patética es la inclusión de la hoja de coca en esas listas negras, criminalizada por ello en lugares donde era práctica ancestral. Para que se permitiera su uso como excepción expresa a la regla, hizo falta una avalancha de informes señalando algo que en el altiplano ya tenían bien claro: que la hoja de coca no solo es inofensiva sino que además es muy saludable.

Y es que la cruzada farmacéutica mundial es un ejemplo más de eso que Friedrich Hayek llamaba “fatal arrogancia”: la siempre falsa pretensión de tener el conocimiento necesario para poder dirigir el proceso social, desde arriba; ya sea para crear “hombres nuevos”, o buenos cristianos. Todo lo que aquellos iluminados necesitan es una dosis de planificación, de reformas legales, una legión de asesores, la represión que haga falta, y mucho dinero público. Si fracasan aparatosamente, no hay problema. Empiezan de nuevo, subiendo las dosis de cada ingrediente. El reaccionario moralista, como el catequista de la justicia social, no es capaz de asumir la inabarcable complejidad de la sociedad; no acepta que esta avanza solo gracias a un curso espontáneo de experimento y error, fruto de la interacción personal, y nunca por la planificación centralizada.

La izquierda latinoamericana, por anti-imperialista que se diga, no abjurará de la lucha contra el narcotráfico; por el contrario, aprovechará sus ventajas, como lo ha hecho hasta ahora. Como bien apunta Robert Higgs, esa mal llamada guerra es una fuente de legitimación del leviatán estatal; justifica presupuestos ilimitados, atropellos a derechos individuales, monitoreo de flujos financieros; es el pretexto perfecto para espiar nuestras cuentas, y pagar los sueldos de un enorme aparato burocrático, policial y militar. Qué más da el absurdo manifiesto, o los miles de muertos. Ellos, fatales arrogantes, saben que el camino al Edén (de la justicia social o de la gracia eterna, da igual) es espinoso. Lo importante es no perder la fe.

Walt: ideas, intervencionismo militar y Estado hiperactivo.

10 April, 2011 § 1 Comment

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com.

Steve Walt, en su blog de Foriegn Policy, ha escrito un brillante artículo sobre el Top 5 de las razones más comunes que llevan al Gobierno de los Estados Unidos a enfrascarse en guerras sin sentido (Irák, Afganistán, Libia, contra las drogas, etc). De todas ellas, la más interesante es la cuarta, referente al famoso “establishment” de la política exterior americana[1]. Creo que el razonamiento de Walt en este punto es fundamental para comprender la paranoia de Washington, y es también aplicable para todo tipo intervencionismo estatal, sea a nivel nacional o internacional. Existe toda una casta de tecnócratas que viven por y para un Gobierno hiperactivo.

Señala que, sin importar el trasfondo ideológico, todos quienes pertenecen al establishment tienen algo en común: su inclinación a hacer siempre algo, sin importar lo que sea, con tal de desplegar le poder del Tío Sam para salvar al mundo de las garras del mounstruo de turno. Los neoconservadores, con su característica pasión por exportar “democracia”; por otra parte, los “progresistas intervencionistas”, que justifican cualquier masacre con un barniz de multilateralismo. La nación “indipensable” debe siempre aparecer con la caballería.

De hecho, Walt no lo menciona pero esta es una tradición imperialista que se inicia en realidad a comienzos del siglo XX, con el héroe progresista y militarista, Teddy Roosevelt. Dicho presidente americano señalaba que los tribunales impedían injustamente que el Gobierno regule “el uso de la propiedad para […] las vidas de los trabajadores sean más seguras, libre y felices”, mientras al mismo tiempo apuntaba para justificar sus aventuras imperiales que la “pérdida general de lazos con la sociedad civilizada puede requerir la intervención de una nación civilizada”. Por activa o por pasiva, el Estado estaba llamado a socorrer al mundo, dentro y fuera de las fronteras.

En la actualidad se trata, apunta Walt, de toda una legión de “do-gooders” que pasan años tratando de entrar al establishment, generalmente escribiendo y publicando sobre algún místico proyecto de ingeniería social de alcance de alcance global, que tan sólo requiere de algunos cuantos cientos de millones de dólares para cristalizarse. Como bien señala el autor del Lobby Israelí, ¿qué sentido tendría ser un “big shot” en Washington si no puedes desplegar el poder del Gobierno para hacer que el mundo se ajuste a tus preferencia? Y todo ello es patrocinado por una extensa y millonaria red de think-tanks, escuelas universitarias, agencias estatales, etc.

En lo esencial, cuando se trata de política exterior, progres y neocons son lo mismo, como lo explica Walt en otro artículo:

La única diferencia importante entre los intelectuales neoconservadores y los intervencionistas progresistas es que los primeros tienen desprecio por las instituciones internacionales (las que ellos ven como limitaciones del poder de EE.UU.), mientras los segundos ven estas como una herramienta útil de la legítima dominación estadounidense. Ambos grupos de ensalzan las virtudes de la democracia, ambos grupos creen que el poder de EE.UU. - y sobre todo su poder militar - puede ser una herramienta muy eficaz para el arte de gobernar. Ambos grupos están profundamente alarmados por la posibilidad de que armas de destrucción masiva pudiesen estar en manos de cualquiera que sea los Estados Unidos o sus aliados más cercanos, y ambos grupos piensan que  Estados Unidos tiene el derecho y la responsabilidad de solucionar muchos problemas en todo el mundo. Ambos grupos constantemente sobreestiman su capacidad del Gobierno americano para hacer esto,  por lo que todos ellos tiene propensión a involucrarnos en conflictos donde nuestros intereses vitales no están comprometidos y que terminan costando mucho más de lo inicialmente esperado.

Desde luego, ninguno de los miembros de este establishment sufre de forma directa las consecuencias de sus aventuras institucionales, porque sus hijos no van a la guerra, ni son sus sueldos los que peligran con las crisis. Ellos saben que tienen un puestito de profesor o académico cuando salgan, en algún think-tank o universidad, sin importar que sus proyectos hayan resultado en un completo fracaso.

Y hay algo que resalta Walt que me parece especialmente acertado: los conservadores llevan el papel más patético, caen en una contradicción enorme: demonizan (con razón, para quien suscribe estas líneas) el despilfarro fiscal del Estado de bienestar y los impuestos; pero, al mismo tiempo (y ahí es donde entro en radical desacuerdo), defienden un incremento absurdo del gasto militar, para inflar una maquinaria de matar que sólo sirve al tartufócrata de turno para embarcarse en misiones imperiales.

¿Hay una lectura liberal en todo esto? Sí, y a menudo se olvida. Es importante recordar que, como señaló Ron Paul, el liberalismo se opone a “la omnipresencia del gobierno a nivel local y exterior”, porque el “intervencionismo [internacional] es el otro lado de la misma moneda estatista del intervencionismo interno”. “La omnipresencia estatal no es ni más competente ni más honesta en la política exterior que lo que es en la política doméstica. En ambos casos era la misma institución, la misma gente, operando bajo los mismo incentivos” (Revolution, pp. 29-30).


[1] Sobre este tema, recomiendo Yves Dezalay y Bryant G. Garth, “Law, Lawyers, and Empire”, en Michael Grossberg y Christopher Tomlins (eds.), The Cambridge History of American Law (Cambridge University Press, Cambridge, 2008).

Más dinero tienes, más criminal eres: el utilitarismo socialista

15 March, 2011 § Leave a Comment

Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Al Gobierno del Ecuador se le ha ocurrido que si te enriqueces, o no afilias a tus empleados al IESS, o …., eres un criminal hasta que no se “justifique” lo contrario.

Alguna vez, en algún lugar, el Derecho penal cumplía su función, la de servir de herramienta excepcionalísima de convivencia pacífica, especificando delitos verdaderamente graves que merecían máximo castigo: el asesinato, el robo, las agresiones sexuales, etc. Y era considerado una “herramienta excepcionalísima” porque el poder para castigar solo puede ser conferido al Estado en cuestiones de máxima importancia, para proteger bienes jurídicos básicos, primarios, como la vida, la propiedad, la salud, la honra personal, o la libertad de las personas.

Ya no es así, desde hace algún tiempo. Ahora la canción dice:

La legislación penal es una herramienta más, un mero mecanismo a disposición de cualquier Gobierno para llevar a cabo sus aspiraciones mesiánicas. ¿Que se nos ocurre que la drogadicción es un mal social que debe y puede ser erradicado?, pues hagamos un delito del consumo de drogas, y a la cárcel con todos los que consuman, sean o no delincuentes, sean o no asesinos. Más vale prevenir que lamentar. La mayoría me secunda, la mayoría lo aplaude, ¡adelante!.

Que queremos que todos estén afiliados a la Seguridad Social!, pues declaremos criminales a aquellos patronos que no afilian a sus empleados. La mayoría me secunda, la mayoría lo aplaude, ¡adelante!

¿Que queremos librarnos del demonio de la corrupción? Pues muy simple: estipulemos un delito que diga que si te haces rico se presume que eres un criminal, y que ese dinero es malhabido. ¿Que no te da la gana de decirme de dónde sacaste la plata?, al calabozo. Tu vida, tu libertad, tu privacidad y tu patrimonio son elementos disponibles a los vaivenes del clamor popular, punto. Ellos sí que saben, porque millones de cabezas piensan mejor que una, particularmente cuando el guillotinado es otro. Más aún, otros lo hacen, ¿por qué no nosotros? (con ese singular razonamiento, valga agregar, nos reservamos el derecho de justificar la pena de muerte, que en algunos estados de EEUU es permitida).

Además, ello ahorra tiempo. No vaya a ser que se nos escapa de las manos un malo por legalismos absurdos como la presunción de inocencia, el debido proceso y otras majaderías que sólo defienden quienes tienen algo que esconder. Total, si nos equivocamos, el bochorno de pasar por un proceso penal no es nada, una tontería en comparación con nuestra finalidad colectivista, que trasciende a cualquier ser humano.

Ah, ¿que los juegos de azar también intoxican el alma de los incautos ciudadanos?, pues…….

Nos hacemos una humilde y sincera pregunta: ¿qué queda esa izquierda libertaria que quemaba carnés militares cuando el Estado se arrogaba el poder de disponer de su cuerpo y vida en guerras absurdas?, ¿qué pasó con esa izquierda que tenía por lema “prohibido prohibir”, que se enfrentaba a las dictaduras y a cualquier afán de censura mediática, esa izquierda que aguantó deportaciones y encarcelamientos por defender principios de libertad?

Una humilde y sincera respuesta: creemos que de esa izquierda no queda nada, que se han vuelto tan utilitarios como esa derecha conservadora que antes tanto odiaban pero que ahora imitan, que valoran la libertad ajena sólo en la medida que es útil a sus quimeras ideológicas, en la medida que esa libertad satisface sus prejuicios y creencias.

Gracioso es que el derecho penal siempre tuvo como muro contencioso el activismo de izquierda, basta recordar la historia de los “Miranda rights” en EEUU. Ahora que les llegó el turno…

Si no son capaces de defender la libertad de otros, incluso para perseguir fines que  ellos no valoran, entonces  que no se quejen cuando otros restrinjan la suya porque persiguen fines que los gobernantes de turno tampoco valoran. Su vida, su libertad y su patrimonio (y ello incluye mucho más que simple dinero) serán meros instrumentos a disposición de las ansias moralizantes de otros. No te quejes.

La “anécdota dramática” como muletilla liberticida

26 February, 2011 § 1 Comment

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com


Hay una cosa que tienen en común todos los proyectos encaminados a mermar la libertad de las personas: la anécdota dramática. Cuando el conservador justifica la penalización del consumo de drogas, siempre te sacará alguna experiencia extrema de drogadicción terminal que acabó con la vida de tal o cual persona. Los mismo el agorero de las restricciones a los empresarios; nunca faltará quien, en una discusión sobre las leyes de salario mínimo, saque la desgarradora imagen de aquel hombre humilde que se encuentra en situación de desventaja ante el patrón explotador. Lo mismo pasa con las restricciones al consumo de tabaco, etc.

Lo que es más llamativo aún es que los dos individuos siempre aludirán al concepto “real” de la palabra “libertad”. Te dirá uno: ¿es acaso libre ese infeliz obrero que sólo puede elegir entre sueldos de miseria? Te dirá el otro: ¿se puede hablar de libertad cuando un adicto acude ante el camello, desesperado por su dosis? Puesto así, uno se la piensa dos veces antes de dar la respuesta correcta, que es: sí, así es, porque libertad quiere decir simplemente ausencia de coacción para hacer todo aquello que no afecte la libertad de los demás, sin más; no quiere decir ni “poder de negociación” ni “sentido de la responsabilidad”. Pero nadie quiere quedar como un orco que menosprecia el dolor humano en sus situaciones extremas, y por tanto caemos en la trampa, dudamos.

La “anécdota dramática” es un instrumento muy eficaz, y se aplica para cien mil ejemplos. Cuando en EEUU se debatía la famosa Patriot Act, bodrio legislativo que desdice los más mínimos parámetros de civilidad, bastaba con nombrar la frase 11-S para que quien pusiese reparos sea visto como un antipatriota-amante de Bin Laden. Obama, el iluminado redentor de la progresía, no ha derogado uno sólo de los decretos inconstitucionales suscritos por Bush, al amparo de dicha ley. ¿Por qué? Una vez que el Estado ha succionado ese espacio de libertad, no importa cuál sea la orientación política del sucesor, difícilmente este se va a desprender de esa porción de poder.

En Ecuador, el empleo de la “anécdota dramática” es práctica común hoy en día. Un ejemplo paradigmático es el de la consulta popular patrocinada por el Gobierno. Una de sus preguntas plantea posibilidad de prohibir a los propietarios y administradores de medios de comunicación el ejercer otras actividades productivas. Así, un administrador de un banco no podrá tener acciones en una empresa de software, y el director de un canal de TV no podrá a la vez ser parte del directorio de un banco o una empresa camaronera. En este caso la anécdota dramática viene dada por el “conflicto de intereses”.

La frase “conflicto de intereses” hace alusión, obviamente, a una serie de incidentes que se dieron a raíz de la “crisis bancaria” en Ecuador. Fui testigo cercano todo ello, porque durante los años que esto empezaba yo trabajaba de asistente en el despacho del Superintendente de Bancos de entonces, Juan Falconi Puig. Fue tremendo. Los medios de comunicación de propiedad de Roberto Isaías (hoy en manos del Gobierno) iniciaron una campaña de desprestigio y calumnias con Falconi exenta de cualquier escala ética, día y noche, taladrando su honra sin ningún miramiento. Todo ello mientras sus cómplices partidistas en el Congreso Nacional (PRE y PSC) lograron destituirlo de la Superintendencia. Lo tengo grabado. Fue una anécdota muy dramática, sin duda.

Habrán habido otros incidentes parecidos. Pero, como pasa en el caso de la ley de salario mínimos y la penalización de las drogas, podemos ver que la “anécdota dramática” es precisamente eso, una circunstancia esporádica que por cruda que resulte no puede servir de estándar para valorar la libertad de todos los demás. Lo que vi en esos años fue impactante, pero no por eso tengo derecho a satanizar a todo banquero, porque nuestra libertad no puede estar sujeta a los vaivenes de ninguna mayoría, su único límite es la libertad de los demás. Y, si hubiese un mínimo ánimo de coherencia, veríamos que el potencial de un “conflicto de intereses” es mucho mayor en cualquier puesto de Gobierno.

Por el contrario, como pasa también con los salarios y la drogas, este tipo de restricciones resultan completamente ineficaces, cuando no empeoran el mal que busca prevenir. Las restricciones laborales crean más desocupación, la guerra contras las drogas más violencia. Los males de nuestra sociedad no se deben a un atado de voraces financistas apoderándose del mercado, ni de propietarios de medios sin escrúpulos.

Pero la “anécdota dramática” impacta, fija un escenario de buenos y malos, de pérfidos magnates en contra de los intereses de los pobres. Nadie quiere quedar como una apologeta del mal. Se invierte la carga de la prueba. Somos nosotros los que debemos demostrar que hacemos un uso “correcto” de nuestra libertad. Y así vamos, poco a poco.

Y lo peor es que cuentan con una legión de cheerleaders encargadas de dotarlos de credenciales teóricas. Mejor que nadie lo ha dicho Robert Higgs, así que cerramos con sus palabras:

En esta aventura, los Gobiernos han recibido el apoyo de una creciente cofradía secular de intelectuales y un número mucho mayor de seudointelectuales—F. A. Hayek los llamaba “traficantes de ideas de segunda mano”—quienes por diversas razones han tendido abrumadoramente a propugnar doctrinas colectivistas (Hayek 1949; Mises [1956] 1972; Nozick [1986] 1998; Rothbard [1965] 2000, 61-70; Feser 2004). Estos vendedores ambulantes de ideas, muchos de los cuales hoy en día viven a expensas de los contribuyentes, han desarrollado una serie de interpretaciones sobre los problemas del mundo y de su potencial cura en las que presentan a ciertas acciones privadas, especialmente aquellas encapsuladas dentro del concepto de “capitalismo”, como la fuente de una plétora de amenazas contra la vida, la salud y la felicidad. Ellos consideran al Gobierno como el salvador que descenderá del cielo—ubicado en Paris, Madrid, Bruselas, Washington y otros lugares del estilo—para remediar todos los pesares de la gente, alejar a los malhechores y especialmente para echar a los “mercaderes” privados del templo. Karl Marx ganó celebridad cuando dijo que la religión es el opio del pueblo. Quizás de forma menos célebre, pero igualmente correcta, Raymond Aron (1957) llamó al colectivismo, especialmente en su variante marxistas, “el opio de los intelectuales”.

Cuando todas las drogas eran legales

27 January, 2011 § 2 Comments

Por  Jacob H. Huebert, autor de Libertarianism Today. Traducido por Tartufocracia.com, del original publicado en Lewrockwell.com.

Los libertarios proponen el fin inmediato de la guerra contra las drogas. Esto supondría un cambio de rumbo dramático para los Estados Unidos; aunque, como veremos, quizá en verdad no sería tan radical – solo nos regresaría a la exitosa política libertaria de drogas que Estados Unidos ha tenido por la mayor parte de su historia.

En la historia de EE.UU., todas las drogas fueron tradicionalmente legales. ¿Qué tan legales? Como señaló el escritor libertario Harry Browne, “pocas personas son conscientes de que antes de la Primera Guerra Mundial, una niña de 9 años de edad podía entrar en una farmacia y comprar heroína”. De hecho, antes de la aspirina, Bayer vendió heroína ™ como un “sedante para la tos”. (Como empresa alemana, Bayer se vio obligado a renunciar a la marca después de la Primera Guerra Mundial en el marco del Tratado de Versalles.) Promovía un jarabe para la tos de heroína en su catálogo de pedidos por correo: “va a satisfacer el paladar de los adultos más exigentes o el niño más caprichoso. “ La cocaína, por otra parte, era fabricada por Merck, y fue muy popular también. Parke-Davis (que ahora es una filial de Pfizer) anunciaba un “kit de cocaína” que según decía podría “ocupar el lugar de los alimentos, hacer al cobarde valiente, al silencioso elocuente y… hacer que al paciente insensible al dolor”. A finales del siglo XIX se anunciaba  ”cocaína para dolor de muelas”, y se prometía a sus usuarios (incluidos los niños, tales como se describía en los anuncios) una “curación instantánea”. Otro producto popular era el “jarabe calmante de la Sra. Winslow “, que contenía 65 mg de morfina por onza, y se comercializaba a las madres para calmar a los bebés y los niños inquietos. McCormick (la empresa de especias) vendía “paregórico”, una mezcla de alcohol muy concentrado con opio, como un tratamiento para la diarrea, la tos, y el dolor, con las instrucciones en la botella para bebés, niños y adultos. Otro medicamento llamado láudano fue similar, pero con 25 veces más opio. La heroína y el opio fueron comercializados como tratamientos para el asma, también. Y, por supuesto, la cocaína era un ingrediente de Coca-Cola desde 1886 hasta 1900.

Todos estos productos estaban disponibles “en el mostrador”. Un médico, farmacéutico, o cualquier otra persona podía anunciar y venderlos sin receta o permiso especial. Las drogas eran como cualquier otra mercancía en el mercado.

¿Comerciar heroína para los niños?, ¿poner cocaína en Coca-Cola? Muchas personas toman todo esto como evidencia de que, por supuesto, el Gobierno debía intervenir y hacer algo. Sin embargo, la amplia disponibilidad de estos productos no causó el desastre que se podría esperar. En retrospectiva, quizá parezca incorrecto que las personas  hayan administrado narcóticos rutinariamente a sus hijos. Pero, por otra parte, en los años anteriores al Acetaminofén, el Ibuprofeno, o la aspirina (que no se introdujo hasta 1898), la gente tenía pocas alternativas para tratar el dolor. Así tan fácil como podría ser para nosotros para criticar los estadounidenses del siglo XIX por su uso, estos fármacos a menudo realmente ayudaban a las personas y constituía su mejor alternativa. Y no fueron utilizados sólo por personas ignorantes engañados por vendedores de aceite de serpiente. Por ejemplo, Benjamin Franklin tomó láudano para controlar el dolor de cálculos renales al final de su vida.

La vida bajo la legalización no era perfecta, por supuesto. Habían adictos. Pero la mayoría de adictos al opio lo era porque alguien en la profesión médica los introdujo a esa sustancia, al igual que los médicos hoy en día los médicos pueden enganchar a la gente a drogas legales sin desearlo. Algunas personas se convirtieron en adictos a través de medicinas patentadas que tomaron por su cuenta -, pero los adictos eran sólo una pequeña parte del mercado de estos productos. Muchas personas se convirtieron en adictos al opio, esencialmente a causa del Gobierno. Durante la Guerra Civil, los Estados Unidos alimentó la adicción al ese fármaco, repartió cerca de 10 millones de pastillas de opio y 2.841 onzas de polvo de opio para el ejército. Como resultado, la adicción a las drogas se conoció como la “enfermedad del soldado”. Otros factores que llevaron a las personas a la adicción eran estatales y locales: la prohibición del alcohol y la desaprobación social cada vez mayor del alcohol, lo que incitó a la gente a sustituir el licor. En los estados donde el alcohol estaba prohibido, el uso de opiáceos aumentó en un 150 por ciento. Un estudio de 1872 de la Junta de Salud del Estado de Massachusetts encontró que el movimiento por la sobriedad había provocado un repunte en el consumo de opiáceos, y señaló que el opio podía ser “adquirido y portado sin poner en peligro la reputación de sobriedad”, y era visto como “más elegante” que el alcohol.

La adicción al opio aumentó en las décadas posteriores a la Guerra Civil, pero pronto también lo hizo la educación y la comprensión acerca de las drogas y su naturaleza adictiva, entre los médicos y el público.  Mientras tanto, el mercado produjo medicamentos más seguros, como la aspirina. Como resultado de estos factores, la adicción alcanzó su punto máximo hacia el final del siglo XIX y luego comenzó un largo declive, sin necesidad de un Gobierno en “guerra”.

Y aunque Estados Unidos tenía adictos en el siglo XIX (quizás tanto como un 0,5 por ciento de la población), hay algunas cosas en particular que no tenía entonces. Lo más importante, no había prácticamente nada de la violencia, la muerte, y la delincuencia que asociamos con el problema de las drogas hoy en día. La mayoría de los consumidores de drogas no eran delincuentes callejeros, sino que el adicto típico, como apuntó el autor Mike Gray , “era una mujer de mediana edad sureña y blanca enganchada del láudano”. Muchos o la mayoría de adictos al opio llevaban una vida más o menos normal, y consiguieron mantener su adicción oculta.

El miedo: la base del poder de todo Gobierno

9 December, 2010 § 4 Comments

Por Robert Higgs, senior scholar del Independent Institute, y autor de Crisis and Leviathan (Oxford University Press, 1987), Depression, War and Cold War (Oxford University Press, 2006) y Neither Liberty nor Safety (Independent Insitue, 2007). Traducido por Tartufocracia.com del original en inglés.

Todos los animales experimentan miedo—los seres humanos, probablemente, más que todos los demás. Cualquier animal incapaz de sentir miedo tendría muy pocas probabilidades de sobrevivir, sin importar su tamaño, rapidez o cualquier otro atributo. El miedo nos alerta de aquellos peligros que amenazan nuestro bienestar y en ocasiones incluso nuestras propias vidas. Ante la sensación de miedo reaccionamos huyendo, escondiéndonos o preparándonos para repeler la amenaza. Despreciar el miedo es exponernos a nosotros mismos a la posibilidad de un riesgo mortal. Decir a otros que no teman es darles un consejo que no pueden seguir (Bloom 2004, 82-84). Incluso los hombres que se desempeñan heroicamente en el campo de batalla, si son honestos, admiten que sienten miedo. “Sería él algún tipo de persona perturbada o insensible”, escribió Aristóteles, “si él no temiese nada, ni los terremotos ni las olas”. Nuestra desarrollada cubierta sicológica y fisiológica nos predispone a temer las amenazas actuales o potenciales, incluso aquellas que existen sólo en nuestra propia imaginación.

“Y tendrás la vida pendiente de un hilo; y estarás aterrado de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida”. (Deuteronomio 28:66)

Las personas que tienen la desfachatez de gobernarnos, que se atreven a llamarse a sí mismos gobernantes, entienden este hecho básico de la naturaleza humana. Lo explotan, lo promueven. Ya sea que establezcan un Estado militarista o un Estado de bienestar, ellos dependen del miedo para asegurar sumisión pública, para garantizar conformidad con sus mandatos oficiales y, en ocasiones, para lograr cooperación activa con las iniciativas y aventuras del propio Estado (Bloom 2004, 85-93). Sin el miedo del pueblo, ningún Gobierno duraría más de veinticuatro horas[1].

David Hume sostenía que todos los Gobiernos dependen de la opinión pública, y muchos han avalado su posición (e.g. Mises [1927], 1985, 41, 45, 50-51, 180; Rothbard [1965] 2000, 61-62). No obstante, la opinión pública no es la piedra angular del Gobierno. Ésta se asienta en algo más profundo y primigenio: el miedo. Hume reconoció que la opinión pública que sustenta al Gobierno deriva su fuerza de “otros principios”, entre los que incluyó el miedo. No obstante, señaló que tales principios eran simplemente “secundarios”, y “no los principios originales del Gobierno”. Él apuntaba que “ningún hombre tendría razón alguna para temer la furia de un tirano, si [el tirano] no gozase de su autoridad en virtud de nada más que el miedo” ([1777] 1987, 34 cursivas en el original). Avalamos la opinión de Hume, pero sostenemos que, sin importar la clase de relación existente entre el soberano y su guardia real, la autoridad del gobernante sobre la gran masa de sus súbditos se fundamenta esencialmente en el miedo.

Murray Rothbard toma en consideración el miedo en su análisis sobre la anatomía del Estado, catalogando su instigación como “otro mecanismo exitoso” por medio del cual los gobernantes aseguran que sus súbditos acepten o al menos toleren el hecho de ser dominados—“los actuales gobernantes, se decía, proveen a los ciudadanos un servicio esencial por el cual ellos deben estar profundamente agradecidos: protección contra criminales y malhechores esporádicos”  ([1965] 2000, 65). Pero Rothbard no ve al miedo como la base fundamental sobre la que los gobernantes apoyan su supremacía, como yo aquí sostengo. También es cierto que, como diversos académicos han señalado, la ideología es un elemento crítico para el mantenimiento del poder del Gobierno en el largo plazo. No obstante, hasta hoy toda ideología que avala la legitimidad del Gobierno requiere y está imbuida por algún tipo de miedo. A diferencia de Rothbard, quien mira la instigación al miedo como uno más entre los múltiples “mecanismos” que el Gobierno utiliza para mantener controlada a las masas, yo sostengo que el miedo público es condición necesaria (aunque quizá no suficiente) para la viabilidad del Gobierno tal y como lo concebimos en la actualidad[2].

Jack Douglas se aproxima a mi punto de vista cuando señala que los mitos (un término que él usa básicamente de la misma manera que yo uso el término ideologías) “son fundamentalmente la voz de nuestras emociones, las imágenes de nuestras esperanzas y temores pasionales, o de nuestros deseos y odios pasionales” (1989, 220, cursivas añadidas; véase también 313 sobre “el muy poderoso miedo a la muerte que fortalece a todas las demás” [esto es, a las demás pasiones primarias]). En su extensa argumentación sobre el antiguo y omnipresente “mito del Estado de bienestar”, no obstante, Douglas pone más énfasis en el factor esperanza (milenarismo) que en el factor miedo. Yo sostengo en cambio que las ideologías por lo general se centran en la esperanza de la gente en que el Gobierno las libre de sus temores. Como apunta David Altheide, “la gente quiere ser ‘salvada’ y ‘liberada’, pero quiere ser salvada y liberada del miedo, y esto es lo que hace el mensaje de miedo [de los mass media] tan convincente e importante para la política del Gobierno y el tejido de nuestra propia vida social” (2002, 15-16).

No se trata sólo de miedo al Gobierno en sí, sino que también puede tratarse del miedo a aquellos peligros de los cuales el Gobierno pretende protegernos. Lógicamente, puede que algunas de las amenazas antes las cuales los súbditos buscan la protección del Gobierno, para calmar sus temores, sean reales. No estoy sugiriendo que las personas que miran al Gobierno en busca de salvación lo hagan siempre motivadas por una amenaza imaginaria, aunque insisto en que actualmente, si no siempre, muchos de los temores del público surgen bajo el estímulo expreso del propio Gobierno. Bien sea que las personas teman (1) al mismo Gobierno, (2) a los riesgos reales frente a los cuales buscan la protección del Gobierno o (3) a peligros ilusorios frente a los cuales también buscan la misma protección, la importancia relativa de cada una de estas variantes del miedo público ha cambiado en cada momento y lugar. En cada caso, no obstante, el Gobierno ha buscado encausar ese miedo público en su propio provecho[3]. “Dirigir el miedo en una sociedad es equivalente a controlar esa sociedad. Cada era tiene sus miedos, cada gobernante tiene sus enemigos, cada soberano asigna culpas, y cada ciudadano aprende todo esto en forma de propaganda” (Altheide 2002, 17, véase también 56, 91, 126-33, 196, et pássim).

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La esencia del error de la Prop. 19

7 November, 2010 § 3 Comments

Muy bueno el artículo de hoy de Mario Vargas-Llosa, “Avatares de la marihuana”, sobre la ocurrido con la “Prop. 19”. Como muchos saben ganó el “no” a la posibilidad planteada en referéndum de legalizar el uso, producción y comercialización del cannabis en el estado de California. Las reflexiones de V. Ll. me recuerdan también que esa propuesta partió de un enfoque equivocado.

Jeffry A. Miron, profesor de Harvard, ha señalado que el fracaso del referéndum se debió a errores en la estrategia de sus patrocinadores, quienes inflaron demagogicamente la trascendencia de la propuesta. Básicamente porque la legalización de la marihuana no acabará con la violencia derivada del narcotráfico. La violencia está mucho más relacionada con el tráfico de cocaína y metanfetaminas, productos muchos más lucrativos que son los que nutren las arcas que “el narco” invierte en balas y sobornos. Por otra parte, Miron señala que la suba en la recaudación fiscal no sería tan significativa como se mantiene.

Me parecen acertadas las observaciones de Miron, pero creo que hay una cuestión de fondo mucho más importante. El enfoque que se dio estuvo viciado desde el principio. Porque la criminalización del consumo de marihuana no es una cuestión cuya ilegitimidad dependa de los vaivenes democráticos. Se trata de una cuestión de inconstitucionalidad, porque el Estado, si nos ceñimos a los principios básicos de la mayoría de regímenes constitucionales, no puede ni debe castigar al individuo por los llamados “crímenes sin víctima”, por actos que no afectan a terceros. Es lo primero que debemos tener presente en este debate, porque la guerra contra las drogas es, ante todo, inconstitucional, una restricción ilegítima de la libertad, además de ineficaz y nociva.

La legitimidad del asunto no depende de la estadística electoral, y da igual que el 90 por ciento de la población piense o no igual. Porque el 90 por ciento de la población de una provincia española o argentina puede pensar que la homosexualidad es una aberración que merece castigo, y no por ello vamos a criminalizar las relaciones entre personas del mismo sexo (como se hace en aún Estados no constitucionales como Irán, Arabia Saudí, etc.).  No lo haremos porque sabemos que el Estado simplemente no es competente para ello, porque no puede imponerme códigos morales o simples prejuicios ajenos. Sabemos que las decisiones afectivas, recreativas y sexuales de cada persona son únicamente dependientes de su propia consciencia, siempre que no se cruce la frontera de los derechos ajenos. Y, con añadido estético, Vargas Llosa lo deja crystal clear:

“No tengo la menor simpatía por las drogas, blandas o duras, y la persona del drogado, como la del borracho, me resulta bastante desagradable, la verdad, además de cargosa y aburrida. Pero también me disgusta profundamente la gente que en mi delante se escarba la nariz con los dedos o usa mondadientes o come frutas con pepitas y hollejos y no se me ocurriría pedir una ley que les prohíba hacerlo y los castigue con la cárcel si lo hacen. Por eso, no veo por qué tendría el Estado que prohibir que una persona adulta y dueña de su razón decida hacerse daño a sí misma, por ejemplo, fumando porros, jalando coca, o embutiéndose pastillas de éxtasis si eso le gusta o alivia su frustración o su desidia. La libertad del individuo no puede significar el derecho de poder hacer solo cosas buenas y saludables, sino, también, cosas que no lo sean, a condición, claro está, de que esas cosas no dañen o perjudiquen a los demás. Esa política, que se aplica al consumo de tabaco y alcohol, debería también regir el consumo de drogas. Es peligrosísimo que el Estado empiece a decidir lo que es bueno y saludable y malo y dañino, porque esas decisiones significan una intromisión en la libertad individual, principio fundamental de una sociedad democrática. Por ese camino se puede llegar insensiblemente a la desaparición de la soberanía individual y a una forma encubierta de dictadura. Y las dictaduras, ya lo sabemos, son infinitamente más mortíferas para los ciudadanos que los peores estupefacientes”.

Por ello creo que la Prop. 19 nace de un error esencial, porque somete a certificación democrática una cuestión que no depende de la opinión de mayorías o minorías en algún momento dado; por el contrario, es un tema que debe enfocarse en términos de principios constitucionales básicos de un Estado de Derecho, ante los tribunales. La pregunta no hacía falta hacerla, porque ya había sido respondida por la Constitución.

Y nos debería preocupar a todos este tema, independientemente de lo que consumamos o no. Porque hoy nos dicen lo que debemos consumir, pero así también es cómo nos dicen en qué debemos gastar nuestro dinero,  lo que podemos producir, o dónde mandamos a nuestros hijos a estudiar, así es cómo nos terminan diciendo qué leer o qué escribir. Cuando son nuestros prejuicios los que se convierten en leyes no nos importa mucho, pero cuando lo mismo pasa con prejuicios ajenos sí que nos importa.

Se suma esto al hecho de que muchas de las leyes más rimbombantes para combatir el narcotráfico tienen como fin oculto el control del flujo trasnacional de capitales privados, para saciar mejor al fisco.

War on Drugs: la política del sinsentido

6 November, 2010 § 4 Comments

Original en El Mundo.es, del27 de octubre de 2010.

Por Aparicio Caicedo Castillo

Los adolescentes asesinados por un pelotón de sicarios en Tijuana se suman a una triste lista de mil doscientos menores que han caído en México, víctimas de las balas de los narcos, víctimas del sinsentido. Un ítem más al catálogo de tragedias como la sucedida, hace pocos meses, al ecuatoriano Luis Freddy Lala Pomavilla, quien sobrevivió a la carnicería perpetrada por los Zetas haciéndose el muerto entre una pila de 72 cadáveres.

Ese incidente deja en evidencia, una vez más, las derivas más absurdas de la guerra contra las drogas que el gobierno estadounidense lleva librando por décadas. Una “guerra”, la más larga del siglo XX, en la que sólo han salido ganando los propios narcotraficantes, algunos contratistas de la DEA y el Pentágono, uno que otro político estadounidense populista, varios grupos terroristas, y una enorme burocracia trasnacional; una “guerra” que ha cobrado millares de vidas en Latinoamérica (más de 28.000 muertos, sólo en México, desde 2006), y que ha sido perdida una y otra vez, año tras año (porque el consumo y la producción de drogas es hoy más alto que nunca, al igual que su rentabilidad). Una “guerra” que ha creado monstruos como los Zetas. Véase entrevista al juez conservador de California, Jim Gray; desnuda el absurdo de esta mal llamada “guerra”:

La “guerra contra las drogas” es una de las consecuencias menos reconocidas pero más nocivas del auge del paternalismo estatal. Se incubó a comienzos del siglo XX, de la mano de la prohibición del alcohol, aupada por la ilusa fe del movimiento progresista americanoen el Estado-papá-terapeuta, ese que cuida nuestra salud física y mental mejor que nosotros mismos (la serie de TV de HBO, Boardwalk Empire, retrata magistralmente este episodio histórico). Fue declarada oficialmente durante los 70s por el conservadurismo nixoniano, hincha del Estado-papá-sacerdote, ese que cuida nuestra salud moral y espiritual mejor que nosotros mismos. Y fue universalizada en los 80s por Reagan, el héroe del Estado-papá-imperio, ese que cuida de la salud mental, espiritual, moral y física de los estadounidenses repartiendo plomo por medio mundo (recomiendo dos libros muy reciente sobre este proceso: Politics of Cocaine y Cocaine Nation).

Lo que acabó con el imperio de Al Capone no fue Eliot Ness, sino la relegalización del alcohol. Lo que acabará con los Zetas y compañía no será el Plan Mérida, ni el Plan Colombia, ni ninguna otra fórmula mágica repleta de dólares y balas. Lo que se necesita es reformular la cuestión en esencia. Últimamente están tomando cada vez más fuerza las voces que defienden la legalización de las drogas como única medida realista. Haymuchas razones éticas y prácticas que avalan estas propuestas. Hasta el antiguo presidente mexicano Vicente Fox se ha declarado abiertamente partidario de esta alternativa; lo mismo que han hecho antiguos mandatarios de Brasil, Colombia, España, y hasta el ex secretario general de la OEA. En California se está discutiendo seriamente la legalización de la marihuana, posibilidad que ha recibido mucho apoyo, incluso del propio artífice intelectual de la inquisición farmacéutica de Reagan, Eric Sterling.

No obstante, como bien apunta Ted Galen Carpenter, del Cato Institute, mientras el gobierno de EE.UU. —principal mercado de las drogas del mundo— no tome cartas en el asunto, nada de esto servirá. Lastimosamente, parece que Obama no quiere oír hablar del tema por el momento, él prefiere seguir con la receta estatista tradicional. Al fin y al cabo, el coste político es tolerable; la mayoría de las “bajas” son mexicanas, o colombianas, o ecuatorianas, y mueren en otros países. Al elector estadounidense eso lo tiene sin cuidado.

Mientras tanto, “el narco” puede dormir tranquilo, su negocio seguirá prosperando ad infinitum.

Ron Paul: ¿Un verdadero libertario para el 2012?

6 November, 2010 § 4 Comments

Original en El Mundo.es, del 9 de marzo de 2010

La última encuesta de la Conservative Political Action Conference (CPAC), termómetro de las principales tendencias electorales en la derecha estadounidense,  ha dado una agradable sorpresa: Ron Paul es la opción más aclamada por el conservadurismo americano, un 30 por ciento de los votantes lo prefiere, dejando muy por detrás a la gobernadora de Alaska, que no llegó ni a 8 puntos. Es una gran noticia, porque esa quizá sea la figura que salve a este legendario movimiento de las garras del populismo sarapalinista.

A sus setenta y cuatro primaveras, este médico obstetra se ha convertido en unfenómeno de Internet. Se define como conservador, libertario, y lo hace sin complejos; seguidor acérrimo de la escuela austriaca, convencido del laissez faire, contrario a la sanidad pública, crítico feroz del imperialismo americano: no se puede ser más políticamente incorrecto, pero tampoco más coherente. Y, encima,su principal fuente de apoyo son los jóvenes ¿Cómo es posible? La respuesta radica en que haostrado una honestidad intelectual pocas veces vista en Washington, dice las verdades que nadie más se atreve a decir, y lo hace cuando más duro es hacerlo. El primer paso para conocerlo, es leer su libro, Revolution: A Manifesto, un monumento al sentido común, clara y elegantemente escrito, profundo, sin las obviedades edulcoradas del típico libro improvisado para la campaña electoral (alusión expresa a The Audacity of Hope, de Obama).

Fue el único republicano en el Congreso que se opuso a la invasión de Irak. Mientras todo el rebaño parlamentario, incluida la hoy Secretaria de Estado Clinton, alzaba sus manitas para apoyar la mayor farsa de la historia reciente —conscientes de la obvia pantomima, claro, pero temerosos del precio político que significaba no hacerlo— el congresista Paul se opuso fiera y radicalmente a lo que consideró una maniobra chovinista sustentada en una serie sistemática de mentiras, articulada por esos “falsos conservadores” que son para él los neocons. Hoy no hace falta estar muy actualizado para darse cuenta de quien tenía la razón.

El libro de Ron Paul es lectura obligada para todos aquelloswannabes que se llaman a sí mismo “libertarios” (¡qué fea suena esa palabra en español!), que tanto se sulfuran —con razón gran parte de las veces— ante cualquier amago de intervención estatal en el terreno de nuestra libertad económica y moral, pero que secundaron bobaliconamente las aventuras bélicas de George W. Bush para acabar con unas armas de destrucción masiva que no existían. Son esos los que todavía hablan en ese lenguaje metafórico que tanto sirve para manipular a la opinión pública; que repiten, por ejemplo, frases como “guerra contra las drogas” para justificar un Plan Colombia que sólo ha logrado hacer el negocio del narcotráfico más lucrativo, pujante y letal que nunca. A esos que, como decía George Orwell, “piensan en metáforas y hablan con balas” y se creen herederos de Smith, les vendría muy bien un bañito intelectual con Paul, a ver si pescan algo que les aclare sus orígenes, porque él lo tiene bastante claro:

“La […] derecha original se oponía a la omnipresencia del gobierno a nivel local y exterior; y consideraba el intervencionismo [internacional] como el otro lado de la misma moneda estatista del intervencionismo interno. Ellos reconocían que la omnipresencia estatal no era ni más competente ni más honesta en la política exterior que lo que era en la política doméstica. En ambos casos era la misma institución, la misma gente, operando bajo los mismo incentivos” (Revolution, pp. 29-30).

Este congresista de Tejas (¡sí, de Tejas!) va a la raíz de los problemas, y lo viene haciendo desde hace mucho. Tiene años denunciando la irresponsabilidad con la que ha actuado la “Fed”, señalando los errores de ese cártel de bancos privados, con inmenso poder, que causaron una política monetaria suicida. Además, Paul hadenunciado incansablemente la absoluta falta de trasparencia con la que actúa el ente financiero más importante del mundo.

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