El Intelectual y el Empresario

8 May, 2012 § 6 Comments

Por Aparicio Caicedo C. 

Galeano: ejemplar de especie “tipicum intelectualus latinoamericanum”. Se lo reconoce por poner pose de bohemio parisimo mientras le hace odas a la Pacha Mama y reniega de cualquier cosa extranjera. Le cabrea el capitalismo, pero es best-seller del Corte Inglés. No muerde si su ego está alimentado.

Original publicado en El Universo.

Desde los días del imperio español, en América Latina se ha satanizado el lucro privado. Esa es una tara heredada del conservadurismo ibérico, fermentada por un nacionalismo cursi y gorilesco, con dosis crecientes de marxismo. En el terreno intelectual, esta tendencia es clarísima: no hemos tenido un solo Locke, un Bastiat o un Mises. Por el contrario, la mayoría de nuestros más notorios pensadores han sido eso que Popper llamó “enemigos de la sociedad abierta”, guardaespaldas intelectuales del caudillismo.

Hemos construido, en consecuencia, un muro artificial entre emprendedores del mundo de la cultura y aquellos del mundo de los negocios. Y ese ha sido un error que muy caro nos ha costado. Los empresarios latinoamericanos han olvidado la importancia de las ideas, y en consecuencia han despreciado, con pocas excepciones, a la cultura. La reacción es en parte una respuesta natural a la hostilidad habitual de intelectuales hacia “lo comercial”, pero también es consecuencia de una profunda banalidad torpemente confundida con pragmatismo por parte de los empresarios. Por el contrario, si hay algo que ha hecho bien la izquierda es cultivar las ciencias sociales, contando para ello con las arcas públicas. Y muchos de nuestros humanistas más brillantes se han refugiado en centros de estudio donde se fermentan toda clase de tópicos antiliberales (qué mejor ejemplo que la leyenda negra de la “larga noche neoliberal”).

Gran parte de esa intelectualidad latinoamericana, que enfrentó en décadas pasadas los peores abusos de las dictaduras militares, se ha reciclado hoy en legitimadores –directos o indirectos– del poder estatal. Ahí donde prevalece el caudillismo ocupan altos cargos, como funcionarios o asesores, reciben generosas ayudas y subsidios para sus proyectos. Pero ya no lo hacen para servir principios, sino al mesías de turno. Para ello han pasado años refinando sus premisas y tienen muy bien articulados sus argumentos contra el emprendedor privado. Más aún, no encuentran ningún tipo de contrapeso convincente en el debate. La defensa de la sociedad abierta casi no cuenta en nuestro medio con académicos equipados para contrarrestar los embustes teóricos del socialismo.

Hay que comenzar por superar esa falsa división entre el mundo de los negocios y el de la cultura. Pertenecemos todos a una sola categoría general: la del emprendedor, la del ser humano que decide perseguir sus fines de manera legítima, procurándose los medios necesarios en la medida de sus posibilidades. No existen clases sociales sino solo clases de personas, decía José Ortega y Gasset. La diferencia está entre aquellos que deciden tomar las riendas de su vida, exigiéndose más que los demás, y aquellos para los que “vivir es en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismos”.

La defensa de la libertad, además, no puede quedarse en la mera devoción retórica y emocional. Porque así quedamos desarmados ante los malabares argumentativos de toda una legión de cheerleaders intelectuales que conocen bien su guión. Por el contrario, necesitamos nichos de pensamiento, para profundizar en cuestiones éticas, filosóficas, económicas y jurídicas que resultan muy complejas, que requieren tiempo y dedicación. Sin ideas claras no tenemos rumbo, y somos incapaces de generar ilusión. Sin ideas solo queda una sensación ilusoria de pragmatismo.

La Yihad Sempiterna

17 June, 2011 § Leave a Comment

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com 

Original en ElMundo.es.

Resulta decepcionante escuchar que Ollanta Humala piensa vigorizar aún más la lucha contra el Narco.  Pese a su calenturienta retórica antiamericana, el peruano insistirá en satisfacer ese absurdo y letal capricho del Tío Sam que tanta sangre ha costado a la región, al igual que ha hecho el resto del socialismo andino. Parece que no hemos aprendido la lección, o no lo queremos hacer.

Los mesías andinos, que tanta saliva invierten en denunciar los supuestos atropellos imperiales de Washington, han dejado sin tocar el mayor emblema del intervencionismo americano, la war on drugsPrefieren desgastarse en poses absurdas sobre cuestiones superficiales. Y no hacen nada porque, en el fondo, la cruzada puritana contra las drogas desentona poco con sus propios prejuicios antiliberales, y además sirve a sus gobiernos para legitimar su poder. En esencia, la política antidroga constituye un ejercicio clásico de intervención represiva en la libertad individual con pretextos humanistas. Para ellos eso es otra raya más al tigre.

Desde el primer momento, la cruzada antinarcóticos fue una mezcla de imperialismo y estatismo mesiánico, y desde el inicio también se demostró la insensatez que supone. La primera batalla perdida contra el pecado psicotrópico la libró, por 1900, el héroe del movimientoprogresista, Theodore Roosevelt. El escenario escogido fueron las Islas Filipinas, recién arrebatadas por Estados Unidos a la Corona Española. Bajo el consejo de Charles Henry Brent, obispo episcopal del archipiélago, el presidente Roosevelt decidió erradicar el consumo recreativo del opio y combatir su comercio. Lo único que logró fue fomentar el contrabando, y enriquecer a los contrabandistas (cualquier parecido con el presente no es mera coincidencia).

Pero el testarudo Brent no se dio por vencido en su misión evangélica trasnacional, y consiguió que su Gobierno suscriba, junto con otras doce naciones, la Convención Internacional del Opio de 1912. Dicho instrumento instaba a regular y criminalizar el consumo de diversas sustancias, como la heroína y la cocaína. Así empezó la yihad farmacéutica global, movida por la fe de un pastor, sin base científica alguna y en contra del criterio de diversas asociaciones médicas. La Convención luego pasó a formar parte del Tratado de Versalles, y más tarde del sistema normativo de las Naciones Unidas, hasta ser reemplazada con el Convenio Único de Estupefacientes de 1961. Gracias a la fuerte presión de Washington, en virtud de dicho acuerdo proliferaron una gran cantidad de “crímenes sin víctimas”—como son el consumo y tráfico de drogas—en los códigos penales latinoamericanos, penados en ocasiones más drásticamente que los delitos de violación o asesinato.

Por años, los tecnócratas de la ONU siguieron prescribiendo recetarios de obligado cumplimiento, clasificando las sustancias de acuerdo a su grado de “peligrosidad”. Una anécdota patética es la inclusión de la hoja de coca en esas listas negras, criminalizada por ello en lugares donde era práctica ancestral. Para que se permitiera su uso como excepción expresa a la regla, hizo falta una avalancha de informes señalando algo que en el altiplano ya tenían bien claro: que la hoja de coca no solo es inofensiva sino que además es muy saludable.

Y es que la cruzada farmacéutica mundial es un ejemplo más de eso que Friedrich Hayek llamaba “fatal arrogancia”: la siempre falsa pretensión de tener el conocimiento necesario para poder dirigir el proceso social, desde arriba; ya sea para crear “hombres nuevos”, o buenos cristianos. Todo lo que aquellos iluminados necesitan es una dosis de planificación, de reformas legales, una legión de asesores, la represión que haga falta, y mucho dinero público. Si fracasan aparatosamente, no hay problema. Empiezan de nuevo, subiendo las dosis de cada ingrediente. El reaccionario moralista, como el catequista de la justicia social, no es capaz de asumir la inabarcable complejidad de la sociedad; no acepta que esta avanza solo gracias a un curso espontáneo de experimento y error, fruto de la interacción personal, y nunca por la planificación centralizada.

La izquierda latinoamericana, por anti-imperialista que se diga, no abjurará de la lucha contra el narcotráfico; por el contrario, aprovechará sus ventajas, como lo ha hecho hasta ahora. Como bien apunta Robert Higgs, esa mal llamada guerra es una fuente de legitimación del leviatán estatal; justifica presupuestos ilimitados, atropellos a derechos individuales, monitoreo de flujos financieros; es el pretexto perfecto para espiar nuestras cuentas, y pagar los sueldos de un enorme aparato burocrático, policial y militar. Qué más da el absurdo manifiesto, o los miles de muertos. Ellos, fatales arrogantes, saben que el camino al Edén (de la justicia social o de la gracia eterna, da igual) es espinoso. Lo importante es no perder la fe.

Wheelwright: el Cónsul de Guayaquil

18 February, 2011 § Leave a Comment

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Retrato de Wheelwright en estampilla conmemorativa de la introducción del barco a vapor en Chile.Nunca leí su nombre en esos textos de Historia, repletos de leyendas cursis, con los que me adoctrinaban en la escuela. Sin embargo, la vida de William Wheelwright, primer Cónsul de EEUU en Guayaquil, debería ser contada mil veces en los colegios latinoamericanos, como ejemplo del potencial creativo del ser humano. Pero no, prefieren que memoricemos nombres de caudillos y militares con delirios mesiánicos, fechas de “revoluciones” intrascendentes y guerras absurdas.

Wheelwright nació en Massachusetts, en 1798, como miembro de una familia muy acomodada. Le dio por hacerse marinero muy joven, y a los 20 ya era capitán, cuando cualquier viaje en barco era una proeza. Un día zarpó y se fue a probar suerte en Suramérica. Llegó a Guayaquil por 1824, y se percató del potencial económico de lo que era el puerto más importante de la costa occidental, la parada obligada entre el Cabo de Hornos y Panamá.

Si hoy es difícil vivir en una ciudad donde el sol y la humedad conspiran contra todo ser humano, entonces era heroico. Wheelwright vio oro en ese pantano interminable, y estuvo dispuesto a sudar lo que haga falta. Además, habían razones para el optimismo: la formación de un área de integración económica, la Gran Colombia, sin aranceles que entorpecieran el comercio interno hacia su puerto natural. La historia reciente ofrecía ejemplos que parecían exitosos. Trece colonias americanas se habían unido pocas décadas antes, formando, en la práctica, una unión aduanera en la que fluían libremente las mercancías, y de la que Tocqueville escribiría unos años después.

Pidió a Washington que lo nombre Cónsul, y logró así ser el primero de toda Suramérica, gozando de todos los privilegios diplomáticos de un embajador.

Su estatus diplomático le permitió hacer importantes amigos. Cada vez que había una escaramuza entre caudillos, los perseguidos de turno llegaban a solicitar asilo. Hizo muy buenos negocios. Sin embargo, Guayaquil perdió pronto su vocación estratégica. Se balcanizó la Gran Colombia en republiquetas, todo siempre por los sacrosantos intereses del pueblo, la nación, o el tótem de turno. Se impusieron fronteras artificiales, y con ellas aranceles que restringieron el paso de mercancías hacia el río Guayas. “En consecuencia, Guayaquil dejó de ser el puerto de la principal república americana…, y se convirtió en un mero puerto del pequeño Estado del Ecuador”, según apuntó Juan Bautista Alberdi en su libro sobre Wheelwright

Decepcionado, el americano decidió marcharse a Valparaíso, que ofrecía mejores perspectivas. A partir de ahí, fue imparable. Llevó alumbrado público a Chile, introdujo la primera línea de vapores del Pacífico en Perú y en Ecuador, construyó faros y puertos por toda la costa. Gracias a sus barcos, por ejemplo, el cacao ecuatoriano alcanzó fama mundial. Emprendió la construcción de un ferrocarril para conectar comercialmente Chile y Argentina. Era recibido como una celebridad, ahí donde iba. Él era el símbolo del progreso, de una revolución industrial que apenas comenzaba

Pero nadie lo recuerda hoy, quizá porque no cruzó los Andes o el Pacífico con cañones, sino con trenes y mercancías. Tampoco prometió milagros con dinero ajeno, sino que modernizó países enteros arriesgando el suyo propio. Murió en Inglaterra, en 1873. Fue enterrado sin aspaviento oficial, muchedumbres llorosas, ni discursos patrioteros. No podía ser de otra forma, porque él representa la única dimensión posible de la grandeza humana: el ánimo de realización individual. Y como decía Hesse, desde el momento que intentamos realizarnos, con nuestros dones como único medio, hacemos lo máximo y lo único sensato que se puede hacer.

Iberoamérica: nunca más rebaño

16 December, 2010 § 2 Comments

Por Aparicio Caicedo, originalmente publicado en El Mundo.es.

Dentro de todo lo malo que ha traído y traerá el oscurantismo político en que está sumida parte de Iberoamérica (incluyo a España), hay algo positivo. Es el lento y casi imperceptible resurgir del ideario liberal. Germina entre una generación que llega a la madurez, hambrientos de ideas, hartos de clichés estatistas, que quieren y necesitan reaccionar. Se comunican por las redes sociales y blogs, comparten ahí lecturas, vídeos, ideas; leen, escriben y, fundamentalmente, preguntan. De Madrid a Guayaquil, de Lima a Buenos Aires; en Caracas, San José o Barcelona.

No se identifican con esa derecha conservadora que aupó las peores represiones y latrocinios, esa que hablaba de libertad económica mientras imponía sus credosmorales y chovinistas. Están hartos también de aquellos nuevos tartufos colectivistas que hoy merman su libertad de crear y poseer, que carcomen su futuro en nombre de la justicia social. Saben que ambas vertientes son caras de una misma moneda autoritaria.

Son tan críticos del imperialismo estadounidense, como del totalitarismo ruso o el chino, así como del populismo mesiánico, sea chavista opalinista. Tan críticos de la censura a Wikileaks, como de la persecución sufrida por los disidentes cubanos. Admiran a Yoani Sánchez como a Julian Assange. Rechazan las ínfulas autoritarias de Correa o Morales, como las de Berlusconi o Bush, por pequeñas o grandes, regulares o esporádicas que sean.

Se dicen liberales, o libertarios. Pero cargan por ello con un gran desafío: reivindicar el brillo del ideario liberal, frente a un magma imparable de tópicos y leyendas negras (que generalmente incluyen el término “neoliberal”, one-size-fit-all en el que entra todo lo malo de este mundo). Tienen que lidiar con legiones enteras de “guardaespaldas intelectuales” de los Gobiernos de turno: propagandistas, académicos, periodistas, etc.; todos lucrando de un festín de honorarios, prebendas y susbsidios pagados con dinero público.

Y como ya lo advirtió Frédéric Bastiat hace más de un siglo, llegado el momento, de todos lados los atacarán: cuando se opongan al Estado de bienestar, se dirá que son enemigos de los débiles. Cuando digan que el Estado no debería subsidiar a la Iglesia, los acusarán de ateos. Cuando critiquen la educación pública, los maldecirán por condenar a la ignorancia a los jóvenes. Cuando sugieran que el Estado no debe proteger con aranceles ninguna rama productiva, los tildarán de hostiles con la industria nacional y con el bienestar de los trabajadores. Y si sostienen que el Estado no debería financiar a los artistas, serán bárbaros insensibles que no valoran el arte. Cuando se opongan al militarismo, les dirán traidores a la patria, o incluso cobardes.

Oirán una y mil veces eufemismos retóricos como “libertad real”, “igualdad material”, “buen vivir”, “seguridad nacional”, “soberanía alimentaria”, y toda clase de malabar semántico orientado a convencerlos de que el magnánimo Gobierno limita su libertad para salvarlos de algún enemigo tan abstracto como maligno: oligarquía, imperialismo cultural, relativismo moral, narcotráfico, terrorismo, importaciones chinas, desigualdad, etc.

No obstante, su mensaje es muy simple, suena más próximo al sentido común que a la ortodoxia teórica, aunque tiene un sustento ético y doctrinal sólido. Su mensaje dice más o menos así: si quieres, sé empresario, obrero o campesino, sé profesional o artista, sé hippie o yuppie, intelectual o playboy. O sé todo eso al mismo tiempo. Pero, por favor, déjame ser a mí lo que yo quiera y pueda, déjame disfrutar del fruto de mi trabajo, o del trabajo de mi familia, invertirlo como quiera, llevármelo a la China o guardarlo debajo de mi almohada; déjame elegir con quién comparto mi vida, o me acuesto; déjame circular y comerciar por el mundo sin trabas burocráticas; déjame elegir cómo me divierto, cómo ahogo mis penas o cómo escapo de la realidad; déjame desarrollar mi instinto creativo para satisfacer las demandas de los consumidores, o para alimentar mi orgullo, o para lo que sea; déjame ser banquero, periodista, surfista, o todo eso a la vez.Déjame creer en Dios, cultivar mi espíritu como católico o budista, ser conservador o libertino, o simplemente déjame no creer en nada.

Hagas lo que hagas—te dirán ellos—no le pidas al Estado que convierta tus convicciones personales en leyes, que las imponga, por humanitarias que creas que sean. Más importante aún, nuestros jóvenes no son otro simple ladrillo de tu muro ideológico, no trates de imponerles tus doctrinas.

Y añadirían: cuando acudamos ante el Gobierno en busca de privilegios y prebendas, a pedir favores con dinero de otros, a pedir que se restrinja la libertad de los demás en nuestro beneficio, o en virtud de nuestros prejuicios, sea cual sea la anécdota dramática que usemos de pretexto, recuérdanos que cada cual es responsable de su destino, que somos dueños de nuestras decisiones, por acertadas o desacertadas que éstas resulten.

Nos recordarán además que somos los únicos que podemos cambiar nuestra suerte, por mala o buena que ésta sea, y que sólo así, poco a poco, se logra una cohesión social verdadera y sólida, que sólo así se avanza, que la libertad funciona, porque lo demuestra la experiencia; nos recordarán que los embrujos dogmáticos que minusvaloran al individuo, que lo diluyen en metáforas colectivistas, son siempre trampas que a todos pueden engañar, menos a nuestro propio destino.

Por el momento son pocos, con el tiempo serán muchos; pero siempre serán individuos, nunca más rebaño.

Original en El Mundo.es, 16 de diciembre de 2010.

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