El discurso anticapitalista del franquismo

28 May, 2012 § Leave a Comment

Por Aparicio Caicedo 

Mientras más lo investigas, más se parecen. Me refiero a los dos mayores enemigos doctrinales del liberalismo: el fascismo y el socialismo. Y, desde luego, ambas corrientes se declararon y declaran enemigas del capitalismo. ¿Por qué? Básicamente porque las dos corrientes son manifestaciones elaboradas de nuestros instintos tribales más básicos, de esa parte de nosotros que se rebela contra la incertidumbre del cambio hacia una sociedad más abierta, hacia una sociedad más capitalista, hacia una sociedad de individuos libres y responsables.

Si no me creen, vean este discurso del Secretario General de la Falange, movimiento fundamental en el régimen del dictador Franco, pronunciado en 1945. Contiene todos los clichés demagógicos que se pueden escuchar en un discurso de Chávez, Correa o Evo: que el capitalismo pone al capital sobre el ser humano, que no se puede tratar el trabajo como una mercancía, que el capitalismo es malo malísimo, blablabla.

Bien lo señaló Popper, en La Sociedad Abierta y sus Enemigos:

“El totalitarismo moderno es sólo un episodio dentro de la eterna rebelión contra la libertad y la razón. Se distingue de los episodios más antiguos, no tanto por su ideología como por el hecho de que sus jefes lograron realizar uno de los sueños más osados de sus predecesores, a saber, convertir la rebelión contra la verdad en un movimiento popular…”.

Decía con razón Hayek que “la idea de colocar de nuevo a la humanidad bajo el imperio de sus primitivos instintos es una proposición históricamente tan recurrente como la lluvia en la naturaleza”.

La primavera árabe y el mártir capitalista

20 January, 2012 § 3 Comments

Por Aparicio Caicedo

Quién lo diría. La Primavera Árabe fue el efecto de la sublevación de un comerciante “informal” contra un Estado que lo ahogaba con impuestos y regulaciones. Sí, esa esa es la historia que nos cuenta Hernando de Soto en Foreign Policy: “The Real Mohamed Bouazizi“. Se prendió fuego el tunesino frente a una oficina del Gobierno, en su pueblo, y terminó incendiando políticamente a toda la región. No se trataba de un activista ideológico. Se trataba de un ser humano ambicioso que solo quería ser libre para comerciar pacíficamente, ahorrar dinero y poder adquirir bienes de capital que le permitan ser más productivo.

Su objetivo tenía nombre y era bastante concreto: ahorrar para comprar una camioneta Izusu que le permitiera transportar sus mercancías.  Pero el aparato represivo del Gobierno tunesino lo perseguía, para pagar impuestos y permisos burocráticos que simplemente estaban fuera de su alcance, como explica De Soto:

Bouazizi might have tried legalizing his business by establishing a small sole proprietorship. But that’s easier said than done. We calculated that doing that would have required 55 administrative steps totaling 142 days and fees amounting to some $3,233 (about 12 times Bouazizi’s monthly net income, not including maintenance and exit costs).

Un día llegaron los gendarmes del “bien común” y la “justicia social”; le arrebataron todo, le quitaron su medios de subsistencia, las mercancías compradas a crédito. Le arruinaron la vida:

Indeed, by running against the goodwill of the authorities he not only lost his fruits and scale, but also his access to property, credit, and future capital. His merchandise had been bought on credit; once it was confiscated, he couldn’t sell it to pay his creditors back. Because his working tools were confiscated, he had lost his capital. Because the customary arrangement to pay authorities 3 dinars daily for the property right to park his vendor’s cart in 2 square yards of public space had been terminated, he lost his access to the market.

Y así decidió prenderse fuego. Murió semanas después. Su caso avivó la llama revolucionaria en el Magreb, en Egipto, y hasta en Libia. La revista Time lo mencionó como la razón primordial para nombrar de personaje del año a “the protester”. Quién lo diría. Él, un capitalista de cepa, que lo único que quería era más libertad de empresa, es hoy idolatrado por los activista de Ocuppy Wall Street, que buscan exactamente lo contrario.

Un activista del capitalismo se convirtió así en un héroe anticapitalista. Cosas de la vida.

Lean el artículo.

Nozick: ¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?

20 October, 2011 § 1 Comment

Original en La Ilustración Liberal.

Con la reproducción de este ensayo de Robert Nozick, La Ilustración Liberal quiere brindar un homenaje a este lúcido filósofo norteamericano recientemente fallecido. Una versión anterior del mismo se ofreció como parte de una serie de conferencias en Trinity College, Connecticut. Esta versión (revisada) se presentó para su publicación en 1984 en el volumen de ensayos que recogía esa serie de conferencias pero, accidentalmente, fue el primer manuscrito lo que se publicó en The future of Private Enterprise, ed. Craig Aronoff et al. (Atlanta, Georgia State University Business Press, 1986). Hay una edición en español incluida en la obra de Robert Nozick Puzzles socráticos, ed. Cátedra, 1997, Madrid.

Es sorprendente que los intelectuales se opongan de tal modo al capitalismo. Otros grupos de estatus socioeconómico comparable no muestran el mismo grado y medida de oposición. Estadísticamente, por tanto, los intelectuales constituyen una anomalía.

No todos los intelectuales están en la izquierda.. Como ocurre con otros grupos, sus opiniones se extienden a lo largo de una curva. Pero en su caso, la curva se desvía y se tuerce hacia la izquierda política. La proporción exacta de lo que denominamos anticapitalista depende de cómo se fijen los límites: de cómo se interprete la postura anticapitalista o de izquierdas y de cómo se distinga al grupo de los intelectuales. Las proporciones pueden haber cambiado algo en los últimos tiempos, pero por término medio los intelectuales se sitúan más a la izquierda que los que tienen su mismo estatus socioeconómico. ¿Por qué?

No entiendo por intelectuales a todas las personas inteligentes con cierto nivel de educación, sino a aquellos que, por vocación, tratan con las ideas, según se expresan en palabras, moldeando el flujo de palabras que otros reciben. Estos forjadores de palabras incluyen a los poetas, novelistas, cánticos literarios, periodistas de diarios y revistas y numerosos profesores. No incluyen a aquellos que primordialmente crean y transmiten información formulada cuantitativa o matemáticamente (los forjadores de números) o los que trabajan con medios visuales, pintores, escultores, cámaras. Contrariamente a los forjadores de palabras, la gente que se dedica a estas profesiones no se opone al capitalismo de un modo desproporcionado. Los forjadores de palabras se concentran en ciertos ámbitos ocupacionales: las instituciones académicas, los medios de comunicación de masas, la administración.

Los intelectuales forjadores de palabras se desenvuelven bien en la sociedad capitalista; en ella disponen de amplia libertad para formular, desarrollar, propagar, enseñar y debatir las ideas nuevas. Hay demanda de sus destrezas profesionales, estando sus ingresos muy por encima de la media. ¿Por qué entonces se oponen al capitalismo de un modo tan exagerado? De hecho, algunos datos indican que cuanto más próspero es un intelectual y cuanto más éxito tiene, más probable es que se oponga al capitalismo. Esta oposición al capitalismo procede principalmente “de la izquierda”, pero no exclusivamente. Yeats, Eliot y Pound se oponían a la sociedad de mercado desde la derecha.

La oposición de los intelectuales forjadores de palabras al capitalismo es un hecho de trascendencia social. Dan forma a nuestras ideas e imágenes de la sociedad; establecen las alternativas de actuación que analizan las administraciones. Entre tratados y lemas, nos proporcionan las frases con que expresamos. Su oposición es importante, especialmente en una sociedad (a menudo denominada “post-industrial”) que cada vez depende más de la formulación explícita y de la propagación de la información.

¿Debemos realmente buscar una explicación específica del porqué los forjadores de palabras se oponen de forma desproporcionada al capitalismo? Consideremos la respuesta directa que sigue: el capitalismo es malo, injusto, inmoral o inferior y los intelectuales, al ser inteligentes, se dan cuenta de esto y por tanto se oponen a ello.

Esta sencilla explicación no tiene validez para aquellos que, como yo mismo, no piensan que el capitalismo, el sistema de la propiedad privada y del libre mercado, sea malo, injusto, malvado o inmoral. Los lectores que discrepan deben observar que incluso una creencia verdadera puede no tener una explicación directa: se podría creer en ella debido a algunos factores distintos de su veracidad, tales como la socialización y la integración cultural.

Hay algo en el modelo de oposición de muchos intelectuales que indica, pienso yo, que no se trata sólo de que se percaten de la verdad sobre el capitalismo. Porque cuando se refuta una u otra de las quejas concretas acerca del capitalismo (quizás la de que conduce al monopolio, o a la contaminación, o a demasiadas desigualdades, o la de que implica la explotación de los trabajadores, o deteriora el entorno, o conduce al imperialismo, o causa guerras, o impide el trabajo responsable, o trata por todos los medios de satisfacer los deseos de la gente, o estimula la falta de honradez en el mercado, o produce en función de los beneficios y no de la utilidad, o frena el progreso para aumentar los beneficios, o desbarata los modelos tradicionales para aumentar los beneficios, o conduce a la sobreproducción, o a la infraproducción), cuando se demuestra y se acepta que la queja tiene una lógica imperfecta, o supuestos imperfectos en tomo a hechos, la historia o la economía, el que se queja no cambia entonces de opinión. Abandona el tema y rápidamente se lanza a otro. (“Pero, y el trabajo infantil, o el racismo que incorpora, o la opresión de las mujeres, o los barrios bajos de las ciudades, o que en épocas menos complicadas podíamos arreglamos sin planificar, pero ahora todo es tan complejo que…, o el anunciar seduciendo a la gente para que compre cosas o.. ) En el debate se abandona un punto tras otro. Lo que no se abandona sin embargo es la oposición al capitalismo. Porque la oposición no se hace sobre la base de esos puntos o quejas, y de ese modo no desaparece cuando ellos lo hacen. Hay una animadversión oculta contra el capitalismo. Esta animadversión suscita las quejas. Las quejas racionalizan la animadversión. Después de alguna resistencia, puede que se abandone una queja concreta y, sin volver la vista, se presentarán otras muchas con el fin de desempeñar la misma función: racionalizar y justificar el odio del intelectual al capitalismo. Si el intelectual estuviese sencillamente reconociendo los fallos o los errores del capitalismo, no encontraríamos esa animadversión. La explicación de esta oposición necesitará ser una explicación no sencilla que también tenga en cuenta la animadversión.

Se puede plantear la objeción de que la explicación es sencillamente la obvia, según la cual las personas inteligentes pueden tener simplemente una tendencia natural a mirar a su alrededor y criticar lo que está mal. O que forma parte de la naturaleza de la actividad creativa e innovadora el hecho de generar una mente escéptica que rechaza el orden establecido. Pero ¿por qué, entre los inteligentes, son especialmente los forjadores de palabras y no .los forjadores de números los que se inclinan hacia la izquierda? Si son de temperamento crítico, ¿por qué los forjadores de palabras son normalmente tan poco críticos con los programas “progresistas”? Si la actividad innovadora y creativa es la causa, ¿por qué ha de conducir al escepticismo y no a descubrir virtudes sutiles en las creencias y doctrinas establecidas? (¿No se dedicaron Dante, Maimónides y Santo Tomás de Aquino a la actividad intelectual creativa?) ¿Y por qué debe expresarse el escepticismo acerca del orden establecido, y no acerca de planes para alternativas globales que se supone mejorarán dicho orden? No, al igual que la idea de que el capitalismo es sencillamente malo y que los intelectuales son suficientemente listos para darse cuenta de ello, la explicación de que los intelectuales son críticos y escépticos por naturaleza no es satisfactoria. Estas “explicaciones” son demasiado interesadas; no encajan con los detalles de la situación. Debemos buscar la explicación en otra parte. Sin embargo, no debería sorprendemos que las explicaciones que se les ocurren resulten ser tan autocomplacientes cuando se ofrecen explicaciones, son los intelectuales quienes las ofrecen.

Podemos distinguir dos tipos de explicación para la relativamente alta proporción de intelectuales que se oponen al capitalismo. El primero considera que hay un factor exclusivo en los intelectuales anticapitalistas. El segundo tipo de explicación identifica un factor aplicable a todos los intelectuales, una fuerza que les impulsa hacia los puntos de vista anticapitalistas. El que empuje a algún intelectual concreto hacia el anticapitalismo dependerá de las otras fuerzas que actúan sobre él. En conjunto, no obstante, puesto que hace que el anticapitalismo sea más probable en cada intelectual, tal factor dará lugar a una proporción mayor de intelectuales anticapitalistas. Pensemos en el número, superior a lo normal, de personas que van a la playa en un día de sol. Puede que no seamos capaces de predecir si un individuo concreto va a ir -ello depende de todos los restantes factores que actúan sobre él- pero el sol hace más probable que cada persona vaya y de este modo conduce hasta un número total mayor de gente que va a la playa. Nuestra explicación será de este segundo tipo. Identificaremos un factor que hace que los intelectuales se inclinen hacia actitudes anticapitalistas, pero no lo garantiza en ningún caso concreto.

Teorías previas

Se han propuesto distintas explicaciones a la oposición de los intelectuales al capitalismo. Una de ellas, apoyada por los neo- conservadores, se centra en los intereses de grupo de los intelectuales1. Aunque les va económicamente bien bajo el capitalismo, les iría aún mejor, según piensan, en una sociedad socialista en la que su poder sería superior. En una sociedad de mercado no hay concentración centralizada del poder y si alguien tiene poder, o parece tenerlo, es el empresario y hombre de negocios triunfador. Las recompensas de riqueza material son ciertamente suyas. En una sociedad socialista, sin embargo, serían los intelectuales forjadores de palabras los que nutrirían las burocracias gubernamentales, quienes marcarían la política a seguir y supervisarían la ejecución de la misma. Una sociedad socialista, piensan los intelectuales, es aquella en la que ellos gobernarían -idea que les resulta atractiva- lo cual no es ninguna sorpresa. (Recordemos que Platón, en la República, define la sociedad ideal como aquella en la que gobiernan los filósofos.)

Pero esta explicación, en términos de los intereses de grupo de los intelectuales, no es satisfactoria en sí misma. Incluso si entre los intereses de grupo de los intelectuales estuviese la transición a una sociedad socialista (y dejo de lado el carácter tan ilusorio de este proyecto), el colaborar con la transición a largo plazo no necesariamente favorece los intereses individuales de un intelectual concreto. Los neoconservadores cometen el mismo error que los marxistas al analizar el comportamiento de los capitalistas. Pasan por alto el hecho de que la gente actúa, no según los intereses de su grupo o clase, sino a tenor de sus intereses individuales. Favorecería el interés individual de todo intelectual el reservarse, mientras que los otros realizan la ardua tarea de construir una sociedad más favorable a los intelectuales2. Podemos formular una explicación más clarificadora, no obstante. Si los intelectuales piensan que les iría mejor en una sociedad socialista, y así disfrutan leyendo acerca de las virtudes de tal sociedad y de las imperfecciones del capitalismo, ellos mismos constituirán un mercado fácil y sustancioso para tales palabras y, de ese modo, favorecerá los intereses de los intelectuales como individuos el producir tal festín de palabras para consumo de los demás intelectuales.

El economista F. A Hayek ha identificado otra razón por la que los intelectuales podrían estar a favor de una sociedad socialista. Se piensa de esa sociedad que está organizada siguiendo un plan consciente, es decir, una idea. Las ideas son la materia prima de los forjadores de palabras, y de este modo una sociedad planificada convierte en primordial aquello que constituye su labor profesional. Es una sociedad que encarna ideas. ¿Cómo podrían los intelectuales dejar de considerar a una sociedad tal como seductora y valiosa? Sin duda, podemos exponer las ideas que representa una sociedad capitalista, la libertad y los derechos individuales, pero estas ideas definen un proceso de libertad, no el modelo final resultante. Una ideología que desea estampar un modelo en una sociedad hará por tanto que una idea sea más fundamental para la sociedad y (a menos que la idea sea repugnante) resultará por tanto atractiva para los gustos especiales de los intelectuales, que son profesionales de las ideas.

Una explicación distinta se centra en cómo la motivación de la actividad intelectual contrasta con las motivaciones más altamente valoradas y recompensadas en la sociedad de mercado. La actividad capitalista -así se cuenta- está motivada por la codicia egoísta, pura y simple, mientras que la actividad intelectual está motivada por el amor a las ideas. Sin duda, este contraste es exagerado. Un capitalista puede desear ganar dinero para apoyar su causa o acción caritativa favorita. Una actividad empresarial puede estar motivada por sus propias recompensas intrínsecas, las recompensas del dominio, la competencia profesional y la labor cumplida. Sin duda, estas actividades pueden también aportar recompensas extrínsecas, pero igualmente puede un novelista que se mueve por motivos puramente artísticos obtener grandes derechos de autor. Y ¿está la propia actividad intelectual motivada siempre, únicamente, por sus recompensas intrínsecas? Se dice que los escritores (varones) escriben para lograr la fama y el amor de bellas mujeres. Tampoco están claramente ausentes las motivaciones competitivas en el mundo intelectual. Recordemos cómo Newton y Leibniz se pelearon sobre quién de los dos había inventado antes el cálculo, y cómo Crick y Watson corrieron a toda prisa para adelantarse a Pauling y ser los primeros en descubrir la estructura del ADN.

Pero aunque las motivaciones de la gente que triunfa económicamente bajo el capitalismo no precisan ser claramente inferiores a las de los intelectuales, no es menos verdad que en una sociedad capitalista las recompensas económicas tenderán a ser para los que satisfacen las demandas de otros expresadas en el mercado, para los triunfantes productores de lo que quieren los consumidores. Los intelectuales, igualmente, pueden satisfacer una demanda de mercado de sus productos, como se muestra en los elevados ingresos de algunos novelistas y pintores. Sin embargo, no es necesario que el mercado recompense el trabajo intelectualmente más meritorio; recompensará (parte de) lo que le gusta al público. Éste puede ser un trabajo de menos mérito, o puede no ser en absoluto un trabajo intelectual. El mercado, por su propia naturaleza, es neutral respecto al mérito intelectual. Si el mérito intelectual no es recompensado del modo más elevado, eso será por culpa, si hubiese culpa, no del mercado sino del comprador, cuyos gustos y preferencias se expresan en el mercado. Si hay más gente dispuesta a pagar por ver a Robert Redford que por escucharme dando una conferencia o por leer mis escritos, ello no implica una imperfección del mercado.

Al intelectual puede molestarle al máximo el mercado, no obstante, cuando ve una oportunidad de triunfar, desde el punto de vista económico, produciendo una obra que es de menor mérito a sus propios ojos. El verse tentado a degradar sus propios criterios de calidad para conseguir éxito y reconocimiento popular -o hacerlo de hecho- puede causarle un resentimiento contra el. sistema que le induce a caer en tales motivaciones y emociones de escaso gusto. (Los guionistas de Hollywood son el ejemplo paradigmático.) De nuevo, no obstante, ¿por qué culpa al sistema de mercado más que al público? ¿Le molesta un sistema que traza su camino hacia el éxito pasando por los gustos del público, un público menos agudo, instruido y refinado que él, un público que es intelectualmente inferior a él? (Sin embargo, la mayoría de los productores del mercado saben más acerca de su producto y de sus niveles de calidad que la mayoría de los consumidores.) ¿Por qué tienen los intelectuales que estar tan resentidos por tener que satisfacer las demandas del mercado si lo que quieren son los frutos del éxito de mercado? Siempre pueden, al fin y al cabo, elegir aferrarse a los niveles de su oficio y aceptar recompensas externas más limitadas.

El economista Ludwig von Mises explicó la oposición al capitalismo como un resentimiento por parte de los menos3. Más que imputar su propia falta de éxito, en un sistema libre en el que otros iguales que ellos triunfan, al fracaso personal, la gente le echa la culpa a la naturaleza del sistema mismo. Sin embargo, los hombres de negocios fracasados, por lo general, no culpan al sistema. Y, ¿por qué culpan al sistema los intelectuales en lugar de a sus conciudadanos insensibles? Dado el alto grado de libertad que un sistema capitalista concede a los intelectuales y dado el cómodo estatus de que gozan los intelectuales dentro de ese sistema, ¿de qué culpan al sistema? ¿Qué esperan de él?

La formación académica de los intelectuales

Los intelectuales de ahora confían en ser las personas más altamente valoradas en una sociedad, los de más prestigio y poder, los que obtienen mayores recompensas. Los intelectuales se consideran con derecho a esto. Pero, en general, una sociedad capitalista no honra a los intelectuales. Mises explica el resentimiento particular de los intelectuales, en contraste con los trabajadores, diciendo que se mezclan socialmente con capitalistas triunfadores y que por ello les consideran como un grupo de referencia destacado y les humilla su estatus inferior. Sin embargo, incluso aquellos intelectuales que no se mezclan socialmente están resentidos de un modo similar, a la vez que simplemente el puro mezclarse no basta -los instructores de deportes y de danza que trabajan para los ricos y tienen líos con ellos no son especialmente anticapitalistas.

¿Por qué entonces los intelectuales contemporáneos se sienten con derecho a las más altas recompensas que su sociedad puede ofrecer, y molestos cuando no las reciben? Los intelectuales piensan que son las personas más valiosas, las de mayor mérito, y que la sociedad debería premiar a la gente en función de su valía y mérito. Pero una sociedad capitalista no cumple el principio distributivo “a cada uno según sus méritos o valía”. Aparte de los regalos, las herencias y las ganancias del juego que se dan en una sociedad libre, el mercado distribuye a aquellos que satisfacen las demandas de los demás expresadas a través del mercado, y lo que distribuya de este modo depende de lo que se demande y del volumen del suministro alternativo. Los empresarios fracasados y los trabajadores no sienten la misma animadversión al sistema capitalista que los intelectuales forjadores de palabras. Solamente la conciencia de una superioridad no reconocida, o de unos derechos traicionados, produce esa animadversión.

¿Por qué piensan los intelectuales forjadores de palabras que son valiosísimos, y por qué piensan que la distribución debe hacerse de acuerdo con su valía? Obsérvese que esto último no es un principio necesario. Se han propuesto otros modelos de distribución, incluyendo la distribución paritaria, la distribución según el mérito moral, la distribución según la necesidad. De hecho, no es necesario que haya modelo alguno de distribución que la sociedad esté tratando de alcanzar, incluso una sociedad preocupada con la justicia. La ecuanimidad de una distribución puede residir en su planteamiento desde un proceso justo de intercambio voluntario de propiedades y servicios justamente adquiridos. Cualquier resultado que se produzca en ese proceso será justo entonces, pero no existe un modelo concreto al que deba ajustarse el resultado. ¿Por qué entonces los forjadores de palabras se consideran valiosísimos, y aceptan el principio de distribución según la valía?

Desde los comienzos del pensamiento documentado, los intelectuales nos han dicho que su actividad es valiosísima. Platón valoraba la facultad racional por encima del valor y de las apetencias y consideraba que los filósofos deberían gobernar; Aristóteles sostenía que la contemplación intelectual era la actividad suprema. No es sorprendente que los textos que nos han llegado registren esta alta valoración de la actividad intelectual. Las personas que formularon valoraciones, que las escribieron con razones para respaldarlas, eran intelectuales, después de todo. Se ensalzaban a sí mismos. Los que valoraban más otras cosas que el meditar sobre las cosas usando palabras, ya fuese la caza o el poder o el placer sensual ininterrumpido, no se preocupaban por dejar informes escritos duraderos. Sólo los intelectuales elaboraron una teoría acerca de quién era mejor.

¿Qué factor provocó la sensación, por parte de los intelectuales, de que tenían un valor superior? Voy a centrarme en una institución concreta: las escuelas. A medida que el conocimiento libresco se hizo cada vez más importante, se extendió la escolarización -enseñar a los jóvenes a leer y familiarizarse con los libros. Las escuelas se convirtieron en la principal institución al margen de la familia para forjar las actitudes de los jóvenes, y casi todos los que más tarde se convirtieron en intelectuales pasaron por la escuela. Allí triunfaron. Se les juzgaba frente a otros y se les consideraba superiores. Se les ensalzaba y premiaba, eran los favoritos de los profesores. ¿Cómo podrían dejar de sentirse superiores? Diariamente experimentaban diferencias en la facilidad para las ideas, en el ingenio. Las escuelas les decían, y les demostraban, que eran los mejores.

Las escuelas, también, exhibían y por tanto enseñaban el principio de la recompensa de acuerdo con el mérito (intelectual). Al intelectualmente meritorio se dirigían las alabanzas, las sonrisas de los profesores y las calificaciones más altas. En la moneda que ofrecían las escuelas, los más inteligentes constituían la clase alta. Aunque sin que formase parte de los currículos oficiales, en las escuelas los intelectuales aprendían las lecciones acerca de su propia valía, superior en comparación con los demás, y de cómo esta valía superior les daba derecho a mayores recompensas.

La más amplia sociedad de mercado, sin embargo, enseñaba una lección distinta. Ahí las principales recompensas no eran para los más brillantes verbalmente. Allí a las habilidades intelectuales no se les concedía el mayor valor. Instruidos en la lección de que ellos eran los más valiosos, los que más merecían la recompensa, los que mayores derechos tenían a la recompensa, ¿cómo podían los intelectuales, por lo general, dejar de estar resentidos con la sociedad capitalista que les privaba de las justas retribuciones a que les “daba derecho” su superioridad? ¿Es sorprendente que lo que sentían los intelectuales instruidos, hacia la sociedad capitalista, fuera una profunda y sombría animadversión que, aunque revestida de diversas razones públicamente apropiadas, continuaba incluso cuando se demostraba que esas razones particulares eran inadecuadas?

Al decir que los intelectuales se consideran con derecho a las más altas recompensas que la sociedad en su conjunto puede ofrecer (riqueza, estatus, etc.), no quiero decir que los intelectuales consideren esas recompensas como los bienes más preciados. Quizás valoren más las recompensas intrínsecas de la actividad intelectual o el pasar a la historia. Sin embargo, también se sienten con derecho a la más alta apreciación por parte de la sociedad en general, a lo máximo y mejor que pueda ofrecer, por insignificante que resulte. No pretendo conceder relevancia especial a las recompensas que se abren camino hasta los bolsillos de los intelectuales o que afectan a sus propias personas. Al identificarse a sí mismos como intelectuales, pueden sentirse molestos por el hecho de que la actividad intelectual no sea la más altamente valorada y recompensada.

El intelectual quiere que la totalidad de la sociedad sea una extensión de la escuela, para que sea como el entorno en que le fue tan bien y en que tanto se le apreció. Al incorporar unos criterios de recompensa que son diferentes de los propios de la sociedad global, las escuelas garantizan que algunos vayan a experimentar un posterior descenso en la escala social. Los que están en lo más alto de la jerarquía escolar se considerarán con derecho a una posición de primera, no sólo en aquella micra-sociedad, sino en la más amplia, una sociedad cuyo sistema les resultará molesto cuando no les trate según sus necesidades y derechos auto-adjudicados. El sistema escolar crea por tanto un sentimiento anticapitalista entre los intelectuales . Más bien, crea un sentimiento anticapitalista entre los intelectuales de la palabra. ¿Por qué no desarrollan los forjadores de números las mismas actitudes que estos forjadores de palabras? Presumo que estos niños brillantes con las cuentas, aunque consiguen buenas calificaciones en los exámenes correspondientes, no reciben de los profesores la misma atención y aprobación personal que los niños brillantes con la palabra. Son las destrezas verbales las que acarrean estas recompensas personales por parte de los profesores y, en apariencia, son estas recompensas de un modo especial las que dan forma a ese sentimiento de tener derecho a algo.

Hay que añadir un aspecto más. Los (futuros) intelectuales forjadores de palabras triunfan por lo que atañe a la forma oficial del sistema social escolar, en el que las recompensas importantes se distribuyen por parte de la autoridad central del profesor. Las escuelas incluyen otro sistema social de cariz informal en las aulas, los pasillos y los patios, en el que las recompensas se distribuyen no por parte de la autoridad central sino de manera espontánea, a placer y capricho de los compañeros. Aquí a los intelectuales les va peor.

No sorprende, por tanto, que la distribución de los bienes y recompensas por medio de un mecanismo distributivo centralizado sea más tarde considerada por los intelectuales como más apropiada que la “anarquía y el caos del mercado”. Porque la distribución en una sociedad socialista planificada centralmente es a la distribución en una sociedad capitalista como la distribución por parte del profesor es a la distribución por parte del patios.5

Nuestra explicación no postula que los (futuros) intelectuales constituyan una mayoría incluso entre las clases académicamente superiores de la escuela. Este grupo puede estar formado sobre todo por los que tienen destrezas librescas considerables (pero no abrumadoras) junto con algo de gracia social, fuerte deseo de complacer, cordialidad, encanto personal y habilidad para respetar las reglas del juego (y parecerlo). Tales alumnos, también, serán muy bien considerados y recompensados por el profesor, e igualmente les irá estupendamente bien en la sociedad más amplia. Y se desenvuelven bien dentro del sistema social informal de la escuela. De modo que no aceptarán de un modo especial las normas del sistema formal de la escuela. Nuestra explicación plantea la hipótesis de que los (futuros) intelectuales están representados de un modo desproporcionado en esa parte de la clase alta (oficial) de la escuela que experimentará un relativo movimiento de descenso. O, más bien, en el grupo que predice para sí mismo un futuro en declive. La animadversión surgirá antes del desplazamiento hacia el interior de un mundo más amplio y de experimentar un descenso real de estatus, en el momento en que el alumno listo se da cuenta de que (probablemente) se desenvolverá peor en la sociedad más amplia que en su situación escolar actual. Esta consecuencia no buscada del sistema escolar, el espíritu anticapitalista de los intelectuales, se ve, por supuesto, reforzada cuando los alumnos leen o reciben las enseñanzas de intelectuales que presentan esas mismas actitudes anticapitalistas.

Sin duda, algunos intelectuales forjadores de palabras fueron alumnos conflictivos y críticos y por ello no contaron con la aprobación de sus profesores. ¿Aprendieron ellos también la lección de que los mejores deberían obtener las recompensas más altas y piensan, a pesar de sus profesores, que ellos mismos eran los mejores, y empiezan por ello a tener un resentimiento temprano contra la distribución que realiza el sistema escolar? Claramente, acerca de esto y de las otras cuestiones aquí tratadas, necesitamos datos en tomo a las experiencias escolares de los futuros intelectuales forjadores de palabras para matizar y probar nuestras hipótesis.

Planteado como fenómeno global, apenas se puede negar que las normas internas de las escuelas estén llamadas a afectar a las creencias normativas de las personas tras su paso por las escuelas. Las escuelas, al fin y al cabo, son la principal sociedad ajena a la familia en que los niños aprenden a comportarse, y de ahí que la escolarización constituya su preparación para la más amplia sociedad no familiar. No sorprende que los que triunfan al calor de las normas de un sistema escolar se quejen de una sociedad que se atiene a normas diferentes y que no les garantiza el mismo éxito. Tampoco es sorprendente, cuando esos son los mismos que proceden a dar forma a la propia imagen de la sociedad, al juicio sobre sí misma, si la sección de la sociedad que es sensible a las palabras se vuelve contra ella. Si uno estuviese diseñando una sociedad, no intentaría diseñarla de modo que los forjadores de palabras, con toda su influencia, estuviesen instruidos en la animadversión contra las normas de la sociedad.

Nuestra explicación del anticapitalismo desproporcionado de los intelectuales se establece sobre la base de una generalización sociológica muy plausible.

En una sociedad en la que un sistema o una institución extrafamiliar, la primera en que ingresan los jóvenes, distribuye recompensas, aquellos a quienes les va mejor tenderán a internalizar las normas de esta institución y confiarán en que la sociedad en general funcionará según estas normas; se considerarán con derecho a repartos distributivos de acuerdo con esas normas o (como mínimo) a una posición relativa igual a aquella que estas normas dan como resultado. Además, los que constituyen la clase superior dentro de la jerarquía de esta institución extrafamiliar y que experimentan luego (o prevén experimentar) un desplazamiento hacia una posición relativamente inferior en la sociedad en general, debido a su percepción del derecho frustrado, tenderán a oponerse al sistema social más amplio y a sentir animadversión hacia sus normas.

Obsérvese que ésta no es una ley determinista. No todos los que experimentan una movilidad social hacia abajo se volverán en contra del sistema. Tal movilidad hacia abajo, no obstante, es un factor que tiende a producir efectos de ese tenor, y por ello se manifestará en proporciones diversas con respecto al conjunto. Podríamos distinguir formas en las que la clase alta puede desplazarse hacia abajo: puede obtener menos que otro grupo o (cuando ningún grupo se desplaza por encima de ella) puede empatar, sin conseguir más que los que previamente se había previsto serían inferiores. Es el primer tipo de desplazamiento hacia abajo el que más indigna y humilla; el segundo tipo es bastante más tolerable. Muchos intelectuales (dicen ellos) están a favor de la igualdad mientras que sólo un número reducido exige una aristocracia de intelectuales. Nuestra hipótesis se refiere al primer tipo de desplazamiento hacia abajo como especialmente generador de resentimiento y animadversión.

El sistema escolar imparte y premia solamente algunas de las destrezas válidas para el éxito posterior (es, al fin y al cabo, una institución especializada), por lo que su sistema de recompensas será diferente del propio de la sociedad en general. Esto garantiza que algunos, al pasar a la más amplia sociedad, experimentarán un desplazamiento social descendente junto con las consecuencias que lo acompañan. He afirmado antes que los intelectuales quieren que la sociedad sea una extensión de las escuelas. Ahora vemos cómo el resentimiento debido a un sentido del derecho frustrado procede del hecho de que las escuelas (en calidad de sistema social extrafamiliar) no constituyen una condensación de la sociedad.

Nuestra explicación parece predecir ahora el resentimiento (desproporcionado) que albergan los intelectuales instruidos respecto a la sociedad en la que viven, cualquiera que sea la naturaleza de la misma, capitalista o comunista. (Los intelectuales se oponen desproporcionadamente al capitalismo en comparación con otros grupos de estatus socioeconómico parecido dentro de la sociedad capitalista. Otra cuestión es si se oponen de modo desproporcionado en comparación con el grado de oposición de los intelectuales de otras sociedades hacia esas sociedades). Claramente, pues, serían relevantes algunos datos acerca de las actitudes de los intelectuales de los países comunistas hacia el aparato del partido; ¿sentirán esos intelectuales animadversión hacia ese sistema?

Nuestra hipótesis precisa de matización para que no se aplique (o se aplique de un modo tan contundente) a cualquier sociedad. ¿Deben los sistemas educativos de toda sociedad producir inevitablemente una animadversión antisocial en los intelectuales que no reciben las mayores recompensas de esa sociedad? Probablemente no. Una sociedad capitalista es peculiar en cuanto a que parece anunciar que está abierta y es receptiva solamente al talento, a la iniciativa individual, al mérito personal. El hecho de crecer en una sociedad feudal o de castas hereditarias no crea expectativa alguna de que la recompensa esté o deba estar de acuerdo con la valía personal. A pesar de la expectativa creada, una sociedad capitalista premia a las personas en tanto en cuanto satisfacen los deseos ajenos, expresados a través del mercado; recompensa de acuerdo con la contribución económica, no con la valía personal. Sin embargo, la sociedad capitalista se acerca lo bastante a un sistema de recompensas a tenor de la valía personal -valía y contribución se entremezclan a menudo- como para hacer crecer las expectativas creadas por las escuelas. El ethos de la más amplia sociedad está lo bastante cercano al de las escuelas como para que la cercanía genere resentimiento. Las sociedades capitalistas premian el logro individual o proclaman que lo hacen, y de ese modo dejan al intelectual, que se considera buenísimo, especialmente amargado.

Otro factor, creo, tiene un determinado papel. Las escuelas tenderán a crear tales actitudes anticapitalistas cuanto mayor sea la diversidad de quienes asistan a ellas. Cuando casi todos los que van a tener éxito financiero asistan a escuelas distintas, los intelectuales no habrán adquirido esa actitud de ser superiores a ellos. Pero incluso si muchos niños de clase alta van a escuelas distintas, una sociedad abierta tendrá otras escuelas que incluyan también a muchos que van a triunfar económicamente como empresarios, y los intelectuales van a recordar con resentimiento, más tarde, lo superiores que eran académicamente a los de su edad que lograron mayor riqueza y poder. La transparencia de la sociedad tiene otra consecuencia, además. Los alumnos, tanto los futuros forjadores de palabras como los demás, no saben cómo les va a ir en el futuro. Pueden esperar cualquier cosa. Una sociedad cerrada al progreso destruye pronto esas esperanzas. En una sociedad capitalista abierta, los alumnos no se resignan pronto a que se limite su progreso y su movilidad social; la sociedad parece anunciar que los más capacitados y valiosos llegarán a lo más alto, sus escuelas ya han transmitido a los que tienen más talento el mensaje de que son valiosísimos y que merecen las mayores recompensas, y después estos mismos alumnos con el más alto estímulo y las mayores expectativas ven a otros compañeros suyos, de quienes saben que son y a quienes consideraron menos meritorios, subir más alto que ellos mismos, recibiendo las mejores recompensas a las que ellos mismos se consideraban con derecho. ¿Es extraño que sientan animadversión por esa sociedad?

Hemos pulido de algún modo la hipótesis. No es simplemente las escuelas formales sino la escolarización formal en un contexto social específico lo que genera un sentimiento anticapitalista en los intelectuales (forjadores de palabras). Sin duda, la hipótesis requiere matización posterior. Pero ya está bien. Es hora de pasarles la hipótesis a los expertos en ciencias sociales, sacarla de las especulaciones de sillón y entregársela a quienes se sumergen en hechos y datos más específicos. Podemos señalar, sin embargo, algunas áreas en las que nuestra hipótesis podría conducir a consecuencias y predicciones verificables.

En primer lugar se podría predecir que cuanto más meritocrático es el sistema escolar de un país, más posibilidades hay de que sus intelectuales sean. de izquierdas. (Piénsese en el caso de Francia.)

En segundo lugar, los intelectuales que fueron “frutos tardíos” en la escuela no habrían desarrollado el mismo sentido de derecho a las recompensas más elevadas; por lo tanto, el porcentaje de los intelectuales de tipo “fruto tardío” que serán anticapitalistas será menor que el de los de tipo “fruto temprano”.

En tercer lugar, limitábamos nuestra hipótesis a las sociedades (contrariamente al sistema de castas de la India) en las que el estudiante triunfador podía confiar bastante en un éxito posterior parecido en la sociedad más amplia. En la sociedad occidental, las mujeres no han disfrutado hasta ahora de tales expectativas, por lo que no sería de esperar que las estudiantes que formaban parte de la clase académica superior, y que sin embargo sufrieron luego un desplazamiento descendente, mostrasen la misma animadversión anticapitalista que los intelectuales varones. Podríamos predecir, pues, que cuanto más se vea que una sociedad se mueve hacia la igualdad de oportunidades ocupacionales entre las mujeres y los hombres, mayor será la tendencia de sus intelectuales femeninas al mismo anticapitalismo desproporcionado que muestran sus intelectuales varones.

Algunos lectores pueden albergar dudas sobre esta explicación del anticapitalismo de los intelectuales. Sea como sea, creo que se ha identificado un fenómeno importante. La generalización sociológica que hemos enunciado es intuitivamente convincente. Algo así tiene que ser cierto. Por lo tanto, algún tipo de efecto tiene que producirse en ese sector de la clase alta escolar que experimenta un desplazamiento social descendente, tiene que generarse algún tipo de antagonismo contra la sociedad en general. Si ese efecto no es la oposición desproporcionada de los intelectuales, entonces ¿qué es? Comenzamos con un fenómeno intrigante que precisaba explicación. Hemos encontrado, creo yo, un factor aclaratorio que (una vez establecido) es tan evidente que tenemos que creer que explica algún fenómeno real.

¿Hay solución?

Quienes piensan que la sociedad capitalista debería ser fuertemente contestada -pero, ¿por qué piensan así?- se alegrarán de este efecto inintencionado del sistema escolar. Sin embargo, como hemos observado, el problema de la falta de armonía entre la intelectualidad y las normas de la sociedad global es un problema de alcance más general. Se enfrentará a él cualquier sociedad, sea cual sea su carácter, cuyo sistema escolar se especialice y no sea una condensación de la sociedad. Cuanto más importantes e influyentes sean sus intelectuales forjadores de palabras (como en las “sociedades post-industriales”), mayor será este problema. De este modo, todos los lectores pueden preguntarse conmigo cómo se podría evitar esta oposición a la sociedad de los intelectuales -aunque algunos lectores podrían preferir hacerse esta pregunta con respecto a alguna sociedad no capitalista.

Cuando las escuelas y la sociedad global no están bien articuladas, las dos soluciones obvias son reestructurar cualquiera de ellas para alinearla con la otra. En primer lugar, se podría intentar que la sociedad se ajustase a las normas de la escuela, bien mediante una estructuración socialista que sitúe a los intelectuales en lo más alto o mediante una meritocracia que surja de forma natural. Sin embargo, por muy importante que llegue a ser el conocimiento en la sociedad, ninguna sociedad relativamente libre premiará o podrá premiar del modo más destacado a las destrezas escolares más altas. Las escuelas, con grandes esfuerzos, se centran solamente en algunas cualidades; éstas, al tiempo que desempeñan un papel significativo en el éxito económico en ciertos casos, nunca explicarán del todo la posición social resultante. Los consumidores no son profesores que califican resultados de pruebas e intervenciones en clase.

Como alternativa, y de un modo no tan ambicioso, las escuelas podrían modificarse para ajustarlas a la sociedad en general, o al menos para evitar que inculquen normas contrarias. Si los inteligentes tienen derecho a algo que el mercado no les da, es al reconocimiento de que son inteligentes -nada más. No tienen derecho a las mayores recompensas de la sociedad en general.

¿Cómo podría entonces impartirse esta lección de modestia? Decir simplemente que la economía premia adecuadamente otros atributos no será suficiente. Los niños aprenderán de los hechos de la escuela, no de las palabras, y los internalizarán. Sin duda, el sistema social global del medio escolar valora muchas cosas: destreza atlética en el patio, hacerse respetar por los compañeros, talento para cantar en el auditorio, una buena impresión en todas partes. Pero la escuela sólo reconoce oficialmente las destrezas intelectuales y el rendimiento. Dado que, después de todo, eso es para lo que está, le sería difícil dar paridad o un reconocimiento muy significativo a otros atributos. (Doy por sentado que los premios a la actitud y a la conducta son una bobada en todas partes.)

Otra posibilidad es reducir la jerarquía académica dentro del sistema escolar. Las escuelas podrían enseñar sin jerarquizar a los estudiantes, sin calificarles en función del éxito de su aprendizaje. Los reformadores apelan de vez en cuando a la abolición de los exámenes y las calificaciones. Paul Goodman argumentaba que éstos tienen una función extrínseca a la de la propia educación, al atender únicamente a las necesidades de los futuros patronos o de las comisiones de admisión de otros centros docentes, a quienes se puede dejar hacer sus propias pruebas informativas6. (Está claro, no obstante, que los exámenes y los certificados también amplían la elección discrecional de los estudiantes. Los patronos aceptan la declaración de una facultad de que un estudiante ha cumplido con los requisitos para una licenciatura sin profundizar demasiado en cuáles son esos requisitos o qué utilidad tienen los cursos en relación con los objetivos del empleo.)

Sin embargo, los exámenes desempeñan también otras funciones, intrínsecas al proceso educativo. Informan al estudiante de cómo lo está haciendo a tenor de criterios objetivos, de cómo lo está haciendo comparado con otros de su grupo de referencia (¿de lo bien que, al fin y al cabo, debería esperar de sí mismo hacerlo?). Proporcionan información para la división del alumnado en grupos según el nivel académico cuando sea adecuado desde el punto de vista educativo, así como una posible formación continuada.

En cualquier caso, dada la función informativa extrínseca, los patronos considerarán ventajoso contratar a personas procedentes de las escuelas que evalúan y certifican y, por lo tanto, los estudiantes considerarán ventajoso acudir a esas escuelas. Cualquiera que sea el interés social general, la gente perseguirá sus propios intereses individuales. Nadie se negará a contratar a los de una escuela concreta o a acudir a la misma por el hecho de que ese tipo de escuela cree intelectuales con una animadversión anticapitalista. Al tiempo que la legislación para modificar los sistemas educativos podría conseguir el objetivo, sus beneficios son tan remotos en comparación con su coste que no es probable que tal legislación se apruebe. Tampoco es tal legislación, al menos en lo que se refiere a escuelas privadas, compatible con el ethos capitalista de la libertad y de los derechos individuales7.

Reestructurar las escuelas para dar menos importancia a las destrezas y logros intelectuales suscita cuestiones problemáticas, al margen de la muy clara relativa al coste resultante en cuanto a eficacia social (a corto plazo). El cultivo de las capacidades intelectuales y del talento es, pensamos, un valor importante en sí mismo. Sin embargo, los sistemas escolares que sabemos que lo cultivan, también generan, involuntariamente, una animadversión contra el sistema social entre algunos de los intelectualmente más dotados. Si la estabilidad a largo plazo del sistema social deseable se ve mejor atendida frenando el cultivo de algunos rasgos valiosos y enormemente admirables de los individuos, entonces nos enfrentamos a un serio conflicto de valores.

Tranquilizará a los que apoyan la continuidad de la sociedad capitalista recordar que este conflicto es general. La sociedad comunista considera igualmente que los intelectuales se salen del camino recto. A raíz de la Revolución Cultural, los chinos, con un gran coste económico y personal, intentaron convertirles en seres como el resto, mediante la reeducación forzosa, el exilio al campo y la persecución personal. Falló el intento. La tensión de la sociedad capitalista con sus intelectuales es mucho menos grave -podemos simplemente tener que vivir con ella. Pase lo que pase, no obstante, los intelectuales tendrán la última palabra.

1 Véase Bruce-Biggs (ed.), The New Class? (Nueva York, McGraw-Hill, 1981).
2 Véase Mancur Olson, The Logic of Collective Action (Cambridge, MA, Harvard University Press, 1965).
3 Ludwig von Mises, The Anti-Capitalistic Mentality (Princeton, NJ, Van Nostrand, 1956)
4 Es irónico que consideremos el sentimiento anticapitalista como consecuencia del sistema escolar, cuando una serie de autores recientes, de ideología radical, consideran que ese sistema moldea a las personas para el capitalismo, para ser dóciles y obedientes seguidores de instrucciones, aceptadores de la jerarquía, conservadores de programas, etc. Un sistema escolar dado, por supuesto, podría tener ambos efectos, intencionadamente o no, moldeando a algunos para que encajen en el sistema económico y a otros para que se opongan al mismo.
5 Podemos entender ahora por qué los deportistas escolares no tienden a volverse exageradamente en contra del sistema capitalista, incluso aunque también ellos puedan experimentar un descenso de posición social tras los años escolares. Fue el sistema social informal el que les trató tan bien con anterioridad, y si bien podrán luego lamentar o acusar las preferencias de los consumidores del mercado, no tendrán un vínculo preferente con ningún tipo de distribución que no sea a través del conjunto de las preferencias de los individuos.
6 Paul Goodman, Compulsory Mis-Education and the Community of Scholars (Nueva York, Vintage Books, 1966).
7 Sin restringir su argumento a las escuelas, ]oseph Schumpeter comenta cómo “a una sociedad capitalista burguesa le resultará difícil meter en cintura a los intelectuales… Al defender a los intelectuales como grupo …la burgesía se defiende a sí misma y su modelo de vida. Solamente un gobierno de naturaleza no burguesa y de credo no burgués –en las circunstancias modernas solamente un gobierno socialista o fascista- es suficientemente fuerte como para controlarlos. Para hacerlo, tendría que cambiar instituciones típicamente burguesas y reducir drásticamente la libertad individual en todos los estratos de la nación. Y un gobierno como ése no es probable -ni siquiera sería capaz de hacerlo- que llegue a frenar en seco a la iniciativa privada. De ello se derivan tanto la falta de buena disposición como la incapacidad del sistema capitalista para controlar eficazmente al sector intelectual”; Capitalism, Socialism and Democracy (Nueva York, Harper, 1950), págs. 150-151.

El resentimiento de la ambición frustrada

8 April, 2011 § Leave a Comment

Por Ludwig von Mises. Fragmento de su libro La Mentalidad Anti-capitalista, recientemente reeditado por Unión Editorial.

En una sociedad estamental, el sujeto puede atribuir la adversidad de su destino a circunstancias ajenas a sí mismo. Le hicieron de condición servil y por eso es esclavo. La culpa no es suya; no tiene por qué avergonzarse.

La mujer, que no se queje, pues si le preguntara: “¿Por qué no eres duque? Si tú fueras duque, yo sería duquesa”, el marido le contestaría: “Si mi padre hubiera sido duque, no me habría casado contigo, tan villana como yo, sino con una linda duquesita. ¿Por qué no conseguiste mejores padres?”.

La cosa ya no pinta del mismo modo bajo el capitalismo. La posición de cada uno depende de su respectiva aportación. Quien no alcanza lo ambicionado, dejando pasar oportunidades, sabe que sus semejantes le juzgaron y postergaron. Ahora sí, cuando su esposa le reprocha: “¿Por qué no ganas más que ochenta dólares a la semana? Si fueras tan hábil como tu antiguo amigo Pablo, serías encargado y vivi ríamos mejor”, se percata de la propia humillante inferioridad.

La tan comentada dureza inhumana del capitalismo estriba precisamente en eso, en que se trata a cada uno según su contribución al bienestar de sus semejantes. El grito marxista “A cada uno según sus merecimientos” se cumple rigurosamente en el mercado, donde no se admiten excusas ni personales lamentaciones. Advierte cada cual que fracasó donde triunfaron otros, quienes, por el contrario, en gran número, arrancaron del mismo punto de donde el interesado partió. Y, lo que es peor, tales realidades constan a los demás. En la mirada familiar lee el tácito reproche: “¿Por qué no fuiste mejor?”. La gente admira a quien triunfa, contemplando al fracasado con menosprecio y pena.

Se le critica al capitalismo, precisamente, por otorgar a todos la oportunidad de alcanzar las posiciones más envidiables, posiciones que, naturalmente, sólo pocos alcanzarán. Lo que en la vida consigamos nunca será más que una mínima fracción de lo originariamente ambicionado.

Tratamos con gentes que lograron lo que nosotros no pudimos alcanzar. Hay quienes nos aventajaron y frente a ellos alimentamos subconscientes complejos de inferio ridad. Tal sucede al vagabundo que mira al trabajador estable; al obrero ante el capataz; al empleado frente al director; al director para con el presidente; a quien tiene trescientos mil dólares cuando contempla al millonario. La confianza en sí mismo, el equilibrio moral, se quebranta al ver pasar a otros de mayor habilidad y superior capacidad para satisfacer los deseos de los demás. La propia ineficacia queda de manifiesto.

Justus Moser inicia la larga serie de autores alemanes opuestos a las ideas occidentales de la Ilustración, del raciona lismo, del utilitarismo y del laissez faire. Irritábanle los nue vos modos de pensar que hacían depender los ascensos, en la milicia y en la administración pública, del mérito, de la capacidad, haciendo caso omiso de la cuna y el linaje, de la edad biológica y de los años de servicio. La vida –decía Moser– sería insoportable en una sociedad donde todo dependiera exclusiva mente de la valía individual. Somos proclives a sobreestimar nuestra capacidad y nuestros merecimientos; de ahí que, cuando la posición social viene condicionada por factores ajenos, quienes ocupan lugares inferiores tole ran la situación –las cosas son así– conservando intacta la dignidad y la propia estima, convencidos de que valen tanto o más que los otros. En cambio, el planteamiento varía si sólo decide el mérito personal; el fracasado se siente humillado; rezuma odio y animosidad contra quienes le superan.

Pues bien, esa sociedad en la que el mérito y la propia ejecutoria determinan el éxito o el hundimiento es la que el capitalismo, apelando al funcionamiento del mercado y de los precios, extendió por donde pudo.

Moser, coincidamos o no con sus ideas, no era, desde luego, tonto; predijo las reacciones psicológicas que el nuevo sistema iba a desencadenar; adivinó la revuelta de quienes, puestos a prueba, flaquearían.

Y, efectivamente, tales personas, para consolarse y recu perar la confianza propia, buscan siempre un chivo expiatorio. El fracaso –piensan– no les es imputable; son ellos tan brillantes, eficientes y diligentes como quienes les eclipsan. Es el orden social dominante la causa de su des gracia; no premia a los mejores; galardona, en cambio, a los malvados carentes de escrúpulos, a los estafadores, a los explotadores, a los “individualistas sin entrañas”. La honradez propia perdió al interesado; era él demasiado honesto; no quería recurrir a las bajas tretas con que los otros se encumbraron. Bajo el capitalismo, hay que optar entre la pobreza honrada o la turbia riqueza; él prefirió la primera. Esa ansiosa búsqueda de una víctima propiciatoria es la reacción propia de quienes viven bajo un orden social que premia a cada uno con arreglo a su propio merecimiento, es decir, según haya podido contribuir al bienestar ajeno. Quien no ve sus ambiciones plenamente satisfechas se con vierte, bajo tal orden social, en rebelde resentido. Los zafios se lanzan por la vía de la calumnia y la difamación; los más hábiles, en cambio, procuran enmascarar el odio tras filosó ficas lucubraciones anticapitalistas. Lo que, en definitiva, desean tanto aquéllos como éstos es ahogar la denunciadora voz interior; la íntima conciencia de la falsedad de la propia crítica alimenta su fanatismo anticapitalista.

Tal frustración (…) surge bajo cualquier orden social basado en la igualdad de todos ante la ley. Sin embargo, ésta es sólo indirectamente culpable del resenti miento, pues tal igualdad lo único que hace es poner de manifiesto la innata desigualdad de los mortales en lo que se refiere al respectivo vigor físico e intelectual, fuerza de voluntad y capacidad de trabajo. Resalta, eso sí, despiada damente el abismo existente entre lo que realmente realiza cada uno y la valoración que el propio sujeto concede a su comportamiento. Sueña despierto quien exagera la propia valía, gustando de refugiarse en un soñado mundo “mejor” en el que cada uno sería recompensado con arreglo a su “verdadero” mérito.

La crisis financiera que el Estado causó (for dummies).

29 March, 2011 § 6 Comments

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia. 

Se dice que no hay nada más práctico que la buena teoría. Cada vez nos convencemos más de que eso es lo cierto. Muchos de los apóstoles del colectivismo estatistas parten de premisas fundamentales equivocadas, a partir de las cuales se derivan conclusiones falaces, de las cuales a su vez nacen una serie de medidas gubernamentales destinadas a imponer por la fuerza sus errores. La principal fuente de error es una imagen tergiversada de la historia, en la que pasan inadvertidas las verdaderas causas de los procesos sociales que más nos afectan.

La leyenda urbana reza que la debacle que significó la explosión de la burbuja financiera se debió a la “liberalización” del sistema financiero, en virtud de lo cual se dejó rienda suelta a la avaricia corporativa, que se embarcó en una vorágine de malabares especulativos en los complejos—inentendibles, para la mayoría de nosotros—circuitos del mercado financiero global. La respuesta ante ello sería, como es lógico, que el Estado retome las riendas de ese universo tan proclive a los excesos. Más aún cuando líderes políticos e intelectuales advierten la necesidad inminente de controlar la “fuerza destructiva del capitalismo”.

El problema con lo anterior es que constituye una reconstrucción deficiente de la historia, que por tanto tergiversa la explicación teórica de los fenómenos involucrados, y deriva en falsas soluciones. Los políticos de turno se apresuran a llevar a la práctica estas soluciones, porque los electores se encuentran expectantes y quieren show, quieren un Gobierno activo que los proteja de los malos. Los ánimos guillotinescos se exacerban, empezando el ciclo de marchas y contramarcha de la tradición demagógica. La libertad y el erario público son los que siempre salen perdiendo, en beneficio de unos pocos: de hecho, el salvataje financiero implementado por Washington significó una mayor concentración del mercado bancario en EEUU.

Este documental, “Overdoze: the next financial crisis”, ofrece una explicación muy ilustrativa de lo que en verdad sucedió, y además hace una predicción acerca de la burbuja que actualmente están inflando los gobiernos con sus planes de salvataje. Intentaremos resumir y explicar (sin tecnicismos económicos, sino con lenguaje accequible para dummies, como el editor este blog) sus puntos más importantes, limitándonos únicamente a las causas de la actual crisis.

Existe una forma muy poco visible pero sumamente trascendente de intervencionismo estatal que se llama política monetaria. Los bancos centrales, por lo general, juegan con las tasas de interés—es decir, con el precio del dinero prestado—para alcanzar diversos fines económicos, y es a esto a lo que llaman política monetaria: fomentar la devaluación de la moneda, impulsar la concesión de préstamos y el consumo, etc.

La Reserva Federal de EEUU, a raíz de la burbuja dotcom, en 2001, bajó los tipos de interés para que sigan fluyendo los créditos y no baje el consumo, para de esta manera evitar que el nivel de crecimiento económico se vea afectado. Esta medida, como señaló entonces el mandamás de la Fed, Alan Greenspan, estaba orientada a mantener inflar otra burbuja, para que los precios no bajen y se mantenga la fiesta hasta un cierto punto. Nadie se imaginó entonces que poco después vendría el atentado del 11-S. Ante esta hecatombe, la Fed vuelve a aplicar la misma receta para evitar el colapso económico, y baja aún más los tipos de interés, a mínimos históricos, en los que se mantiene por muchos años.

Gobierno interviene para salvar la economía de sí misma.

En teoría, las tasas de interés tienen una función básica en la economía—al menos, hasta que pasaron a depender a la voluntad arbitraria del tecnócrata de turno. Cuando bajan, alertan a los inversores sobre la abundancia de ahorro; es decir, es una señal que indica que la preferencias temporales de consumidores han cambiado, que están dispuestos a sacrificar consumo inmediato por mayores gratificaciones en el largo plazo. Esto se da en sociedades que han alcanzado un cierto grado de prosperidad, donde existen instituciones legales y un grado de estabilidad política capaz de generar confianza a futuro. No obstante, un día los gobiernos descubrieron que se podían saltar todos esos pasos lógicos, y que simplemente podían jugar con los tipos de interés a su antojo, especialmente para causar subidones económicos.

¿Que las exportaciones están bajando porque otros competidores producen mejor y/o más barato? No te preocupes, un toque aquí y allá, bajamos las tasas, aumentamos así la oferta de dinero y ya lo tienes: devaluación monetaria. De la noche a la mañana, nuestra moneda vale menos frente al euro, y al importador europeo le resulta más barato comprarnos a nosotros. Todos contentos. El Gobierno recibe aplausos de sectores exportadores que no tienen tiempo para mejorar sus niveles de competitividad, y que ahora lo vanaglorian por haber salvados los “miles” de empleos que ellos, autoproclamados gendarmes de los intereses económicos de la nación, representan. El hecho de que le hayas encarecido la vida a los consumidores con la inflación creada y, por tanto, recortado el nivel adquisitivo de esos mismos trabajadores que dicen defender, no importa mucho.  Lo importante es el efecto inmediato y mediático, el subidón.

Lo mismo sucede cuando se bajan los créditos para “incentivar” la economía, se busca el efecto inmediatista creando una burbuja de gasto que está por encima de la capacidad adquisitiva real de los ciudadanos, financiado todo con deuda y no con ahorro. En tiempos de shock social, como el del 11-S, se recurre a este mecanismo para evitar que los bancos y empresas paralicen sus actividades.

Lo explica Juan Carlos Hidalgo, del Cato Institute:

Greenspan se gestó su reputación al frente de la Fed por el llamado “toque Greenspan”, el cual consistía en bajar las tasas de interés en tiempos de aprietos económicos con el fin de estimular la economía a través de mayor liquidez. Así lo hizo luego del “Lunes Negro” de 1987, cuando la Bolsa de Valores de Nueva York experimentó su mayor caída porcentual en un día (22,61%), desatando el pánico financiero a nivel mundial. El toque Greenspan funcionó, y luego fue puesto a prueba en otros episodios de incertidumbre política y económica: la Guerra del Golfo, la crisis del Tequila, la crisis asiática y finalmente la “burbuja punto com”. Una y otra vez la política de reducir las tasas de interés fue implementada con relativo éxito a lo largo de los años, así que cuando esta última recesión producto del estallido de la “burbuja punto com” golpeó a la economía estadounidense —aunada a la incertidumbre generada por los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001— Greenspan procedió a implementarla de nuevo.

De tal forma, a inicios de enero del 2001 la tasa de fondos federales se encontraba en 6%, pero fue cayendo hasta cerrar el año en 1,75%, y permaneció por debajo de esa cifra por casi 3 años. Aún cuando la economía ya estaba saliendo de la recesión del “punto com”, la Fed continúo con las tasas de interés bajas e incluso la recortó a 1% en junio del 2003, donde permaneció por todo un año

Con las tasas de interés más bajas de los últimos 50 años, la Fed envío una señal clara a los actores económicos: ‘No es momento para ahorrar. Gasten. Endéudense’[1].

Es como si, ante una pelea en una fiesta, el dueño de la casa decide subir la música y repartir más alcohol para que no se desanime el evento. El problema es que la lógica de la economía no funciona así, por más que nos empeñemos en ello.

Comienza la fiesta: dinero fluye

Como apuntamos antes, cuando las tasas bajan se envía una señal: hay ahorro. Lo malo es que, si el nivel de la tasa de interés no depende de ese requisito previo sino de la voluntad de un burócrata, lo que se envía es una señal falsa. Lógicamente, los empresarios y consumidores no pasan por este paripé teórico, por la misma razón que la mayoría de nosotros compra más unidades de un determinado producto por el simple hecho de que está a menor precio, y no conocemos si tal descenso se debe a las fuerzas de mercado o a una imposición reglamentaria que puede generar escasez en el futuro.

Así, los empresarios simplemente ven tasas de interés más bajas, que significan dinero prestado más barato, y por tanto se embarcan en proyectos a largo plazo que no hubiesen considerado tan ligeramente con tasas de interés más altas (recuérdese aquí que, en teoría, la abundancia de capital se debía al sacrificio en el presente). Por su parte, los consumidores hacemos lo mismo, y empezamos a consumir e invertir ese dinero que nos ofrecen los bancos—quienes ahora quieren generar volumen para compensar el descenso de ingresos que significan tasas más bajas de interés—en bienes y servicios que están por encima de nuestras actuales posibilidades. Y lo primero que todos queremos asegurar en nuestras vidas es una casa propia, por razones emotivas, sicológicas y económicas bastante evidentes. ¿Ahorrar?, ¿para qué ahorrar?, eso era algo que ya no se usa. Ahora con 25 años de edad puedo comprarme esa casa por la que nuestros padres hubieran tenido que ahorrar décadas, y sólo hace falta que vaya al banco y demuestre que tengo ingresos aquí y ahora para pagar las mensualidades de la hipoteca. ¡El ahorro es cosa de antes! Esta escena no sonará tan ajenas a quienes han vivido en países como EEUU, España o Irlanda durante los últimos 6 o 5 años.

Esto genera una espiral, un shot de placentera morfina se desplaza por el sistema sanguíneo de la economía; nos adormece, conforta y relaja. La feliz pareja recién casada compra el departamento de sus sueños, con dinero prestado fácilmente por el banco a treinta años. El constructor recibe este dinero contento, con el que luego paga a los proveedores, a los albañiles, a los arquitectos e ingenieros, etc. Incluso las administraciones públicas—y es especialmente a nivel municipal— reciben su parte, con los impuestos y tasas que generan la construcción de nuevos inmuebles y las transacciones comerciales que se generan. Por otra parte, el banco dio a la feliz pareja un dinero extra en el préstamo para que financien esa cocina italiana de sus sueños, y un viaje por Indonesia. Total, 20 mil euros extra no hacen mucha diferencia en las cuotas mensuales. Esto se multiplica ad infinitum y empieza el ciclo de prosperidad que a todos hace felices. Florecen nuevas tiendas de lámparas caras, supermercados por todas partes para abastecer a esas nuevas familias que tienen su casa nueva, agencias de viaje, estudios de arquitecturas que no dan abasto ante la demanda de servicios, nuevas empresas inmobiliarias, gasto en publicidad, abogados, asesores, etcétera, etcétera, etcétera. Y lógicamente el gobernante de turno sacará el pecho orgulloso por haber logrado un ritmo de auge económico nunca antes visto. Ni a su almohada le confesará que más bien no entiende de qué va todo esto.

En Europa, pasó algo muy parecido, como bien apunta Juan Ramón Rallo:

Por mucho que los socialistas de todos los partidos se empeñen en que la crisis actual se ha debido al turbocapitalismo desrregulado, la realidad es que la depresión ha sido provocada por un torrente de crédito artificialmente abaratado que los bancos centrales –monopolios estatales de la emisión de dinero– introdujeron a machamartillo en el mercado. En Europa padecimos lo nuestro con el Banco Central Europeo (BCE): el mismo Trichet que hoy amenaza con subir los tipos de interés no tuvo ningún remordimiento en colocarlos al 2% entre 2003 y 2006 para que la gente se sobreendeudara[2].

Los bancos también animan la noche.

Existen otros factores fundamentales, y relacionados también a la intervención del Estado en la economía. El más importante de ellos es del sistema de reserva fraccionaria, privilegio que sirve de base del funcionamiento de la mayoría de regímenes bancarios en el mundo. En pocas palabras, consiste en un privilegio otorgado a los bancos para crear dinero de la nada, mediante malabares contables que resultaran manifiestamente ilógicos si no fuese por el denso barniz de tecnicismo retórico que los cubre. Esa explicación, no obstante, desborda nuestro objetivo en este escrito (y probablemente nuestros conocimientos), así que nos limitamos a recomendar explicación de Jesús Huerta de Soto sobre el tema:

Los precios suben, todos bailan.

Y en medio de todo esto, empiezan a subir los precios más y más, por una simple aplicación de la básica ley de la oferta y demanda. La demanda de bienes de consumo (aquellos que compramos para consumir inmediatamente) y capital (aquellos que nos sirven para producir otros bienes y servicios) crece desproporcionadamente, fruto de la intervención del Estado por medio de la fijación de bajos tipos de interés. Más gente con más dinero en los bolsillos compitiendo por recursos relativamente escasos; esto lleva a que suban los precios: hay que ofrecer sueldos más altos para atraer trabajadores, honorarios más altos para los arquitectos y técnicos, precios más elevados por los materiales y maquinarias, etc. Y todos felices en el fondo, porque si bien los precios se elevan los ingresos de la mayoría suben casi en la misma proporción. Los políticos se apresuran a inaugurar obras y más obras, con este magma de dinero que entra en impuestos; y cuando estos ya no son suficientes también se unen a la espiral de endeudamiento, porque esta fiesta parece no terminar nunca y siempre se podrán pagar las deudas mientras dure.

La “justicia social” se une a la farra.

Y por si esto fuese poco, viene el Gobierno a con más champán para el festejo. Comienzan los subsidios a las hipotecas de aquellos pobres que no pueden sumar a la fiesta porque sus ingresos son tan bajos que ningún banco quiere darles préstamos. Todos tenemos derecho a una casa propia, al American dream, apuntaba henchido Bush mientras anunciaba su programa de incentivos fiscales y subsidios estatales para aquellas personas de bajos ingresos, y en especial para las minorías raciales: “A Home of your Own”, se llamaba el programa. Sumado esto a las entidades Freddie Mac y Fannie Mae que aseguraban prestamos hipoteca actuando bajo la garantía y el patrocinio del Gobierno. Hidalgo apunta:

Recordemos que el crédito “subprime” es el que se le entrega a gente con capacidad de pago comprometida. El financiamiento de este tipo de préstamos por parte de Fannie Mae y Fredie Mac tuvo un efecto importante: En el 2003 los créditos chatarra representaban el 8% de todas las hipotecas en EE.UU. Eso aumentó al 18% en el 2004 y al 22% en el tercer cuatrimestre del 2006. Cuando el mercado estaba en su punto más alto, el 40% de las hipotecas adquiridas por Fannie y Freddie era subprime[4].

Ya no sólo no hacía falta ahorrar, ya ni siquiera hacía falta ser solvente o tener un mínimo de credibilidad financiera. Si lo que quieres es una casa, you got it. Un nuevo mensaje tácito a los banqueros: ahora sí presten a mansalva, que si los deudores no responden, yo papá-Estado les pago la entrada y además respondo por ellos. Y con este humanitario gesto por parte del Gobierno americano la cuestión de las hipotecas basuras pasa de ser un problema excepcional a convertirse en una enfermedad crónica que se cuela rápidamente por todos los conductos financieros, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero. Los bancos hicieron abultado portafolios de títulos respaldados con hipotecas “a prueba de todo” y los vendieron como pan caliente en Wall Street.

El funcionamiento de este proceso de “infección” en el mercado financiero está muy bien explicado en el documental infográfico, “The Crisis of Credit”.

Cuando invertimos, buscamos por lo general aquello que nos de certeza en el futuro. En el mercado financiero, tan volátil y complejo, cualquier resquicio de certeza es aún más apreciado. ¿Cuál es entonces la reacción natural si te dicen que inviertas en instrumentos financieros respaldados con hipotecas, los cuales están garantizados con el aval de los Estados Unidos? Más aún, ¿qué reacción podemos esperar cuando vemos que todos lo están haciendo, y que todos se están forrando de dinero con ello? La respuesta es bastante predecible: una avalancha de inversionistas comprando y vendiendo estos títulos. Nadie comprende nada de ellos, pero eso no importa porque al final del día están respaldados nada más y nada menos que por el todopoderoso Gobierno americano.  Y así el jefe de la oficina de ese pueblo perdido en Castilla-La Mancha, en España, convence a ese par de ancianos de que pueden multiplicar en pocos años sus ahorros si invierten en “credi-defal-suas del “Citiban”, que están garantizados con la hipoteca de algún señor en Detrói.

Party is over

El problema es que la lógica económica siempre termina por colarse y aguar esas fiestas a las que no se siente invitada. Y lo hace siempre cuando los cortesanos de la justicia social, el colectivismo y el estatismo más animados se encuentran. Se puede demorar uno o varios años, incluso una década si tenemos suerte, pero siempre llega al final, pero mientras más tiempo le toma más trágico es el final, y más áspera la resaca.

Un día, algo falla, y nos damos cuenta que todo era mentira, que estabamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, que no eramos más productivos, ni más competitivos, sino que todo era un espejismo. Llamamos nuevamente a las puertas del Gobierno, porque no nos resignamos a que se acabe la fiesta. La empresas piden que las salven de nuevo, y usan de pretextos los miles de puestos de trabajos que dependen de ellas, directa o indirectamente. Los políticos no quieren perder elecciones, lo cual sucedería si le dijesen a sus electores la verdad: hay que apretarse los cinturones y dejar que este proceso nos devuelva a la realidad.

No. ¡Que siga la fiesta!

Revienta la burbuja y nos dimos cuenta que todo era mentira, que efectivamente el camino de la auténtica prosperidad no es tan corto ni tan fácil. Una simple verdad, casi clichetesca, pero contundente. No obstante, los ciclos electorales son cortos, y ningún votante quiere escuchar razones complicadas, ni saber que su nivel de vida era irreal, que era una mentira que sólo se puede enmendar comenzando de nuevo. No, eso no da votos. Lo que el pueblo quiere es que mantengamos la ilusión, que inyectemos dinero a mansalva, para mantener inflada esa burbuja que ellos no comprenden ni tienen ganas de comprender ahora. Pero ya no hay dinero de los impuestos, ahora los gobiernos se ven presionados y empiezan a gastar dinero que no tienen, dinero que problabemente tengan que pagar nuestros bisnietos. Parches, parches y más parches, nos elevamos para volver a caer con más fuerza, en algún momento.  Y no sólo eso, sino que vemos como otros países repiten el mismo error.

Conclusión

Esto no será lo que enseñen en colegios y universidades a nuestros hijos, por la misma razón que a nosotros nos dijeron que todas las catástrofes económicas del siglo XX se deben a las salvajes fuerzas del capitalismo global. Siempre acudirá el Estado a salvarnos, y siempre nos dejaremos, temerosos ante la incertidumbre. Porque hace falta un esfuerzo individual grande para enterarse de estos detalles de la historia. Nada más práctico que la buena teoría, y nada más improbable en  la práctica.


[1] Juan Carlos Hidalgo, “Crisis financiera mundial: ¿Réquiem del capitalismo o del intervencionismo?”, disponible web del Instituto Cato: http://www.elcato.org

[2] “España sí es Portugal”, publicado, en La Gaceta de los Negocios, el 29 marzo 2011

[4] Hidalgo, Ibid.

De Jouvenel: ¿por qué los intelectuales odian al capitalismo?

24 February, 2011 § 4 Comments

Bertrand de Jouvenel (1903-1987) es una figura intelectual compleja. Como muchos jóvenes intelectuales europeos durante la entreguerra, coqueteó con las dos corrientes enemigas del liberalismo: el socialismo y el fascismo. Pero la propia experiencia le sirvió para darse cuenta de su error inicial. Tuvo que exiliarse en Suiza luego de la ocupación alemana en Francia, y durante aquellos años pudo ver la derivas más dramáticas del absolutismo estatista.  Se convirtió luego, poco a poco, en uno de los escasísimos referentes de la tradición liberal francesa, que por entonces estaba en agonía. Tuvo siempre ideas muy particulares, algunas de las cuales fueron más afortunadas que otras en la crítica. Sus escritos, no obstante las diferencias que uno pueda tener con alguno de sus planteamientos, siempre resultan un despliegue de brillantez.

Una de las joyas del legado de Jouvenel es su conferencia, “Los intelectuales europeos y el capitalismo”, publicada en el libro El Capitalismo y los Historiadores. En ella medita sobre esa tendencia a odiar las instituciones de mercado que es tan común entre los “intelectuales occidentales”. Trascribimos los fragmentos que contienen la esencia de su planteamiento:

Los intelectuales occidentales, en grandísima mayoría, muestran y proclaman su hostilidad hacia las instituciones que denominan globalmente capitalismo. Cuando se les pregunta sobre los motivos, dan razones afectivas como el interés por el “trabajador”, la antipatía hacia el “capitalista”, y razones morales como la “crueldad y la injusticia del sistema”. Esta actitud revela una gran semejanza superficial con la actitud de la intelectualidad clerical de la Edad Media… El centro de atención de la actividad de la iglesia medieval lo constituían los desgraciados; ella era la protectora de los pobres y se ocupaba de todas las funciones que ahora han pasado al “Estado providencia”: alimentar a los indigentes, curar a los enfermos, educar al pueblo. Todos esos servicios eran gratuitos, sostenidos por la riqueza que la iglesia sacaba de las tasas eclesiásticas y de las cuantiosas donaciones, enérgicamente solicitadas. La iglesia no sólo ponía siempre la condición de los pobres ante los ojos de los ricos, sino que reprendía continuamente a éstos, actitud que no debe considerarse como un mero intento de ablandar el corazón de los ricos por su bien moral y en el beneficio material de los pobres. No sólo exhortaba a los ricos a que dieran, sino a que se abstuvieran de perseguir la riqueza…Es claro que una fe que ponía a los hombres en guardia contra los bienes terrenos (“No améis al mundo ni de lo que hay en el mundo”, 1ra. Carta de San Juan, 2, 15) no podía menos de considerar a los más entusiastas y afortunados buscadores de tales bienes como una vanguardia que arrastraba a sus propios seguidores a la destrucción espiritual. Los modernos, por otra parte, tienen una visión mucho más positiva de los bienes de este mundo: el aumento de la riqueza les parece una cosa excelente, y la misma lógica les debería llevar a considerar a aquellos mismos hombres como una vanguardia que conduce a quienes la siguen a aumentar las riquezas materiales…

Me complace observar que los intelectuales modernos consideran favorablemente la acumulación de riqueza por parte de organismos que llevan el sello del Estado (empresas nacionalizadas), que no dejan de tener cierta semejanza con las empresas monásticas. Sin embargo, no reconocen el mismo fenómeno cuando falta el sello estatal…

La hostilidad del intelectual hacia el hombre de negocios no ofrece ningún misterio, ya que ambos tienen, por su función, dos criterios distintos de valor, de suerte que la conducta normal del hombre de negocios aparece desdeñable si se juzga con el metro válido para la conducta del intelectual. Este juicio podría evitarse en una sociedad dividida, abiertamente fraccionada en clases con funciones diferentes y con distintos códigos de honor. Pero no ocurre así en nuestra sociedad, cuyas ideas corrientes y cuya ley postulan que se forme un campo unitario y homogéneo. En este campo el hombre de negocios y el intelectual se mueven uno junto al otro. El hombre de negocios ofrece al público “bienes”, definidos como “todo lo que el público desea comprar”; el intelectual trata de enseñar lo que está “bien”, y para él algunos de los bienes que se ofrecen son cosas de ningún valor y el público debería ser disuadidos de dejarlas. El mundo de los negocios es para el intelectual un mundo de valores falsos, de motivos bajos, de recompensas mal dirigidas. Una fácil vía de acceso a lo íntimo de la mentalidad del intelectual es su preferencia por los déficits. Se ha observado que tiene simpatía por las instituciones deficitarias, por las industrias nacionalizadas financiadas por la Hacienda pública, por los centros universitarios que dependen de subsidios y donaciones, por los periódicos incapaces de autofinanciarse. ¿Por qué? Porque sabe por personal experiencia que siempre obra como piensa que debe obrar, no hay coincidencia entre su esfuerzo y la forma cómo este es acogido: para expresarnos en lenguaje económico, el valor de mercado de la producción de los intelectuales es con mucho inferior al de los factores empleados. Ello se debe a que en el reino del intelecto una cosa verdaderamente buena es una cosa que solo unos pocos pueden reconocer como tal. Puesto que la misión del intelectual es hacer comprender a la gente que son verdaderas y buenas ciertas cosas que antes no reconocía como tales, encuentra una grandísima resistencia en la venta de su propio producto y trabaja con pérdidas. Cuando su éxito es fácil e inmediato, sabe que casi ciertamente no ha cumplido bien su función. Razonando sobre la base de su propia experiencia, el intelectual sospecha que todo lo que deja un margen de beneficio se ha hecho no por convicción y devoción hacia el objeto, sino porque se ha podido encontrar un número de personas deseosas del mismo, suficiente para hacer rentable la empresa. Podéis discutir y convencerle al intelectual de que la mayor parte de las cosas se hacen de este modo, pero él seguirá pensando que este modo de obrar es algo que no leva. Su filosofía de los beneficios y de las pérdidas puede resumirse de la siguiente manera: para él, una pérdida es el resultado natural de la devoción a algo que debe hacerse, mientras que el beneficio es el resultado natural del sometimiento a las opiniones de la gente.

La fundamental diferencia de actitud entre el hombre de negocios y el intelectual puede puntualizarse recurriendo a una fórmula trillada. El hombre de negocios debe decir: “El cliente siempre tiene la razón”. El intelectual no puede aceptar este modo de pensar. La misma máxima: “Dad al público lo que quiere”, que nos da un óptimo hombre de negocios, nos da un pésimo escritor. El hombre de negocios obra dentro de un sistema de gustos y de juicios de valor que el intelectual debe intentar siempre cambiar. La actividad suprema del intelectual es la del misiones que ofrece el Evangelio a naciones paganas; ofrecerles bebidas alcohólicas es una actividad menos peligrosa y más rentable. Existe cierto contraste entre ofrecer a los consumidores lo que deberían tener, pero no quieren, y ofrecerles lo que aceptan ávidamente, pero que no deberían tener. El comerciante que no se dirija hacia el producto más vendible es tachado de estúpido, pero el misionero que dirigiera hacia él sería tachado de bribón.

Puesto que nosotros, los intelectuales, tenemos como misión enseñar la verdad, tendemos a adoptar frente al hombre de negocios la misma actitud de superioridad moral que el Fariseo respecto al Publicano, condenada por Jesús. Debería servirnos de lección el hecho de que el pobre que yacía al borde del camino fue ayudado por un comerciante (el samaritano) y no por el intelectual (el levita). ¿Tenemos acaso el valor de afirmar que la inmensa mejora que ha tenido lugar en la condición de la masa de los trabajadores ha sido eminentemente obra de los hombres de negocios?

Puede alegrarnos el hecho de que nosotros servimos a las necesidades más elevadas de la humanidad, pero debemos sinceramente tener miedo de esta responsabilidad. De los “bienes” que se ofrecen por lucro, ¿cuántos podemos definir resueltamente como perjudiciales? ¿No son acaso mucho más numerosas las ideas perjudiciales que nosotros exponemos? ¿No existen acaso ideas perjudiciales para el funcionamiento de los mecanismos y de las instituciones que aseguran el progreso y la felicidad de la comunidad? Nuestra responsabilidad se ha acrecentado debido a que la difusión de ideas que pueden ser perjudiciales no puede ni debería impedirse mediante el empleo de la autoridad temporal, mientras que la venta de objetos perjudiciales sí puede ser impedida de esta manera.

Es casi un misterio—y un campo de investigación prometedor para historiadores y sicólogos—que la comunidad intelectual se hiciera más severa en sus juicios sobre el mundo de los negocios, precisamente cuando éste mejoraba de manera extraordinaria las condiciones de las masas, mejorando su propia ética de trabajo y aumentando su propias conciencia cívica. Juzgado por sus resultados sociales, por sus costumbres, por su espíritu, el capitalismo actual es inconmensurablemente más meritorio que el de épocas anteriores, cuando se le denunciaba en términos mucho menos duros. Si el cambio de actitud de los intelectuales no puede explicarse por el empeoramiento de la situación se debe valorar, ¿no podría entonces explicarse por un cambio de los propósitos intelectuales?

Este problema abre un vasto campo de investigación. Durante mucho tiempo se ha pensado que el gran problema del siglo XIX era el lugar que el trabajador industrial ocupaba en la sociedad, y se ha prestado poca atención a la aparición de una amplia clase intelectual cuyo puesto en la sociedad puede ser el problema más importante. Los intelectuales han sido los principales artífices de la destrucción de la antigua estructura de la sociedad occidental, que prevé tres distintos tipos de instituciones para los intelectuales, los guerreros y los productores. Ellos se han esforzado para hacer el campo social homogéneo y uniforme; sobre él soplan con mayor libertad los vientos de los deseos subjetivos; las apreciaciones subjetivas son el criterio de todos sus esfuerzos. Es natural que esta constitución de la sociedad conceda un premio a los “bienes” más deseados y ponga en primer plano a quienes constituyen la vanguardia en la producción de los mismos. Y así, los intelectuales han perdido, frente a esta clase “dirigente”, la primacía de la que gozaba cuando constituían el “primer estado”. Su actitud actual puede explicarse en cierta medida por un complejo de inferioridad que han adquirido. La condición de los intelectuales en su conjunto no sólo ha descendido a un status menos considerado, sino que, además, el reconocimiento individual tiende a estar determinado por criterios de apreciación subjetiva del público, que los intelectuales rechazan por principio: de aquí la tendencia contrapuesta a exaltar a aquellos intelectuales que son tales sólo para los intelectuales.

Socialismo en Ecuador: el padre irresponsable

9 February, 2011 § 2 Comments

Por Aparicio Caicedo C., editor de Tartufocracia.com.

En Ecuador, el Gobierno está actuando como un padre querendón, pero irresponsable, fantoche. Como ese padre que se gana a su familia (o sus votos) con regalos que después no puede pagar. La prole celebra mientras dura la fiesta, mientras la ilusión de prosperidad permanece. Las empresas locales celebran las medidas proteccionistas que los hacen más prósperos, los contratos del Estado que se ganan, mientras más gente encuentra trabajos en lo público y se siguen financiando consumo con deuda fácil. Etc. El problema vendrá cuando nos demos cuenta que todo se trata de una farsa, cuando llegue el chuchaqui económico.

La economía ecuatoriana está viviendo una ilusión, una burbuja inflada con gasto público. No se trata del resultado de una mayor competitividad alcanzado con esfuerzo y ahorro, no es que esté atrayendo más inversión extranjera, ni que las exportaciones se hayan diversificado. Se trata, por el contrario, de deuda y más deuda. El Gobierno ha elevado el peso del sector público no financiero hasta el 40 por ciento del PIB, repartiendo un festín de sueldos, subsidios, y gasto. Más gente con más dinero para gastar, felices mientras la fiesta siga.

¿Tienes un problema?, ¿que Estados Unidos nos cierra el grifo arancelario?, pues no te preocupes: aquí tienes parches momentáneos para solventar tus  ”problemas de liquidez“. ¿Que no hay dinero para construir casa?, pues que el Estado empiece a dar préstamos a mansalva, con dinero que no tiene, sin importar si creamos una burbuja inmobiliaria interna. Lo importante es el efecto inmediato, porque en el largo plazo, como decía Keynes, todos estaremos muertos (o por lo menos fuera del Gobierno; ¡que le reclamen al siguiente!). Todo plan– A, B, o C–se soluciona por la vía fácil.

¿Y de dónde sale este dinero? En primer lugar, hay que tener claro que no se trata de nueva riqueza creada por el Gobierno, sino de una redistribución de recursos arrebatados a los empresarios mediante el cobro de impuestos. No es que Ecuador sea más rico, que estemos produciendo más y mejor. El nivel de gasto es tan grotesco que ni los ingresos petroleros alcanzan para cubrirlo. El dinero sale además de deudas contraídas con el democratísimo Gobierno chino, o del dinero de los afiliados al IESS ($2200 millones, y sigue contando), del BID, de la CAF; 100 millones por aquí, 250 por allá (son millones de dólares que serán pagados con la riqueza que no se ha creado todavía). Total, cualquier cachuelo, de aquí o de allá, vale. El numerito sigue. En 2010, el presupuesto Estado ecuatoriano llegó al 42,2% del PIB.

Como esos padres irresponsables que le compran de todo a sus hijos con dinero prestado, así tiene el Gobierno de Rafael Correa a sus súbditos ciudadanos. Los que menos tienen, cobran un bono solidario. Los que tienen la suerte de encontrar un trabajo en el Estado, reciben un generoso sueldo. Los constratistas del Gobierno, se llenan los bolsillos con cada novelería del régimen, que por lo general implica salir de compras a lo grande (y lo hacen legalmente, ojo). Se están construyendo más hospitales, portales de Internet de tecnología punta, y la Ruta del Sol está mejor que nunca. Pero, recuerden siempre, que mientras la música suena y el alcohol rueda, nadie hace demasiadas preguntas, la gente sólo se divierte (pregunten en España si alguien ponía un pero cuando la burbuja estaba a rebosar). La bola de endeudamiento crece y crece, y la hoja de la guillotina se hace más pesada.

Mientras esa herencia interminable llamada petróleo siga animando la irresponsabilidad fiscal, se llegará al próximo año, y se seguiran comprando votos con dinero ajeno invertido en elefantes blancos (TV y radio pública, por citar uno de muchos ejemplos). La mentira puede seguir poco tiempo, o mucho, dependiendo de los golpes de suerte del destino. Pero el sector privado seguirá en la incertidumbre, sin subir en dinamismo, en productividad, algunos pocos contentos con contratos públicos o disfrutando de aranceles proteccionistas.

La historía leída a medias.

Nos llenan de leyendas sobre un aterrador pasado “neoliberal”. Mentiras y más mentiras, mitos. El Estado es lo que ha entorpecido el desarrollo económico del Ecuador. Llevamos décadas con un código laboral de orientación marxista, de experimentos arancelarios que se han probado nocivos una y otra vez, de bonos de ayuda a la pobreza y despilfarro fiscal en obra pública, de empresas estatales ineficaces. Ni los propios agoreros del supuesto infierno “neoliberal” lo niegan, sea porque no saben muy bien de lo que hablan, o sea por verdadero cinismo.

En primer lugar, ningún país ha salido sólidamente del subdesarrollo sin abrirse al capital, sin relajar lo más posible sus restricciones a la empresa privada. Tenemos por principal ejemplo a los países nórdicos, que encabezan todos las listas de apertura al capital y cobijo a las iniciativa privada. Dinamarca, por ejemplo, ha flexibilizado su legislación laboral más que cualquier otro país europeo, dando más dinamismo a su economía, junto con una rigurosa disciplina fiscal. Alemania hoy es un oasis de prosperidad y creación de empleo, gracias también a que rompieron los esquemas socialistas de la rigidez laboral. España transitó el camino contrario, y hoy tienes los mayores índices de desempleo del universo industrial. Los propios sindicalistas germanos (no precisamente un nicho intelectual de liberalismo económico) recomiendan a sus pares españoles que sigan el ejemplo de su país, y que no aten el incremento de sus salarios a la inflación, sino al incremento de la productividad empresarial.  ¿Qué ejemplo sigue Ecuador? El que se ha probado caduco, el que ha sumido a España en la pesadilla que vive, el de la demogagia retórica de un  salario supuestamente “digno“.

Por su parte, el otro cliché preferido de la mitología socialista, Suecia, se encuentra en un proceso de reducción de su aparato de bienestar yprivatización de empresas estatales, incluyendo al sacrosanto sector educativo. Estocolmo da el dinero a los padres para que estos elijan en donde matricular a sus hijos, sea en centros públicos y privados con ánimo de lucro. Todos estos son ejemplos de países que han sorteado la actual crisis con mucho más éxito que el resto de Europa, todos ellos han establecido una rigurosa disciplina de gasto fiscal. Tienen algo muy claro: para distribuir riqueza, hay primero que crearla. Son paternalistas, sin duda, pero al menos actúan como padres responsables,  no como el Gobierno del Ecuador.

Y lo peor es que tenemos muchos ejemplos, muy próximos. Uruguay, gobernada por la coalición de movimientos de izquierda, Frente Amplio, y específicamente por un ex-tupamaro, tiene la legislación más liberal de toda Latinoamérica en materia empresarial, y encabeza junto a Chile el ranking  de libertad económica en la región. Por empezar, exime del impuesto a la renta aquellos ingresos provenientes de fuente extranjera. Es decir, si tributas en Uruguay, y vendes bienes o servicios a otro país, no pagas impuesto a la renta por lo que ganes en ello. Además, en pleno Montevideo proliferan zonas francas en las que miles de empresas producen en un régimen tributario especial. Su agenda socialista no ha sido mermada por sus ansias librecambistas ni un ápice, pero tienen claro que lo más importante es mimar a la empresa privada, el origen de la riqueza y de los propios recursos del Estado.

Ecuador no ha cambiado en décadas, sigue por la misma senda de estatismo botarate que lo ha condenado al subdesarrollo, financiado con petróleo. Ahora se emplean argumentos más esotéricos, eso es lo único diferente.

Sobredosis: la recesión que el Estado creó

26 January, 2011 § 3 Comments

Recomendamos el documental Overdose – The Next Financial Crisis, producido por el sueco, Henrik Devell, y dirigido por Johan Norberg y Martin Borgs. Da una clara explicación de las causas de la debacle económica,  consecuencia de una década de intervención del Gobierno americano por medio de políticas monetarias irresponsables, patrocinadas por la Reserva Federal. Desdice por completo aquellas leyendas que culpan al liberalismo económico de la tormenta que estamos sufriendo.

Pero lo más interesante de este documental es la escabrosa predicción que hace: lo peor no ha pasado, porque los gobiernos se han encargado de reinflar la burbuja mediante los gigantescos planes de ayuda económica, y esta explotará nuevamente. Nótese que los expertos y economistas que aparecen en la película fueron los únicos que supieron prever la actual crisis años antes de que comience, a contracorriente.

Marx, Cerveza y Empleo en Ecuador

18 January, 2011 § 1 Comment

Por Liberario EC

Era un 12 de diciembre de 2010, en plena final de fútbol ecuatoriano. Liga Deportiva Universitaria acababa de proclamarse campeón del fútbol ecuatoriano. Solo faltaba cerveza para festejar. Lastimosamente, algunos hinchas no encontraron con qué satisfacer su sed, las tiendas estaban desabastecidas de la popular Pilsener. Una jueza decidió que la mayor cervecería ecuatoriana cierre sus operaciones por varios días  hasta que cancele cerca de 90 millones de dólares en utilidades que debía a casi1000 ex-empleados.

La sentencia, por un lado, reafirmó la mentalidad anti-empresa imperante en el país, y, por otro, puso en evidencia el mito popular del supuesto “neoliberalismo” imperante en décadas pasadas.

La medida en cuestión beneficia con la repartición del 15% de las utilidades generadas cada año por la empresa a sus empleados.

La norma que establece el “reparto de utilidades” es muy beneficiosa para las finanzas familiares de los empleados que reciben su porcentaje.

La vocación  marxista de dicha norma es clara: se debe devolver al empleado la “plusvalía” que el empresario le extrae al contratarlo.

Si fuésemos coherentes, la repartición de utilidades a los empleados se la debería considerar como parte del impuesto a la renta que pagan las empresas, porque significa de un pago impuesto por el Estado en atención a su nivel de renta. Lo único que cambia es el  destinatario: en vez del fisco, el  dinero pasa a manos del trabajador. Por tanto, en el caso especifico del Ecuador, deberíamos hablar entonces de un impuesto a la renta del 40%, y no de uno del 25%.

En este punto podemos analizar brevemente cómo las intervenciones estatales en el mercado laboral perjudican a la larga a los que quieren beneficiar: los empleados.

¿Por qué un mayor impuesto a la renta deriva en menores salarios?

Los salarios aumentan a medida que crece la tasa de capitalización (inversiones en bienes de capital), esto quiere decir que mientras más y mejores herramientas posea una empresa para su producción ésta podrá pagar mejores salarios debido a que cada empleado producirá más en menor tiempo. Por eso es que un trabajador automotriz  en EEUU gana muchísimo más que uno en Ecuador, porque seguramente su fábrica estará casi por completo robotizada.

La tasa de capitalización se incrementa invirtiendo las utilidades generadas con anterioridad. Y al reducir el monto de estas simplemente se está condenando a los empleados a tener un menor nivel de productividad y por ende a un salario menor. Si en verdad se quisiera aumentar y mejorar el empleo, entonces se debería dar todas las facilidades a los capitalistas para retener sus ganancias que posteriormente serán invertidas, antes que imponer trabas e imposiciones que solo pueden generar desempleo y bajos salarios.

Wladimir Kraus en su artículo, ¿Quién explota a quién?, lo describe de la siguiente manera:

El gasto productivo de los empresarios y capitalistas en la forma de pago de salarios y compras de bienes de capital no sólo crea una clase distinta de asalariados, sino también al mismo tiempo generan las condiciones necesarias para una mayor productividad física de un determinado número de personas dispuestos a trabajar por salarios, elevando los salarios reales.

Las instituciones del capitalismo como el sistema económico monetario y el sistema de propiedad privada permiten a aquellos individuos en una sociedad humana que son más inteligentes, productivos y prudentes que otros aplicar su propio trabajo y el de otros para la tarea de la producción por lo tanto mejorar sus propias vidas y también, y en una medida enormemente mayor, la vida de otras personas que son menos capaces.

Me gustaría concluir con una pregunta: ¿quién de hecho “explota” a quien? Los empresarios y los capitalistas explotan a los trabajadores, o los trabajadores viven básicamente de la inteligencia, la productividad, y la prudencia de los empresarios y los capitalistas?

¿Por qué las “conquistas sociales” generan desempleo?

El código laboral marxista vigente en Ecuador define claramente al empresario como enemigo del empleado y por esa razón este último debe ser protegido por el Estado. El trabajo es un derecho y se enumera varias conquistas sociales que evitan la explotación laboral, entre ellas el seguro social obligatorio, las indemnizaciones por despido, sobresueldos y prohibiciones de despido bajo circunstancias especificas.

Pongamos en claro que al trabajador se le tenderá a pagar su aporte al proceso productivo. Ergo, mientras más importante sea su aporte mayor será su paga. Es lo que se conoce en economía como la “productividad marginal”. Todas las famosas “conquistas sociales” salen de la propia producción de cada empleado, al momento que estas sobrepasen lo que el trabajador aporta a la empresa este será despedido o la diferencia tomada de la producción de otros trabajadores reduciendo así los salarios de todos.

Una de las supuestas conquistas sociales más populares es el salario mínimo, este por desconocimiento o demagogia de los políticos que lo manejan no considera la productividad marginal de cada empleado. Al elevarlo coactivamente expulsa del mercado laboral a todos aquellos cuya productividad marginal es menor al salario mínimo. Los grupos más afectados en este caso son los pobres sin conocimientos técnicos y los jóvenes recién integrados al mercado laboral.

En muchas partes, pero especialmente en el tercer mundo, se ataca al empresario como el enemigo de los empleados gracias al desconocimiento del  importante rol del empresario. Este absorbe la incertidumbre, luego pacta voluntariamente el salario con sus trabajadores (el cual como ya indiqué depende de su aporte a la producción), les paga mes a mes (muchas veces a cargo de sus ahorros previos) incluso cuando el proceso productivo aún no sea rentable o no este finalizado.

Nuevamente cito a Kraus:

Los trabajadores requieren de los capitalistas porque no pueden o no quieren esperar hasta la maduración de la totalidad del valor del producto de su trabajo en bienes de consumo. Desde esta perspectiva, la función básica de un capitalista parece ser simplemente la de un buen vendedor que comercia bienes de consumo presentes terminados a cambio de mercancías sin terminar en el futuro “. , los trabajadores sólo tienen un valor descontado, que sigue siendo supuestamente igual al valor de su producto marginal, de lo que eventualmente se convertirá en bienes presentes en valor total del mercado y los capitalistas obtendrán la diferencia de ingresos de intereses. Podemos decir, usando una expresión popular entre los economistas, que los capitalistas realizan una función de “espera” .

Analizando detenidamente se puede apreciar que los empleados son los que más necesitan de empresarios y no al revés. El marxismo sindical por años ha invertido esta verdad para beneficio de unos cuantos líderes sindicales y en detrimento de la gran mayoría de empleados.  No sorprende que casi 6 de cada 10 ecuatorianos carezca de un empleo formal, gracias a un código laboral que impide la creación de puestos de trabajo con sus innumerables “conquistas sociales”.

Vídeo: capitalismo global nos hizo más sanos y prósperos

5 December, 2010 § 2 Comments

La revolución industrial y la globalización capitalista han creado un mundo más sano y más próspero. La libertad de emprender ha hecho de éste un mundo mejor, más que cualquier otra entelequia estatista (mercantilismo, nacionalismo, imperialismo, socialismo, etc).

Nunca he visto una fórmula más didáctica para explicarlo que la empleada por Hans Rosling en este vídeo:

Nótese cómo, particularmente desde la segunda mitad del siglo XIX, suben drásticamentes los estándares sanitarios de aquellos países que se sumaron al auge del del capitalismo industrial. Las interrupciones más considerables se dieron durante las dos guerras mundiales.

Un ejemplo patético: China y la India, los dos gigante rezagados durante la mayor parte del siglo XX, han entrado en el círculo de prosperidad y salud en la medida que han abierto sus economías, en la medida que han abandonado el absolutismo colectivista (al Gobierno chino, eso sí, le falta demasiado por recorrer en materia de libertad individual).

La libertad no sólo es un valor ético, sino que además funciona. Hay que atreverse a ser libres.


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