Sobre la ridícula persecusión a El Universo
29 January, 2012 § 1 Comment
Por Aparicio Caicedo C.
Estaba leyendo un artículo de Glenn Greewald, en la revista americana Salon, y de repente me saltó un párrafo lapidario en el que tacha a Obama hasta de asesino de niños. El artículo me recordó el absoluto y surrealista absurdo que están viviendo Emilio Palacio y los dueños de El Universo en Ecuador, donde un presidente está movilizando todo el poder estatal disponible para difamarlos, sentenciarlos a una millonaria indemnización, y encima enviarlos a la cárcel. Todo por un artículo que en Estados Unidos no llegaría ni a categoría de “polémico”.
Lean esta parte del texto de Greenwald en Salon:
El presidente Obama mantiene atroces opiniones es un montón de cuestiones críticas y ha hecho él mismo algunas cosas atroces con el poder que le ha sido conferido. Ha masacrado civiles–niños musulmanes por docenas–no solo una o dos veces, sino de manera contínua en numerosas naciones con aviones no tripulados, bombas de racimo y otras formas de ataque… Él ha institucionalizado los poderes del Presidente–en secreto y sin control–para señalar civiles americanos para ser asesinados pro la CIA, lejos de cualquier campo de batalla…
Nótese que Greenwald acusa, con nombres y apellidos, al presidente Obama de nada menos que matar niños y ordenar el asesinatos de civiles americanos fuera del campo de combate.
Ahora lean la parte “polémica” del artículo “No más mentiras”, de Emilio Palacio, y verán que la acusación supuesta es una nimiedad, comparada con la del escrito de Salon:
El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente.
Cualquier americano promedio se reiría ante la sola posibilidad de que Obama considere demandar a Greenwald o, peor aún, a los directores de Salon, pidiendo una indemnización millonaria y años de cárcel. Se reirían ante algún baboso que diga: sí, quizá las persecusión judicial haya ido muy lejos, pero era un límite necesario ante los “abusos” a la prensa, y la revista debería bajar la guardia y pedir perdón o rectificar.
Los dueños de El Universo, o Emilio Palacio, no tienen obligación ni moral ni jurídica de pedir perdón o rectificar nada. Absolutamente. Es el Presidente del Ecuador el que debe ofrecer disculpas públicas por haber montado este circo inquisitorial con la plata de los demás. Punto.
La Encyclopédie: obra de la libertad y el ánimo de lucro.
12 June, 2011 § 2 Comments
Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com Follow @apariciocc
Los Socialistas del siglo XXI, siguiendo una centenaria tradición antiliberal, se desgarran las vestiduras contra los medios privados de prensa. El presidente del Ecuador, Rafael Correa, es uno de los exponentes más activos de esta cruzada contra la libertad de opinar. Repite una frase que en su mente sonará lapidaria: la libertad de prensa ha sido históricamente la libertad del dueño del medio de prensa. Y con ello pretende justificar sus proyectos de censura (perdón, de regulación) mediática.
Lo paradójico del caso es que tiene toda la razón. La propiedad privada de los medios de prensa ha sido su mayor garantía de independencia frente al poder. Y sí, lo que se defiende–lo que yo defiendo al menos–es eso: su libertad de hacer lo que quieran con su propiedad privada (imprenta, canal de televisión, estación de radio, etc.). Eso es todo lo que se necesita, y todo a lo que podemos aspirar. El uso que cada uno haga de esa libertad es otra cosa.
Tenemos ejemplos históricos de sobra. La propia Encyclopédie, potenciador intelectual de la Ilustración, no hubiese sido posible si no gracias a la propiedad privada del medio de prensa empleado y el satánico ánimo de lucro de sus dueños.
La historia la cuenta con detalle el francés Philipp Blom, en su Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales (Anagrama, 2004). La Encyclopédie fue una obra iniciada por un grupo de intelectuales fraceses, en 1750, que se convirtió el éxito editorial de su época, responsable parcial de la explosión de las ideas liberales por toda Europa y el mundo, que contó con la contribución de las lumbreras académicas del siglo. Denis Diderot, su editor y fundamental artífice, se enfrentó a la ruina económica, a la devastación familiar, a la censura e incluso a la cárcel para poder sacarla adelante. Fue una empresa en la que el ánimo de trascendencia intelectual y de lucro económico se conjugaron con absoluto éxito, como lo describe Blom:
“A la hora de la verdad, la Encyclopédie sería más cara, y mucho más lucrativa, de lo que habían pensado los libreros. En su momento culminante, daba empleo a un millar de impresores, grabadores, dibujantes, encuadernadores y otros. Lo que significa que casi uno de cada cien parisinos se beneficiaba económicamente de la empresa, directa o indirectamente… El director de publicaciones tenía que haberse dado cuenta que la Encyclopédie no sólo tenía ramificaciones ideológicas para la Iglesia y para el Estado, sino también otras económicas muy importantes para el comercio del libro francés…” (p. 93)
Y, desde luego, los tartufócratas de turno también hicieron lo posible por silenciar a Diderot y sus socios, por ser enemigos de los intereses del “público”, del “Estado”, del “bien común”, y la doctrina religiosa del momento (hoy sería el Buen vivir). Lo bueno es que la mirada torpe de los censores de la fe y las buenas costumbres (hoy les dicen órganos de regulación) era fácilmente burlada con ironías y sarcasmos encubiertos.
Como en materia política y religiosa los autores no podían defender tan frontalmente la libertad, por miedo a la censura, en economía se explayaron. En una entrada, encargada al conocido economista Étienne-François Turgot, existen frases que por su simpleza y realismo siguen siendo un diagnóstico exacto del presente: “mientras que el curso natural del comercio es suficiente para la creación de mercados, nos vemos enfrentados al desafortunado principio de… la manía de controlar y regularlo todo y nunca servir a los verdaderos intereses del pueblo”. Esta, como tantas otras, es una verdad que seguimos sin digerir.
En cualquier caso, Correa tiene razón, aunque derive de ello conclusiones erróneas. La propiedad privada de los medios de prensa es la esencia de la libertad de prensa. Sin la propiedad de los medios de producción (intelectual, artística, periodística, industrial, etc,.), no existiría esa frontera de autonomía personal que nos permite ser libres ante el poder estatal. Porque el respeto a la propiedad privada es eso: respeto para escoger nuestros propios fines, que inexorablemente requiere del control de los medios obtenidos para satisfacer dichos fines. Por ello, cuando defendemos la “independencia” de la prensa no se pretende otra cosa que la aludida: control independiente ejercido por los propietarios de los medios de prensa, por contraposición al control ajeno, estatal. No se alude al uso que hagamos de dicha “independencia”, si este es ético, o estético, si es bueno o malo. Libertad de elegir, eso es todo, y ello incluye la libertad de ser grandes periodistas, o mediocres; de ser amarillistas, facciosos, serios o imparciales. La propia obra de Diderot no estaba exenta de terribles prejuicios y graves falacias.
Si no, imaginemos qué hubiese pasado si los emprendedores de la Encyclopédie no hubiesen sido dueños de la imprenta, si el ánimo de lucro de sus inversores no hubiese facilitado los medios económicos necesarios, si hubiesen sucumbido a la pesada persecución del Estado, justificada en el bien común. Imaginemos que la autoridad de turno hubiese dicho, en defensa de la persecución montada: defendamos a aquellos que no pueden pagar la suscripción, que no pueden acceder a otras fuentes alternativas de información, que son proclives a la manipulación de sus autores. Imaginemos también al censor hablando de “dimensión social de la libertad de expresión” y otras babosadas, mientras justificaban una Ley de comunicación enciclopédica. Imaginemos que, en vez de inversores privados, el Gobierno francés hubiese utilizado dinero ajeno arrebatado de forma coactiva a sus súbditos para emprender su Corporación Enciclopédica Nacional.
PD. Imagino a un genio, en arrebato de felina agudeza, argumentando: pero las frecuencias electromagnéticas son de propiedad del Estado, y solo concesionadas a las estaciones de TV y radio; ergo, no pueden hacer lo que les da la gana. Respuesta simple: ese es un problema que deberíamos eliminar, privatizando el espectro electromagnético, posibilidad que nunca se ha ensayado. De hecho, ese es uno de los mecanismos más comunes que los políticos en el poder tienen para presionar a los medios, cuando se acerca la época de renovación de licencias, y es la forma que tienen también de contentar a sus aliados mediáticos.
Follow @tartufocraciaEntre “desear” e “imponer”: respuesta a Ricardo Tello
9 April, 2011 § Leave a Comment
Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com
Hace pocos días, el columnista del El Universo, Ricardo Tello Carrión, en su artículo “Por qué SÍ, por que NO“, daba sus razones para votar “sí” a la tercera pregunta de la Consulta Popular planteada por el Gobierno del Ecuador, por la que se limitaría radicalmente la libertad económica de directivos, accionistas y dueños de empresas privadas de comunicación y financieras. Tello basa sus argumentos, según el mismo dice, en las tesis del libro Gestión de empresas periodísticas, editado por el SIP, y escrito por Carlos Jornet. El problema es que dicho autor no está de acuerdo con él.
Señaló en su columna de El Universo, citando repetidamente a Jornet:
Entendiendo la función social que tienen los medios, es “digerible” la intención de que no existan conflictos de interés en el interior de las empresas periodísticas, como es deseable también que no haya tales conflictos dentro de los medios públicos.
Al contrario de lo que argumentan quienes impulsan el NO a la pregunta 3, la periodística no es una empresa como cualquier otra. Tiene sus particularidades: a más de los objetivos comerciales, lícitos, “exhiben un carácter ideológico y de formación de opinión pública”. A nadie interesaría el carácter ideológico del propietario de una empresa de zapatos –perdón si el ejemplo es prosaico– pero el de una empresa periodística sí, por razones y conclusiones que no las voy a nombrar por evidentes.
Además, los trabajadores de los medios de comunicación establecen una especial relación con el poder: “conviven con él, se mimetizan y muchas veces se dejan atrapar por sus redes”, dice Jornet.
Las empresas periodísticas están expuestas al “riesgo cotidiano de errores con consecuencias para terceros”, lo que eleva el nivel de estrés de los empleados e implican un riesgo profesional específico.
Pero Jornet, director del diario argentino La Voz del Interior, y autor del libro citado, no está de acuerdo con las conclusiones a las que llega Tello. Se lo he preguntado. Esto es lo que respondió:
En mi trabajo aludo, sí, a que los medios de difusión tienen objetivos comerciales y un carácter ideológico o de opinión y señalo que el periodismo tiene un alto poder de formación de la opinión pública, de liderazgo social. Por ello, hablo de la doble responsabilidad que las empresas de comunicación deben practicar ante la sociedad, una suerte de responsabilidad social empresaria agravada.
Más adelante, señalo que la enorme influencia que los medios tienen sobre la sociedad, en especial a partir de la formación de grandes conglomerados multimedia, genera también reacciones negativas, crecientes exigencias de transparencia en su accionar y desarrollo de mecanismos de autocontrol o de control social que acoten ese impacto. Pero a renglón seguido subrayo que ello debe lograrse sin limitar las libertades de prensa y de expresión.
Y más adelante, en la página 72 del libro, hago notar que en la mayoría de los países existen restricciones para legislar normas de regulación de la prensa, tras lo cual apunto: Es que abrir la posibilidad de limitar la libertad de prensa suele ser el primer paso para instaurar regímenes autoritarios.
Es decir, tanto en el libro aludido como en otros escritos y en toda mi actividad profesional he defendido con igual énfasis la necesidad de un manejo responsable de los medios como la de preservar su independencia ante los poderes políticos, para no dar lugar a restricciones que, bajo el presunto propósito de defender a la sociedad, terminen avalando o permitiendo regímenes dictatoriales. Justamente acabo de regresar de Caracas, donde pude apreciar in situ el clima de confrontación social y de sofocación de libertades implantado por el gobierno de Hugo Chávez, que comenzó “regulando” la labor de la prensa para “garantizar” que la información fuera “verídica”.
Si el comentarista hubiera seguido la lectura del libro hasta la página 256, hubiera leído allí la reproducción del Acta de Chapultepec, adoptada por la Conferencia Hemisférica sobre Libertad de Expresión celebrada en México D.F. el 11 de marzo de 1994. Ésta dice: Sólo mediante la libre expresión y circulación de las ideas ( ) es posible mantener una sociedad libre.
Sin medios independientes agrega, sin garantías para su funcionamiento libre, sin autonomía en su toma de decisiones y sin seguridades para el ejercicio pleno de ella, no será posible la práctica de la libertad de expresión. Prensa libre es sinónimo de expresión libre.
Y destaca: Cuando con el pretexto de cualesquiera objetivos se cercena la libertad de prensa, desaparecen las demás libertades.
Creo que Tello escribe con sinceridad, y no obedece a ningún interés partidista, y hasta donde sé no recibe salario ni beneficio del Gobierno de Correa. Pero me llamó mucho la atención su artículo, y creí que era necesario aclarar, porque este es un error muy común que se comete en el debate. Una cosa es que se considere que, para asegurar parámetros éticos adecuados, las empresas de comunicación deban seguir voluntariamente ciertas estructuras de gobierno y capital corporativo que no comprometan su independencia–lo que defiende inteligentemente Jornet. Eso es un tema sobre el que hay mucho escrito, y es un asunto de debate en escuelas de comunicación y de administración, dada la especiales necesidades del ámbito mediático. Otra cosa muy distinta es saltarse un largo recorrido lógico, y pasar de un buen deseo, en términos éticos, a justificar una imposición pura y dura de nuestra opiniones por medios estatales, tomando por justos los juicios y prejuicios de la mayoría, aupada en campañas oficiales de revanchismo guillotinesco. Lo “deseable” deja de serlo el momento que se logra a costa de la libertad de los demás.
