El miedo: la base del poder de todo Gobierno
9 December, 2010 § 4 Comments
Todos los animales experimentan miedo—los seres humanos, probablemente, más que todos los demás. Cualquier animal incapaz de sentir miedo tendría muy pocas probabilidades de sobrevivir, sin importar su tamaño, rapidez o cualquier otro atributo. El miedo nos alerta de aquellos peligros que amenazan nuestro bienestar y en ocasiones incluso nuestras propias vidas. Ante la sensación de miedo reaccionamos huyendo, escondiéndonos o preparándonos para repeler la amenaza. Despreciar el miedo es exponernos a nosotros mismos a la posibilidad de un riesgo mortal. Decir a otros que no teman es darles un consejo que no pueden seguir (Bloom 2004, 82-84). Incluso los hombres que se desempeñan heroicamente en el campo de batalla, si son honestos, admiten que sienten miedo. “Sería él algún tipo de persona perturbada o insensible”, escribió Aristóteles, “si él no temiese nada, ni los terremotos ni las olas”. Nuestra desarrollada cubierta sicológica y fisiológica nos predispone a temer las amenazas actuales o potenciales, incluso aquellas que existen sólo en nuestra propia imaginación.
“Y tendrás la vida pendiente de un hilo; y estarás aterrado de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida”. (Deuteronomio 28:66)
Las personas que tienen la desfachatez de gobernarnos, que se atreven a llamarse a sí mismos gobernantes, entienden este hecho básico de la naturaleza humana. Lo explotan, lo promueven. Ya sea que establezcan un Estado militarista o un Estado de bienestar, ellos dependen del miedo para asegurar sumisión pública, para garantizar conformidad con sus mandatos oficiales y, en ocasiones, para lograr cooperación activa con las iniciativas y aventuras del propio Estado (Bloom 2004, 85-93). Sin el miedo del pueblo, ningún Gobierno duraría más de veinticuatro horas[1].
David Hume sostenía que todos los Gobiernos dependen de la opinión pública, y muchos han avalado su posición (e.g. Mises [1927], 1985, 41, 45, 50-51, 180; Rothbard [1965] 2000, 61-62). No obstante, la opinión pública no es la piedra angular del Gobierno. Ésta se asienta en algo más profundo y primigenio: el miedo. Hume reconoció que la opinión pública que sustenta al Gobierno deriva su fuerza de “otros principios”, entre los que incluyó el miedo. No obstante, señaló que tales principios eran simplemente “secundarios”, y “no los principios originales del Gobierno”. Él apuntaba que “ningún hombre tendría razón alguna para temer la furia de un tirano, si [el tirano] no gozase de su autoridad en virtud de nada más que el miedo” ([1777] 1987, 34 cursivas en el original). Avalamos la opinión de Hume, pero sostenemos que, sin importar la clase de relación existente entre el soberano y su guardia real, la autoridad del gobernante sobre la gran masa de sus súbditos se fundamenta esencialmente en el miedo.
Murray Rothbard toma en consideración el miedo en su análisis sobre la anatomía del Estado, catalogando su instigación como “otro mecanismo exitoso” por medio del cual los gobernantes aseguran que sus súbditos acepten o al menos toleren el hecho de ser dominados—“los actuales gobernantes, se decía, proveen a los ciudadanos un servicio esencial por el cual ellos deben estar profundamente agradecidos: protección contra criminales y malhechores esporádicos” ([1965] 2000, 65). Pero Rothbard no ve al miedo como la base fundamental sobre la que los gobernantes apoyan su supremacía, como yo aquí sostengo. También es cierto que, como diversos académicos han señalado, la ideología es un elemento crítico para el mantenimiento del poder del Gobierno en el largo plazo. No obstante, hasta hoy toda ideología que avala la legitimidad del Gobierno requiere y está imbuida por algún tipo de miedo. A diferencia de Rothbard, quien mira la instigación al miedo como uno más entre los múltiples “mecanismos” que el Gobierno utiliza para mantener controlada a las masas, yo sostengo que el miedo público es condición necesaria (aunque quizá no suficiente) para la viabilidad del Gobierno tal y como lo concebimos en la actualidad[2].
Jack Douglas se aproxima a mi punto de vista cuando señala que los mitos (un término que él usa básicamente de la
misma manera que yo uso el término ideologías) “son fundamentalmente la voz de nuestras emociones, las imágenes de nuestras esperanzas y temores pasionales, o de nuestros deseos y odios pasionales” (1989, 220, cursivas añadidas; véase también 313 sobre “el muy poderoso miedo a la muerte que fortalece a todas las demás” [esto es, a las demás pasiones primarias]). En su extensa argumentación sobre el antiguo y omnipresente “mito del Estado de bienestar”, no obstante, Douglas pone más énfasis en el factor esperanza (milenarismo) que en el factor miedo. Yo sostengo en cambio que las ideologías por lo general se centran en la esperanza de la gente en que el Gobierno las libre de sus temores. Como apunta David Altheide, “la gente quiere ser ‘salvada’ y ‘liberada’, pero quiere ser salvada y liberada del miedo, y esto es lo que hace el mensaje de miedo [de los mass media] tan convincente e importante para la política del Gobierno y el tejido de nuestra propia vida social” (2002, 15-16).
No se trata sólo de miedo al Gobierno en sí, sino que también puede tratarse del miedo a aquellos peligros de los cuales el Gobierno pretende protegernos. Lógicamente, puede que algunas de las amenazas antes las cuales los súbditos buscan la protección del Gobierno, para calmar sus temores, sean reales. No estoy sugiriendo que las personas que miran al Gobierno en busca de salvación lo hagan siempre motivadas por una amenaza imaginaria, aunque insisto en que actualmente, si no siempre, muchos de los temores del público surgen bajo el estímulo expreso del propio Gobierno. Bien sea que las personas teman (1) al mismo Gobierno, (2) a los riesgos reales frente a los cuales buscan la protección del Gobierno o (3) a peligros ilusorios frente a los cuales también buscan la misma protección, la importancia relativa de cada una de estas variantes del miedo público ha cambiado en cada momento y lugar. En cada caso, no obstante, el Gobierno ha buscado encausar ese miedo público en su propio provecho[3]. “Dirigir el miedo en una sociedad es equivalente a controlar esa sociedad. Cada era tiene sus miedos, cada gobernante tiene sus enemigos, cada soberano asigna culpas, y cada ciudadano aprende todo esto en forma de propaganda” (Altheide 2002, 17, véase también 56, 91, 126-33, 196, et pássim).