“Soy austríaco en Economía”, sobre el informe del Deutsche Bank

17 September, 2011 § 2 Comments

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com 

Disponible en pdf.

El analista principal del Deutsche Bank, Thomas Mayer, ha publicado un reporte con un sugerente título “Soy austríaco en Economía“. El contenido del documento es un masazo doctrinal sobre las auténticas causas de la crisis económica mundial. Esta se deben a la intervención del Estado en la economía, y no como reza la leyenda a las fuerzas oscuras del mercado.

La trascendencia de lo dicho por Mayer es muy bien descrita por Libremercado.com:

El mensaje no deja lugar a dudas. Thomas Mayer, quien es, dentro del sector privado, uno de los economistas más influyentes del mundo, le está diciendo al paradigma académico dominante:”Señores, no se empeñen, sus trabajos no nos ayudan a entender la realidad; es más, dado el impacto que sus ideas han llegado a tener sobre el diseño institucional de la política económica -muy especialmente en lo que a política monetaria respecta- sus teorías son también dañinas.”

El artículo es extremadamente revelador no sólo por su contenido sino, sobre todo, por quién lo escribe. Mayer no es un académico criticando la teoría de un académico competidor en defensa de la suya propia, sino que es un consumidor insatisfecho de la teoría dominante, y ésta es su hoja de reclamaciones.

Y es que son muchos los casos de economistas que, cansados de la incapacidad de la teoría macroeconómica moderna para dar respuesta a la realidad cambiante, han abandonado posiciones en departamentos de Economía en universidades de reconocido prestigio para dedicarse a la práctica profesional. Al final, la práctica profesional es la única salida que le queda a todos aquellos que discrepan del paradigma neoclásico dominante; un paradigma que, a modo de ”pensamiento único”, ha copado los principales departamentos de economía y publicaciones científicas del mundo.

El mensaje que ha lanzado es claro, en sus propias palabras: “esta crisis ha sido causada por demasiada confianza en la efectividad de la planificación económica y financiera”.  Mayer recoge algo que los economistas de la tradición austríaca vienen reclamando por décadas y décadas: que las más severas depresiones del siglo XX se han originado por la intervención masiva del Estado por medio de la manipulación tecnocrática de los tipos de interés. Es en los bancos centrales donde hay que buscar culpables de burbujas financieras como la del 2007, no en las fuerzas del mercado. Esto es algo sobre lo que ya hemos escrito, en La Crisis financiera que el Estado causó (for dummies).

Obviamente, Mayer alude la tesis hayekiana de la “fatal arrogancia” cuando dice:

Hemos sufrido de “ilusión de control”. Necesitamos reconocer los límites de la planificación del futuro y la superioridad de orden liberal de mercado, donde los Estados, las empresas y los individuos puedan ser llamados a responder por las decisiones financieras que han tomado.

Mayer acusa que uno de los principales problemas de los economistas que es que no le hacen caso a las lecciones de la historia, porque están demasiado confiados en sus absurdos modelos matemáticos (con lo que alude a los economistas que siguen el paradigma neoclásico). Los economistas austríacos, en su amplia mayoría, se oponen al uso de estos modelos porque reflejan una imagen irreal del ser humano, como si fuese un robot con aspiraciones predecibles y estimables en números. La doctrina austríaca comienza por advertir que el mercado está compuesto por personas de carne y hueso, con un número ilimitado y cambiante de fines, cuyas decisiones pueden variar indefinidamente dependiendo de cada momento, lugar y de los medios disponibles; esto  torna cualquier predicción basada en modelos matemáticos un ejercicio de pedantería intelectual, es tratar el universo humano con métodos propios de la química o la física. Por ello, Mayer dice:

La macroeconomía y la finanza moderna alientan la convicción de que nosotros podemos planificar exitosamente el futuro…

Finalmente, los economistas deberían ser más humildes. Por demasiado tiempo han intentado ser como los científicos naturales… Nos gusta desarrollar nuestras teorías con métodos de deducción—comenzar con algunos axiomas y explicar el mundo en términos matemáticos a partir ahí. Esto fue un poco presuntuoso, por decir lo menos. Debemos darnos cuenta de que somos en un grado muy significante una ciencia social. Los científicos políticos, como los historiadores, usan el método de la inducción. Observan y luego desarrollan descripciones tentativas del mundo en base a tales observaciones. Porque no prestamos suficiente atención a la historia económica y confiamos demasiado fuertemente en modelos formales de la economía repetimos un número de errores que causaron la Gran Depresión.

Lo de “métodos inductivos y deductivos” y sus diferencias, así como las consencuencias intelectuales de tales diferencias, es un tema difícil de digerir, sobre todo por el alto nivel de abstracción. Recomiendo leer este escrito introductorio a la Praxeología  (base intelectual del método de análisis austriaco basado en la deducción lógica a partir de ciertos axiomas de la acción humana) de Hans Herman-Hoppe , y ver este vídeo donde te lo explican inmejorablemente (ya verán por qué digo “inmejorablemente”):

Lo único que quizá me decepcionó del escrito fue su análisis histórico de la Gran Depresión de los 30, pero sólo porque me parece que no tuvo en cuentan el trabajo historiográfico de autores como Robert Higgs, quien ha explicado sobradamente las razones por la que dicha crisis se prolongó tanto y solo fue superada después de la Segunda Guerra (y no gracias a la guerra, sino a pesar de ella), y Murray Rothbard, quien ha hablado largo y tendido sobre las causas reales de la Gran Depresión (la política monetaria de la Fed durante los años veinte). De hecho contacté con Mayer, y me dijo que no sabía de la existencia de estos trabajos, y me agradeció por las referencias. Esperemos que le sirvan.

No obstante, creo que es muy acertado cuando se refiere a las políticas monetarias de Alan Greenspan, desde finales de la década de los 80. Libremercado.com resume bien lo dicho por Mayer en este punto:

Fue Alan Greenspan al mando de la Reserva Federal americana quien lideró este nuevo enfoque, tras sustituir al restrictivo Paul Volcker en 1987. Este mismo año, en el que tuvo lugar un importante crashbursátil, Greenspan aplicó por primera vez su receta mágica para deshacerse de las recesiones:bajar los tipos de interés cuando las cosas se ponían feas. Más tarde, tanto en la crisis de 1990-91 de los bancos de ahorro y préstamos (savings and loans), como tras la caída de Long Term Capital Management (LTCM), como en la crisis de las puntocom de 2000-2001, Greenspan volvió a actuar de la misma manera. Todo este periodo, desde final de la crisis de la estanflación a la Gran Recesión, fue conocido como la Gran Moderación, por la ausencia de crisis severas.

Sin embargo, afirma Mayer que lo sucedido después de 2007 puso de manifiesto que la Gran Moderación fue una “gran ilusión”. En realidad este período engendró masivos desequilibrios que desembocaron en la Gran Recesión.

Para comprender lo dicho por Mayer sobre la política monetaria de Greenpan es muy ilustrativo el documental ‘Overdoze: The Next Financial Crisis‘, que recojió en esencia el mismo planteamiento y advirtió hace algún tiempo de la nueva recesión económica que estamos enfrentando.

Espero que alguien los escuche, y se den cuenta que mucho de lo que nos enseñan en universidad y centros de estudios, mucho de lo que dicen los políticos y sus asesores, mucho de lo que vemos en los medios, no es más que la consecuencia de un error intelectual de base, fundamental. Como ya he señalado antes: “los apóstoles del colectivismo estatistas parten de premisas fundamentales equivocadas, a partir de las cuales se derivan conclusiones falaces, de las cuales a su vez nacen una serie de medidas gubernamentales destinadas a imponer por la fuerza sus errores. La principal fuente de error es una imagen tergiversada de la historia, en la que pasan inadvertidas las verdaderas causas de los procesos sociales que más nos afectan“.

Como conclusión, me remito a Mayer nuevamente:

debemos deshacernos de las teorías de ‘la Tierra es plana’ que prometen que los resultados económicos y financieros pueden ser planificados con un alto grado de certidumbre y necesitamos a otras teorías que aceptan los límites de nuestro conocimiento sobre el futuro. Un resurgir de la Economía Austríaca podría ser una buena manera de empezar para dicho programa de investigación.

La crisis financiera que el Estado causó (for dummies).

29 March, 2011 § 6 Comments

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia. 

Se dice que no hay nada más práctico que la buena teoría. Cada vez nos convencemos más de que eso es lo cierto. Muchos de los apóstoles del colectivismo estatistas parten de premisas fundamentales equivocadas, a partir de las cuales se derivan conclusiones falaces, de las cuales a su vez nacen una serie de medidas gubernamentales destinadas a imponer por la fuerza sus errores. La principal fuente de error es una imagen tergiversada de la historia, en la que pasan inadvertidas las verdaderas causas de los procesos sociales que más nos afectan.

La leyenda urbana reza que la debacle que significó la explosión de la burbuja financiera se debió a la “liberalización” del sistema financiero, en virtud de lo cual se dejó rienda suelta a la avaricia corporativa, que se embarcó en una vorágine de malabares especulativos en los complejos—inentendibles, para la mayoría de nosotros—circuitos del mercado financiero global. La respuesta ante ello sería, como es lógico, que el Estado retome las riendas de ese universo tan proclive a los excesos. Más aún cuando líderes políticos e intelectuales advierten la necesidad inminente de controlar la “fuerza destructiva del capitalismo”.

El problema con lo anterior es que constituye una reconstrucción deficiente de la historia, que por tanto tergiversa la explicación teórica de los fenómenos involucrados, y deriva en falsas soluciones. Los políticos de turno se apresuran a llevar a la práctica estas soluciones, porque los electores se encuentran expectantes y quieren show, quieren un Gobierno activo que los proteja de los malos. Los ánimos guillotinescos se exacerban, empezando el ciclo de marchas y contramarcha de la tradición demagógica. La libertad y el erario público son los que siempre salen perdiendo, en beneficio de unos pocos: de hecho, el salvataje financiero implementado por Washington significó una mayor concentración del mercado bancario en EEUU.

Este documental, “Overdoze: the next financial crisis”, ofrece una explicación muy ilustrativa de lo que en verdad sucedió, y además hace una predicción acerca de la burbuja que actualmente están inflando los gobiernos con sus planes de salvataje. Intentaremos resumir y explicar (sin tecnicismos económicos, sino con lenguaje accequible para dummies, como el editor este blog) sus puntos más importantes, limitándonos únicamente a las causas de la actual crisis.

Existe una forma muy poco visible pero sumamente trascendente de intervencionismo estatal que se llama política monetaria. Los bancos centrales, por lo general, juegan con las tasas de interés—es decir, con el precio del dinero prestado—para alcanzar diversos fines económicos, y es a esto a lo que llaman política monetaria: fomentar la devaluación de la moneda, impulsar la concesión de préstamos y el consumo, etc.

La Reserva Federal de EEUU, a raíz de la burbuja dotcom, en 2001, bajó los tipos de interés para que sigan fluyendo los créditos y no baje el consumo, para de esta manera evitar que el nivel de crecimiento económico se vea afectado. Esta medida, como señaló entonces el mandamás de la Fed, Alan Greenspan, estaba orientada a mantener inflar otra burbuja, para que los precios no bajen y se mantenga la fiesta hasta un cierto punto. Nadie se imaginó entonces que poco después vendría el atentado del 11-S. Ante esta hecatombe, la Fed vuelve a aplicar la misma receta para evitar el colapso económico, y baja aún más los tipos de interés, a mínimos históricos, en los que se mantiene por muchos años.

Gobierno interviene para salvar la economía de sí misma.

En teoría, las tasas de interés tienen una función básica en la economía—al menos, hasta que pasaron a depender a la voluntad arbitraria del tecnócrata de turno. Cuando bajan, alertan a los inversores sobre la abundancia de ahorro; es decir, es una señal que indica que la preferencias temporales de consumidores han cambiado, que están dispuestos a sacrificar consumo inmediato por mayores gratificaciones en el largo plazo. Esto se da en sociedades que han alcanzado un cierto grado de prosperidad, donde existen instituciones legales y un grado de estabilidad política capaz de generar confianza a futuro. No obstante, un día los gobiernos descubrieron que se podían saltar todos esos pasos lógicos, y que simplemente podían jugar con los tipos de interés a su antojo, especialmente para causar subidones económicos.

¿Que las exportaciones están bajando porque otros competidores producen mejor y/o más barato? No te preocupes, un toque aquí y allá, bajamos las tasas, aumentamos así la oferta de dinero y ya lo tienes: devaluación monetaria. De la noche a la mañana, nuestra moneda vale menos frente al euro, y al importador europeo le resulta más barato comprarnos a nosotros. Todos contentos. El Gobierno recibe aplausos de sectores exportadores que no tienen tiempo para mejorar sus niveles de competitividad, y que ahora lo vanaglorian por haber salvados los “miles” de empleos que ellos, autoproclamados gendarmes de los intereses económicos de la nación, representan. El hecho de que le hayas encarecido la vida a los consumidores con la inflación creada y, por tanto, recortado el nivel adquisitivo de esos mismos trabajadores que dicen defender, no importa mucho.  Lo importante es el efecto inmediato y mediático, el subidón.

Lo mismo sucede cuando se bajan los créditos para “incentivar” la economía, se busca el efecto inmediatista creando una burbuja de gasto que está por encima de la capacidad adquisitiva real de los ciudadanos, financiado todo con deuda y no con ahorro. En tiempos de shock social, como el del 11-S, se recurre a este mecanismo para evitar que los bancos y empresas paralicen sus actividades.

Lo explica Juan Carlos Hidalgo, del Cato Institute:

Greenspan se gestó su reputación al frente de la Fed por el llamado “toque Greenspan”, el cual consistía en bajar las tasas de interés en tiempos de aprietos económicos con el fin de estimular la economía a través de mayor liquidez. Así lo hizo luego del “Lunes Negro” de 1987, cuando la Bolsa de Valores de Nueva York experimentó su mayor caída porcentual en un día (22,61%), desatando el pánico financiero a nivel mundial. El toque Greenspan funcionó, y luego fue puesto a prueba en otros episodios de incertidumbre política y económica: la Guerra del Golfo, la crisis del Tequila, la crisis asiática y finalmente la “burbuja punto com”. Una y otra vez la política de reducir las tasas de interés fue implementada con relativo éxito a lo largo de los años, así que cuando esta última recesión producto del estallido de la “burbuja punto com” golpeó a la economía estadounidense —aunada a la incertidumbre generada por los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001— Greenspan procedió a implementarla de nuevo.

De tal forma, a inicios de enero del 2001 la tasa de fondos federales se encontraba en 6%, pero fue cayendo hasta cerrar el año en 1,75%, y permaneció por debajo de esa cifra por casi 3 años. Aún cuando la economía ya estaba saliendo de la recesión del “punto com”, la Fed continúo con las tasas de interés bajas e incluso la recortó a 1% en junio del 2003, donde permaneció por todo un año

Con las tasas de interés más bajas de los últimos 50 años, la Fed envío una señal clara a los actores económicos: ‘No es momento para ahorrar. Gasten. Endéudense’[1].

Es como si, ante una pelea en una fiesta, el dueño de la casa decide subir la música y repartir más alcohol para que no se desanime el evento. El problema es que la lógica de la economía no funciona así, por más que nos empeñemos en ello.

Comienza la fiesta: dinero fluye

Como apuntamos antes, cuando las tasas bajan se envía una señal: hay ahorro. Lo malo es que, si el nivel de la tasa de interés no depende de ese requisito previo sino de la voluntad de un burócrata, lo que se envía es una señal falsa. Lógicamente, los empresarios y consumidores no pasan por este paripé teórico, por la misma razón que la mayoría de nosotros compra más unidades de un determinado producto por el simple hecho de que está a menor precio, y no conocemos si tal descenso se debe a las fuerzas de mercado o a una imposición reglamentaria que puede generar escasez en el futuro.

Así, los empresarios simplemente ven tasas de interés más bajas, que significan dinero prestado más barato, y por tanto se embarcan en proyectos a largo plazo que no hubiesen considerado tan ligeramente con tasas de interés más altas (recuérdese aquí que, en teoría, la abundancia de capital se debía al sacrificio en el presente). Por su parte, los consumidores hacemos lo mismo, y empezamos a consumir e invertir ese dinero que nos ofrecen los bancos—quienes ahora quieren generar volumen para compensar el descenso de ingresos que significan tasas más bajas de interés—en bienes y servicios que están por encima de nuestras actuales posibilidades. Y lo primero que todos queremos asegurar en nuestras vidas es una casa propia, por razones emotivas, sicológicas y económicas bastante evidentes. ¿Ahorrar?, ¿para qué ahorrar?, eso era algo que ya no se usa. Ahora con 25 años de edad puedo comprarme esa casa por la que nuestros padres hubieran tenido que ahorrar décadas, y sólo hace falta que vaya al banco y demuestre que tengo ingresos aquí y ahora para pagar las mensualidades de la hipoteca. ¡El ahorro es cosa de antes! Esta escena no sonará tan ajenas a quienes han vivido en países como EEUU, España o Irlanda durante los últimos 6 o 5 años.

Esto genera una espiral, un shot de placentera morfina se desplaza por el sistema sanguíneo de la economía; nos adormece, conforta y relaja. La feliz pareja recién casada compra el departamento de sus sueños, con dinero prestado fácilmente por el banco a treinta años. El constructor recibe este dinero contento, con el que luego paga a los proveedores, a los albañiles, a los arquitectos e ingenieros, etc. Incluso las administraciones públicas—y es especialmente a nivel municipal— reciben su parte, con los impuestos y tasas que generan la construcción de nuevos inmuebles y las transacciones comerciales que se generan. Por otra parte, el banco dio a la feliz pareja un dinero extra en el préstamo para que financien esa cocina italiana de sus sueños, y un viaje por Indonesia. Total, 20 mil euros extra no hacen mucha diferencia en las cuotas mensuales. Esto se multiplica ad infinitum y empieza el ciclo de prosperidad que a todos hace felices. Florecen nuevas tiendas de lámparas caras, supermercados por todas partes para abastecer a esas nuevas familias que tienen su casa nueva, agencias de viaje, estudios de arquitecturas que no dan abasto ante la demanda de servicios, nuevas empresas inmobiliarias, gasto en publicidad, abogados, asesores, etcétera, etcétera, etcétera. Y lógicamente el gobernante de turno sacará el pecho orgulloso por haber logrado un ritmo de auge económico nunca antes visto. Ni a su almohada le confesará que más bien no entiende de qué va todo esto.

En Europa, pasó algo muy parecido, como bien apunta Juan Ramón Rallo:

Por mucho que los socialistas de todos los partidos se empeñen en que la crisis actual se ha debido al turbocapitalismo desrregulado, la realidad es que la depresión ha sido provocada por un torrente de crédito artificialmente abaratado que los bancos centrales –monopolios estatales de la emisión de dinero– introdujeron a machamartillo en el mercado. En Europa padecimos lo nuestro con el Banco Central Europeo (BCE): el mismo Trichet que hoy amenaza con subir los tipos de interés no tuvo ningún remordimiento en colocarlos al 2% entre 2003 y 2006 para que la gente se sobreendeudara[2].

Los bancos también animan la noche.

Existen otros factores fundamentales, y relacionados también a la intervención del Estado en la economía. El más importante de ellos es del sistema de reserva fraccionaria, privilegio que sirve de base del funcionamiento de la mayoría de regímenes bancarios en el mundo. En pocas palabras, consiste en un privilegio otorgado a los bancos para crear dinero de la nada, mediante malabares contables que resultaran manifiestamente ilógicos si no fuese por el denso barniz de tecnicismo retórico que los cubre. Esa explicación, no obstante, desborda nuestro objetivo en este escrito (y probablemente nuestros conocimientos), así que nos limitamos a recomendar explicación de Jesús Huerta de Soto sobre el tema:

Los precios suben, todos bailan.

Y en medio de todo esto, empiezan a subir los precios más y más, por una simple aplicación de la básica ley de la oferta y demanda. La demanda de bienes de consumo (aquellos que compramos para consumir inmediatamente) y capital (aquellos que nos sirven para producir otros bienes y servicios) crece desproporcionadamente, fruto de la intervención del Estado por medio de la fijación de bajos tipos de interés. Más gente con más dinero en los bolsillos compitiendo por recursos relativamente escasos; esto lleva a que suban los precios: hay que ofrecer sueldos más altos para atraer trabajadores, honorarios más altos para los arquitectos y técnicos, precios más elevados por los materiales y maquinarias, etc. Y todos felices en el fondo, porque si bien los precios se elevan los ingresos de la mayoría suben casi en la misma proporción. Los políticos se apresuran a inaugurar obras y más obras, con este magma de dinero que entra en impuestos; y cuando estos ya no son suficientes también se unen a la espiral de endeudamiento, porque esta fiesta parece no terminar nunca y siempre se podrán pagar las deudas mientras dure.

La “justicia social” se une a la farra.

Y por si esto fuese poco, viene el Gobierno a con más champán para el festejo. Comienzan los subsidios a las hipotecas de aquellos pobres que no pueden sumar a la fiesta porque sus ingresos son tan bajos que ningún banco quiere darles préstamos. Todos tenemos derecho a una casa propia, al American dream, apuntaba henchido Bush mientras anunciaba su programa de incentivos fiscales y subsidios estatales para aquellas personas de bajos ingresos, y en especial para las minorías raciales: “A Home of your Own”, se llamaba el programa. Sumado esto a las entidades Freddie Mac y Fannie Mae que aseguraban prestamos hipoteca actuando bajo la garantía y el patrocinio del Gobierno. Hidalgo apunta:

Recordemos que el crédito “subprime” es el que se le entrega a gente con capacidad de pago comprometida. El financiamiento de este tipo de préstamos por parte de Fannie Mae y Fredie Mac tuvo un efecto importante: En el 2003 los créditos chatarra representaban el 8% de todas las hipotecas en EE.UU. Eso aumentó al 18% en el 2004 y al 22% en el tercer cuatrimestre del 2006. Cuando el mercado estaba en su punto más alto, el 40% de las hipotecas adquiridas por Fannie y Freddie era subprime[4].

Ya no sólo no hacía falta ahorrar, ya ni siquiera hacía falta ser solvente o tener un mínimo de credibilidad financiera. Si lo que quieres es una casa, you got it. Un nuevo mensaje tácito a los banqueros: ahora sí presten a mansalva, que si los deudores no responden, yo papá-Estado les pago la entrada y además respondo por ellos. Y con este humanitario gesto por parte del Gobierno americano la cuestión de las hipotecas basuras pasa de ser un problema excepcional a convertirse en una enfermedad crónica que se cuela rápidamente por todos los conductos financieros, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero. Los bancos hicieron abultado portafolios de títulos respaldados con hipotecas “a prueba de todo” y los vendieron como pan caliente en Wall Street.

El funcionamiento de este proceso de “infección” en el mercado financiero está muy bien explicado en el documental infográfico, “The Crisis of Credit”.

Cuando invertimos, buscamos por lo general aquello que nos de certeza en el futuro. En el mercado financiero, tan volátil y complejo, cualquier resquicio de certeza es aún más apreciado. ¿Cuál es entonces la reacción natural si te dicen que inviertas en instrumentos financieros respaldados con hipotecas, los cuales están garantizados con el aval de los Estados Unidos? Más aún, ¿qué reacción podemos esperar cuando vemos que todos lo están haciendo, y que todos se están forrando de dinero con ello? La respuesta es bastante predecible: una avalancha de inversionistas comprando y vendiendo estos títulos. Nadie comprende nada de ellos, pero eso no importa porque al final del día están respaldados nada más y nada menos que por el todopoderoso Gobierno americano.  Y así el jefe de la oficina de ese pueblo perdido en Castilla-La Mancha, en España, convence a ese par de ancianos de que pueden multiplicar en pocos años sus ahorros si invierten en “credi-defal-suas del “Citiban”, que están garantizados con la hipoteca de algún señor en Detrói.

Party is over

El problema es que la lógica económica siempre termina por colarse y aguar esas fiestas a las que no se siente invitada. Y lo hace siempre cuando los cortesanos de la justicia social, el colectivismo y el estatismo más animados se encuentran. Se puede demorar uno o varios años, incluso una década si tenemos suerte, pero siempre llega al final, pero mientras más tiempo le toma más trágico es el final, y más áspera la resaca.

Un día, algo falla, y nos damos cuenta que todo era mentira, que estabamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, que no eramos más productivos, ni más competitivos, sino que todo era un espejismo. Llamamos nuevamente a las puertas del Gobierno, porque no nos resignamos a que se acabe la fiesta. La empresas piden que las salven de nuevo, y usan de pretextos los miles de puestos de trabajos que dependen de ellas, directa o indirectamente. Los políticos no quieren perder elecciones, lo cual sucedería si le dijesen a sus electores la verdad: hay que apretarse los cinturones y dejar que este proceso nos devuelva a la realidad.

No. ¡Que siga la fiesta!

Revienta la burbuja y nos dimos cuenta que todo era mentira, que efectivamente el camino de la auténtica prosperidad no es tan corto ni tan fácil. Una simple verdad, casi clichetesca, pero contundente. No obstante, los ciclos electorales son cortos, y ningún votante quiere escuchar razones complicadas, ni saber que su nivel de vida era irreal, que era una mentira que sólo se puede enmendar comenzando de nuevo. No, eso no da votos. Lo que el pueblo quiere es que mantengamos la ilusión, que inyectemos dinero a mansalva, para mantener inflada esa burbuja que ellos no comprenden ni tienen ganas de comprender ahora. Pero ya no hay dinero de los impuestos, ahora los gobiernos se ven presionados y empiezan a gastar dinero que no tienen, dinero que problabemente tengan que pagar nuestros bisnietos. Parches, parches y más parches, nos elevamos para volver a caer con más fuerza, en algún momento.  Y no sólo eso, sino que vemos como otros países repiten el mismo error.

Conclusión

Esto no será lo que enseñen en colegios y universidades a nuestros hijos, por la misma razón que a nosotros nos dijeron que todas las catástrofes económicas del siglo XX se deben a las salvajes fuerzas del capitalismo global. Siempre acudirá el Estado a salvarnos, y siempre nos dejaremos, temerosos ante la incertidumbre. Porque hace falta un esfuerzo individual grande para enterarse de estos detalles de la historia. Nada más práctico que la buena teoría, y nada más improbable en  la práctica.


[1] Juan Carlos Hidalgo, “Crisis financiera mundial: ¿Réquiem del capitalismo o del intervencionismo?”, disponible web del Instituto Cato: http://www.elcato.org

[2] “España sí es Portugal”, publicado, en La Gaceta de los Negocios, el 29 marzo 2011

[4] Hidalgo, Ibid.

La gran burbuja de la deuda del 2011

31 January, 2011 § 1 Comment

Por Johan Norberg, académico asociado del Cato Institute y autor del libro In Defense of Global Capitalism (Cato Institute, 2003), traducido y publicado por elcato.org.

“Lo peor de la tormenta ha pasado”, declaró Barack Obama a principios del año pasado. Por su parte, Gordon Brown aseguró a Gran Bretaña que las especulaciones sobre tiempos difíciles venideros “simplemente no eran ciertas”. Ambos hablaron de cuán determinados estaban en sanear sus economías, pero no pareció importarles utilizar las mismas técnicas que crearon la burbuja anterior. El rescate a los bancos y los enormes paquetes de estímulo sí han logrado que prestemos, gastemos y especulemos nuevamente. Las tasas de interés de los bancos han caído a niveles históricamente bajos, brindando crédito barato a los mercados de bienes raíces y financieros. El ánimo en este año es de optimismo cauto. Todo sería tranquilizador, si solo no fuese tan inquietantemente similar al pasado reciente.

En el 2003, luego de que el estallido de la “burbuja punto.com” y los ataques del 11 de septiembre sumieron a EE.UU. en una recesión, todos querían que continuara la fiesta de consumo financiada con deuda. No es que lo hayan dicho de esta manera. Se usaron eufemismos, así como sucede ahora: debería haber “respaldo” estatal, un toque de Keynes. El Premio Nobel de economía Paul Krugman le pidió a Alan Greenspan “crear una burbuja inmobiliaria para reemplazar la burbuja de [la bolsa de valores] Nasdaq”. El titular de la Reserva Federal le hizo caso, recortando las tasas de interés a niveles históricamente bajos. En Gran Bretaña, las tasas de interés base se redujeron en un 50% entre 2000 y 2003. El dinero era lo suficientemente barato como para que todos prestaran de nuevo y volvieran al mercado. Los precios de las viviendas se dispararon. Todo esto parecía ser prosperidad. Las burbujas muchas veces aparentan serlo.

Nada es más peligroso que una idea cuando esa es la única que usted tiene. Hay un amplio consenso de que la crisis financiera del 2007 fue al menos en parte el resultado de tasas de interés históricamente bajas, gigantescos déficits y consumo de gran escala financiado con crédito. Hoy, los gobiernos alrededor del mundo están intentando resolver la crisis mediante tasas de interés históricamente bajas, gigantescos déficits y consumo de gran escala financiado con crédito. En esta ocasión, también están utilizando medios más novedosos de crear dinero fácil: rescates a los bancos, paquetes de estímulo y relajamiento cuantitativo. Una vez más, ha producido resultados: las compras navideñas fueron abundantes. Pero nadie ha preguntando cuántas de esas cuentas de compras navideñas fueron pagadas con dinero prestado.

A pesar de todo lo que se habla de austeridad, los gobiernos alrededor del mundo planean pasar el 2011 y más allá endeudándose como locos. Los países ricos del mundo han aumentado su deuda en alrededor de un 50% durante los últimos tres años, de acuerdo al FMI. Tales estadísticas muchas veces podrían parecer insignificantes, pero durante la campaña para las elecciones generales en el Reino Unido, David Cameron encontró una manera de hacerlas reales. Él develó un póster que decía que un bebe nacido hoy debería 17.000 libras ($26.334) solo en deuda pública. De acuerdo a sus propios cálculos, esa carga aumentará a 21.000 libras ($32.536) dentro de cuatro años. Menos de lo que habría sido sin los recortes de gasto implementados por su gobierno, seguramente, pero una cifra impresionante de todas maneras.

Todos los gobiernos apuestan a que podrán seguir pidiendo prestado tales cantidades de dinero a tasas muy bajas. Pero puede ser que los mercados tengan otros planes. Veamos la evolución de esta crisis. El colapso se dio porque los hogares consumieron demasiado, transfiriendo sus deudas a los bancos. Los bancos endosaron estas deudas a los gobiernos y, como vimos con Irlanda, incluso los gobiernos podrían tener problemas con saldarlas. Por ende, están transfiriendo sus deudas a la Unión Europea. Pero, ¿a quién le endosará la UE estas deudas cuando su tarjeta de crédito llegue a su límite?

Grecia e Irlanda no solamente no tienen liquidez, sino que además son insolventes —y nada se resuelve asumiendo préstamos nuevos y más grandes cuando ni siquiera pueden pagar los anteriores. Si Irlanda o Grecia incumplen con el pago de su deuda, forzando a los acreedores a sufrir profundas pérdidas, los mercados se podrían asustar y esto podría ser la gota que derrame el vaso.

Los mercados le están prestando miles de millones a España (e Italia, Bélgica, tal vez también a Francia) porque los inversionistas suponen que, mientras que los países en sí podrían estar en bancarrota, alguien más garantiza la inversión. Estoy seguro que yo no fui el único al que su banco le dijo que era seguro invertir en deuda de la periferia de Europa (Irlanda, por ejemplo) ya que la UE siempre intervendría en lugar de permitir que estos quiebren. Los mercados de bonos soberanos entraron en pánico cuando Angela Merkel sugirió que los inversionistas algún día tendrían que asumir sus propias pérdidas.

Si empiezan las moras de pago —o si se le ocurre a los mercados que el Fondo de Estabilidad Financiera de la Unión Europea no tiene ni la mitad de lo que se requeriría para salvar a España, la novena economía más grande del mundo— entonces los inversionistas podrían darse a la fuga. Y esto, para David Cameron y George Osborne, produciría algunas sorpresas profundamente desagradables. ¿Qué les pasaría a los bancos ingleses que han prestado más de $110.000 millones a España, o a los bancos franceses que le prestaron $162.000 millones o a los alemanes que le prestaron $182.000 millones?

Este año está lleno de riesgos para las naciones más endeudadas de Europa. Los bancos españoles ya están muy frágiles e —incluso en la mejor de las circunstancias— necesitan pedir prestado unos impresionantes $111.000 millones este año. Cualquiera que les preste este dinero podría detenerse a reflexionar que su exposición a Portugal, probablemente la próxima pieza en caer, es de casi $80.000 millones. Para pagar deudas viejas, necesitan encontrar nuevos acreedores. Desde mayo a junio, el gobierno de Portugal debe pedir prestado $10.000 millones a los mercados para sobrevivir. Durante esos mismos meses, España necesita más de $15.000 millones, incluso si no incurre en un solo euro de déficit durante este año.

Tomando en cuenta esto, el 2011 se ve tan horrible como el 2008. Nuevamente los bancos están haciendo agua, esperando poder seguir pidiendo prestado —e intentando echar mano a la mayor cantidad posible de capital para cubrir sus pérdidas. Aún así su riesgo es el mismo que la última vez. Hemos visto lo nerviosos que se pueden poner los mercados mundiales y lo perjudiciales que pueden ser las consecuencias. Solo se necesitó que colapsara un banco importante —Lehman Brothers— para que los mercados mundiales se asustaran tanto que evitaron prestarle a cualquiera. En ese entonces, fueron los bancos los que cayeron como fichas de dominó. La próxima vez, podrían ser los estados.

El paquete de “estímulo” de Barack Obama (nombrado por sus intenciones, más no por sus resultados) se basa en su creencia de que EE.UU. podrá seguir pidiendo prestado cuánto desee debido al estatus del dólar como moneda de reserva mundial. Pero conforme EE.UU. continúe con su relajamiento cuantitativo —esto es, imprimiendo dinero— el dólar podría dejar de parecer una inversión tan segura. Las percepciones pueden cambiar rápidamente, especialmente para EE.UU., país que tiene que renovar alrededor de la mitad de su gigantesca deuda nacional cada año. Durante los últimos seis meses, el Tesoro de EE.UU. ha tenido que aumentar a 3,5% el interés que paga sobre sus bonos a 10 años —un punto porcentual entero por encima de lo que pagaba este verano. Si el costo de prestar del Tío Sam continúa subiendo a este ritmo (España está pagando 5,5% e Irlanda 8,5%), el déficit de EE.UU. empezará a verse como un agujero negro.

A estas alturas, es común decir: gracias a Dios por esas economías dinámicas en el Este Asiático, India y Brasil. Pero, ¿qué tan real es su impresionante crecimiento? Observémoslo detenidamente e incluso esto podría ser en parte el resultado de un estímulo artificial. El crecimiento de la India y de Brasil está financiado con capital golondrina del extranjero: dinero que podría desaparecer de la noche a la mañana. El dinero fácil siempre termina en algún lugar. La última vez fue en bienes raíces, esta vez en los mercados emergentes (y muchas veces en los mercados de bienes raíces de los mercados emergentes).

La riqueza y las perspectivas de China deslumbran a un Occidente enterrado en deuda. “Dinero, dinero en todas partes”, dijo el economista de Pekín Patrick Chovenec en un reciente análisis de China. “Llena de carros lujosos, condominios y joyas caras, los chinos están disfrutando de lo que parece ser una bonanza sin fin”. Los precios de los bienes raíces de lujo en algunas de las ciudades más ricas se han casi duplicado en dos años. Los precios en el mundo financiero también están aumentando, provocando que el gobierno apriete los frenos.

En realidad, esto no es el resultado de mejores perspectivas económicas sino de un shock monetario. Dejando a un lado los flujos entrantes de capital extranjero, China tuvo su propio paquete de estímulo, tan grande como el de EE.UU. Pekín ha impreso yuanes y presionado a los bancos y gobiernos locales para que gasten como keynesianos borrachos. De manera absurda, la oferta de dinero en China ahora es más grande incluso que aquella de EE.UU., aún cuando su economía tiene un tercio de su tamaño. Podemos ver los resultados de este estímulo en los precios en la bolsa de valores y en los nuevos puentes, carreteras y complejos residenciales a lo largo de todo el país.

No es que alguien quiera usar esas carreteras o vivir en esos edificios. En agosto, la empresa más importante de energía en China reportó que una cantidad asombrosa de 65,4 millones de residencias no han consumido electricidad alguna durante los últimos seis meses —una señal confiable de que estas siguen vacías. Ahora hay ciudades fantasma, como la nueva Ordos al norte de China, donde decenas de miles de edificios permanecen vacíos. Y aún así los precios de las viviendas en Ordos se han duplicados durante los últimos tres años. Esto no se debe a la demanda popular, sino a pura especulación. En algunos lugares, se habla de China como si fuese la última esperanza que tiene la economía mundial. Pero podría ser la próxima burbuja en explotar.

En la película original de Superman, el héroe rescata a Lois Lane cuando ella se cae de un rascacielos. “No se preocupe, señora, yo la salvo”, dice él en el aire. “¿Usted me salva? ¿Quién lo salva a usted?”, responde ella. Esta es la pregunta que nadie se está haciendo ahora. Si China nos está prestando a nosotros, ¿quién le está prestando a China? Si los gobiernos están salvando a los bancos, ¿quién salvará a los gobiernos? Si la Unión Europea está ofreciendo una red de seguridad, ¿quién estará ahí para rescatar a la UE? Hay otras preguntas que no se están haciendo: ¿qué país, en la historia económica reciente, ha salido exitosamente de una crisis mediante préstamos? ¿Por qué funcionaría ahora? ¿Cómo podemos justificar que carguemos a la siguiente generación con una deuda de esta magnitud?

“El problema con el socialismo”, dijo una vez Margaret Thatcher, “es que eventualmente a usted se le acaba el dinero de los demás”. Esta vez es peor: estamos quedándonos sin el dinero de nuestros hijos y nietos. Estamos asumiendo que tendremos una oferta sin fin de dinero prestado y no tenemos un plan de respaldo si esta oferta se detiene. La situación podría parecer segura en este momento. Todavía podemos pedir prestado fácilmente de los mercados internacionales. También lo podía hacer Lehman Brothers el 12 de septiembre del 2008 —el día antes de que el banco colapsara.

Soy un optimista por naturaleza. Cada generación parece cometer terribles errores y aún así hemos logrado crear la civilización más rica de la historia —entonces es bastante probable que también logremos salir de esta crisis financiera. A largo plazo. Pero nuestra dependencia en el endeudamiento solo puede hacer que ese largo plazo sea incluso más largo.

Este artículo fue publicado originalmente en The Spectator (Reino Unido) el 1 de enero de 2011.

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