Socialismo en Ecuador: el padre irresponsable

9 February, 2011 § 2 Comments

Por Aparicio Caicedo C., editor de Tartufocracia.com.

En Ecuador, el Gobierno está actuando como un padre querendón, pero irresponsable, fantoche. Como ese padre que se gana a su familia (o sus votos) con regalos que después no puede pagar. La prole celebra mientras dura la fiesta, mientras la ilusión de prosperidad permanece. Las empresas locales celebran las medidas proteccionistas que los hacen más prósperos, los contratos del Estado que se ganan, mientras más gente encuentra trabajos en lo público y se siguen financiando consumo con deuda fácil. Etc. El problema vendrá cuando nos demos cuenta que todo se trata de una farsa, cuando llegue el chuchaqui económico.

La economía ecuatoriana está viviendo una ilusión, una burbuja inflada con gasto público. No se trata del resultado de una mayor competitividad alcanzado con esfuerzo y ahorro, no es que esté atrayendo más inversión extranjera, ni que las exportaciones se hayan diversificado. Se trata, por el contrario, de deuda y más deuda. El Gobierno ha elevado el peso del sector público no financiero hasta el 40 por ciento del PIB, repartiendo un festín de sueldos, subsidios, y gasto. Más gente con más dinero para gastar, felices mientras la fiesta siga.

¿Tienes un problema?, ¿que Estados Unidos nos cierra el grifo arancelario?, pues no te preocupes: aquí tienes parches momentáneos para solventar tus  ”problemas de liquidez“. ¿Que no hay dinero para construir casa?, pues que el Estado empiece a dar préstamos a mansalva, con dinero que no tiene, sin importar si creamos una burbuja inmobiliaria interna. Lo importante es el efecto inmediato, porque en el largo plazo, como decía Keynes, todos estaremos muertos (o por lo menos fuera del Gobierno; ¡que le reclamen al siguiente!). Todo plan– A, B, o C–se soluciona por la vía fácil.

¿Y de dónde sale este dinero? En primer lugar, hay que tener claro que no se trata de nueva riqueza creada por el Gobierno, sino de una redistribución de recursos arrebatados a los empresarios mediante el cobro de impuestos. No es que Ecuador sea más rico, que estemos produciendo más y mejor. El nivel de gasto es tan grotesco que ni los ingresos petroleros alcanzan para cubrirlo. El dinero sale además de deudas contraídas con el democratísimo Gobierno chino, o del dinero de los afiliados al IESS ($2200 millones, y sigue contando), del BID, de la CAF; 100 millones por aquí, 250 por allá (son millones de dólares que serán pagados con la riqueza que no se ha creado todavía). Total, cualquier cachuelo, de aquí o de allá, vale. El numerito sigue. En 2010, el presupuesto Estado ecuatoriano llegó al 42,2% del PIB.

Como esos padres irresponsables que le compran de todo a sus hijos con dinero prestado, así tiene el Gobierno de Rafael Correa a sus súbditos ciudadanos. Los que menos tienen, cobran un bono solidario. Los que tienen la suerte de encontrar un trabajo en el Estado, reciben un generoso sueldo. Los constratistas del Gobierno, se llenan los bolsillos con cada novelería del régimen, que por lo general implica salir de compras a lo grande (y lo hacen legalmente, ojo). Se están construyendo más hospitales, portales de Internet de tecnología punta, y la Ruta del Sol está mejor que nunca. Pero, recuerden siempre, que mientras la música suena y el alcohol rueda, nadie hace demasiadas preguntas, la gente sólo se divierte (pregunten en España si alguien ponía un pero cuando la burbuja estaba a rebosar). La bola de endeudamiento crece y crece, y la hoja de la guillotina se hace más pesada.

Mientras esa herencia interminable llamada petróleo siga animando la irresponsabilidad fiscal, se llegará al próximo año, y se seguiran comprando votos con dinero ajeno invertido en elefantes blancos (TV y radio pública, por citar uno de muchos ejemplos). La mentira puede seguir poco tiempo, o mucho, dependiendo de los golpes de suerte del destino. Pero el sector privado seguirá en la incertidumbre, sin subir en dinamismo, en productividad, algunos pocos contentos con contratos públicos o disfrutando de aranceles proteccionistas.

La historía leída a medias.

Nos llenan de leyendas sobre un aterrador pasado “neoliberal”. Mentiras y más mentiras, mitos. El Estado es lo que ha entorpecido el desarrollo económico del Ecuador. Llevamos décadas con un código laboral de orientación marxista, de experimentos arancelarios que se han probado nocivos una y otra vez, de bonos de ayuda a la pobreza y despilfarro fiscal en obra pública, de empresas estatales ineficaces. Ni los propios agoreros del supuesto infierno “neoliberal” lo niegan, sea porque no saben muy bien de lo que hablan, o sea por verdadero cinismo.

En primer lugar, ningún país ha salido sólidamente del subdesarrollo sin abrirse al capital, sin relajar lo más posible sus restricciones a la empresa privada. Tenemos por principal ejemplo a los países nórdicos, que encabezan todos las listas de apertura al capital y cobijo a las iniciativa privada. Dinamarca, por ejemplo, ha flexibilizado su legislación laboral más que cualquier otro país europeo, dando más dinamismo a su economía, junto con una rigurosa disciplina fiscal. Alemania hoy es un oasis de prosperidad y creación de empleo, gracias también a que rompieron los esquemas socialistas de la rigidez laboral. España transitó el camino contrario, y hoy tienes los mayores índices de desempleo del universo industrial. Los propios sindicalistas germanos (no precisamente un nicho intelectual de liberalismo económico) recomiendan a sus pares españoles que sigan el ejemplo de su país, y que no aten el incremento de sus salarios a la inflación, sino al incremento de la productividad empresarial.  ¿Qué ejemplo sigue Ecuador? El que se ha probado caduco, el que ha sumido a España en la pesadilla que vive, el de la demogagia retórica de un  salario supuestamente “digno“.

Por su parte, el otro cliché preferido de la mitología socialista, Suecia, se encuentra en un proceso de reducción de su aparato de bienestar yprivatización de empresas estatales, incluyendo al sacrosanto sector educativo. Estocolmo da el dinero a los padres para que estos elijan en donde matricular a sus hijos, sea en centros públicos y privados con ánimo de lucro. Todos estos son ejemplos de países que han sorteado la actual crisis con mucho más éxito que el resto de Europa, todos ellos han establecido una rigurosa disciplina de gasto fiscal. Tienen algo muy claro: para distribuir riqueza, hay primero que crearla. Son paternalistas, sin duda, pero al menos actúan como padres responsables,  no como el Gobierno del Ecuador.

Y lo peor es que tenemos muchos ejemplos, muy próximos. Uruguay, gobernada por la coalición de movimientos de izquierda, Frente Amplio, y específicamente por un ex-tupamaro, tiene la legislación más liberal de toda Latinoamérica en materia empresarial, y encabeza junto a Chile el ranking  de libertad económica en la región. Por empezar, exime del impuesto a la renta aquellos ingresos provenientes de fuente extranjera. Es decir, si tributas en Uruguay, y vendes bienes o servicios a otro país, no pagas impuesto a la renta por lo que ganes en ello. Además, en pleno Montevideo proliferan zonas francas en las que miles de empresas producen en un régimen tributario especial. Su agenda socialista no ha sido mermada por sus ansias librecambistas ni un ápice, pero tienen claro que lo más importante es mimar a la empresa privada, el origen de la riqueza y de los propios recursos del Estado.

Ecuador no ha cambiado en décadas, sigue por la misma senda de estatismo botarate que lo ha condenado al subdesarrollo, financiado con petróleo. Ahora se emplean argumentos más esotéricos, eso es lo único diferente.

Salario digno: quimera de wannabe nórdico

3 December, 2010 § 5 Comments

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com 

Los alquimistas del Socialismo del Siglo XXI han encontrado la piedra filosofal de la Economía, el “salario digno“, previsto en el “Código de la Producción”. Es el último invento derivado de ese catálogo de moda ideológica conocido como Constitución ecuatoriana.


Frederick Bastiat, brillante economista del siglo XIX, decía que el gran problema del mesianismo estatal era enfocarse en “lo que se ve”, olvidando “lo que no se ve”: el sinsentido de contentarnos con los supuestos efectos inmediatos de una medida paternalista, sin considerar sus destructivas consecuencias en el largo plazo para toda la sociedad.

Qué mejor ejemplo que el “salario digno”, previsto en el Código de la Producción. La nueva gracia socialista consiste en que las empresas, cuando tengan utilidades, deberán pagar un añadido al sueldo del trabajador, hasta alcanzar lo “necesario” para que este satisfaga la “canasta familiar básica”. Y si es necesario, deberán satisfacer esta obligación hasta con el 100 por ciento de sus ganancias ¿Qué es lo que se ve (o se quiere ver) a simple vista? Miles de trabajadores alcanzando una ansiada “dignidad salarial”. Loable, sin duda.

Decía Henry Hazlitt, en su famoso Economía en una Lección:

“Parece oportuno advertir… que lo que distingue a muchos reformadores de quienes rechazan sus sugerencias no es la mayor filantropía de los primeros, sino su mayor impaciencia. No se trata de si deseamos o no el mayor bienestar económico posible para todos. Entre hombres de buena voluntad tal objetivo debe darse por descontado. La verdadera cuestión se refiere a los medios adecuados para conseguirlo…”.

Ahora preguntemos, recordando a Bastiat, ¿qué es lo que no se ve tras esa ley de “salario digno”?, y volvamos a Hazlitt, para empezar a contestar:

“Lo primero que ocurre cuando entra en vigencia una ley que establece como mínimo salarial una cantidad…es que nadie cuyo trabajo no sea valorado en esa cifra por un empresario vuelve a encontrar empleo. No se puede sobrevalorar en una cantidad determinada el trabajo de un obrero en el mercado laboral por el mero hecho de haber convertido en ilegal su colocación por una cantidad inferior”.

Ergo, en una economía como la ecuatoriana, lo único que se fomenta es el subempleo.

Las miles de personas de poca capacitación que ya están en el sector informal se ven impedidas de acceder a un empleo “digno”, porque a ningún empresario le compensa pagarles la cifra “legal”. El Estado les prohíbe así vender su mano de obra a un precio competitivo; en consecuencia, nadie compra.

Gabriela Calderón, la persona que con más vehemencia ha escrito de este tema en Ecuador, señaló hace unos meses:

“Entre 1979 y 2008 el salario mínimo creció en un 223% en términos nominales…. Entre 1979 y 1999 el promedio de subempleo fue de 46,5% mientras que el promedio para el periodo entre 2000 y 2008 fue de 54,5%. Aunque no se le puede atribuir todo el incremento en el subempleo al alza en el salario mínimo, si se puede decir que esta ha contribuido a expulsar miles de trabajadores hacia el subempleo (sector informal)”

Si quieren leer más de G. Calderón sobre este tema, recomiendo esto, esto, esto y especialmente esto y esto.

Hoy, en Ecuador, el porcentaje de trabajadores en el sector informal supera el 50 por ciento. En “junio de este año solo dos de cada cinco trabajadores ecuatorianos formaban parte de ese club que se ha hecho tan exclusivo: el sector formal”. Y esta medida demagógica sólo será “digna” para unos cuantos de esos trabajadores “formales” que ganan menos de esa cifra, quienes no representan ni  el 30 por ciento de los afiliados a la Seguridad Social.

¿Cuál es el error de base de los artífices del “salario digno”? Uno muy común: creer que el precio lo determinan los costes, y pensar que la mano de obra es un bien especial, que no puede estar sujeto a los vaivenes del “inhumano” mercado. Grave error. Y hasta Adam Smith incurrió en él, cuando escribía en La Riqueza de las Naciones sostuvo que el salario debía equivaler a los necesario para sustentar una familia. Fue Bastiat quien se percata de la falacia, y posteriormente los economistas austriacos desarrollaron una auténtica “teoría del precio”.

El precio de la mano de obra (sí, es un precio, por más que nos duela, aunque lo llamemos distinto, “salario”), como todo precio, depende de la valoración subjetiva de quien está dispuesto a pagarlo, no de los costes de vida de quien lo ofrece. Depende del mercado, salvo en el País de las Maravillas.

Ejemplo: un empresario, cuando contrata un nuevo obrero, no piensa en que debería ofrecerle 500 dólares en vez de 300 porque con esa cantidad su familia llega a fin de mes. Estará dispuesto a pagar dicho precio si de ello deriva un beneficio que el valora más que el dinero invertido. En otras palabras, si el trabajador lo ayuda a ganar más dinero (y esto se aplica al último obrero como al máximo ejecutivo). Y cuando se tratan de trabajos que no aportan mucho al proceso productivo, el empresario preferirá ahorrarse los 500. ¿Quién pierde? Pues aquellos trabajadores menos cualificados, sin mucho que aportar en términos relativos, que están dispuestos a trabajar por 300 o 450, y que ahora no tienen opción más que el sector informal. Y en Ecuador esto es un problema latente.

Lo fundamental para subir los salarios es la productividad del trabajador. La diferencia entre un trabajador francés y uno ecuatoriano es su productividad fundamentalmente. El galo cuenta con la preparación técnica y las maquinarias (bienes de capital) para producir 1000 unidades en un par de horas, generando más riqueza. A su empleador le compensa pagar un precio máyor, porque su labor tiene mucho valor. Su equivalente ecuatoriano producirá 10 de esas mismas unidades en el mismo tiempo, no llega a justificar el pago de un salario “digno”. Ese mismo trabajador quizá prefiera recibir lo que le dan a no tener nada (eso es lo que no se ve). Y con esta medida lo único que se hace es condenar al eslabón más débil, al que tiene menos que ofrecer en el mercado laboral, al más pobre, al que a veces no le queda más que extremar posturas y dedicarse a robar.

El primer paso necesario para subir los sueldos es fomentar la expansión del capital, fomentando la iniciativa empresarial y el ahorro. Sólo cuando hay más capital (conjunto bienes que sirven para producir más y mejor: dinero, maquinarias, software, etc) se logra mejorar el  nivel salarial para todos. En este vídeo, lo deja muy claro Jesús Huerta de Soto:

Si queremos parecernos a los países nórdicos, hay que hacer como ellos.

Los trabajadores daneses en promedio son altamente productivos, y ganan mucho más que el salario mínimo establecido por ley, que es bastante alto. Pero la ley de salarios mínimos no es la causa, sólo la consecuencia. La productividad danesa, y el alto sueldo que gozan sus trabajadores, se debe a que Dinamarca es una de las economía más libres en términos económicos, una de los destinos más acogedores con la inversión extranjera y la iniciativa empresarial  (véase aquí, aquíaquí). Su modelo laboral se basa en la denominada “flexiseguridad”: existe flexibilidad de despido y contratación laboral, que se mezcla con una generosa seguridad social que sólo es posible gracias a los impuestos provenientes de la riqueza que crean las empresas. Lo mismo sucede con países como Canadá o Suiza, quienes se ocupan primero de generar la riqueza que mantiene su generoso sistema de bienestar social.

Lastimosamente, la gogotería tartufócrata esa del “buen vivir” no es más que la manifestación sintomática del “síndrome del wannabe-nórdico-aquí-y-ahora-frustrado”. Esta suele causar fiebre mesiánica, delirios legislativos, distribucionismo crónico y, por último, más atraso.

La pobreza no se combate  con pirotecnia teórica.

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