La Yihad Sempiterna

17 June, 2011 § Leave a Comment

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com 

Original en ElMundo.es.

Resulta decepcionante escuchar que Ollanta Humala piensa vigorizar aún más la lucha contra el Narco.  Pese a su calenturienta retórica antiamericana, el peruano insistirá en satisfacer ese absurdo y letal capricho del Tío Sam que tanta sangre ha costado a la región, al igual que ha hecho el resto del socialismo andino. Parece que no hemos aprendido la lección, o no lo queremos hacer.

Los mesías andinos, que tanta saliva invierten en denunciar los supuestos atropellos imperiales de Washington, han dejado sin tocar el mayor emblema del intervencionismo americano, la war on drugsPrefieren desgastarse en poses absurdas sobre cuestiones superficiales. Y no hacen nada porque, en el fondo, la cruzada puritana contra las drogas desentona poco con sus propios prejuicios antiliberales, y además sirve a sus gobiernos para legitimar su poder. En esencia, la política antidroga constituye un ejercicio clásico de intervención represiva en la libertad individual con pretextos humanistas. Para ellos eso es otra raya más al tigre.

Desde el primer momento, la cruzada antinarcóticos fue una mezcla de imperialismo y estatismo mesiánico, y desde el inicio también se demostró la insensatez que supone. La primera batalla perdida contra el pecado psicotrópico la libró, por 1900, el héroe del movimientoprogresista, Theodore Roosevelt. El escenario escogido fueron las Islas Filipinas, recién arrebatadas por Estados Unidos a la Corona Española. Bajo el consejo de Charles Henry Brent, obispo episcopal del archipiélago, el presidente Roosevelt decidió erradicar el consumo recreativo del opio y combatir su comercio. Lo único que logró fue fomentar el contrabando, y enriquecer a los contrabandistas (cualquier parecido con el presente no es mera coincidencia).

Pero el testarudo Brent no se dio por vencido en su misión evangélica trasnacional, y consiguió que su Gobierno suscriba, junto con otras doce naciones, la Convención Internacional del Opio de 1912. Dicho instrumento instaba a regular y criminalizar el consumo de diversas sustancias, como la heroína y la cocaína. Así empezó la yihad farmacéutica global, movida por la fe de un pastor, sin base científica alguna y en contra del criterio de diversas asociaciones médicas. La Convención luego pasó a formar parte del Tratado de Versalles, y más tarde del sistema normativo de las Naciones Unidas, hasta ser reemplazada con el Convenio Único de Estupefacientes de 1961. Gracias a la fuerte presión de Washington, en virtud de dicho acuerdo proliferaron una gran cantidad de “crímenes sin víctimas”—como son el consumo y tráfico de drogas—en los códigos penales latinoamericanos, penados en ocasiones más drásticamente que los delitos de violación o asesinato.

Por años, los tecnócratas de la ONU siguieron prescribiendo recetarios de obligado cumplimiento, clasificando las sustancias de acuerdo a su grado de “peligrosidad”. Una anécdota patética es la inclusión de la hoja de coca en esas listas negras, criminalizada por ello en lugares donde era práctica ancestral. Para que se permitiera su uso como excepción expresa a la regla, hizo falta una avalancha de informes señalando algo que en el altiplano ya tenían bien claro: que la hoja de coca no solo es inofensiva sino que además es muy saludable.

Y es que la cruzada farmacéutica mundial es un ejemplo más de eso que Friedrich Hayek llamaba “fatal arrogancia”: la siempre falsa pretensión de tener el conocimiento necesario para poder dirigir el proceso social, desde arriba; ya sea para crear “hombres nuevos”, o buenos cristianos. Todo lo que aquellos iluminados necesitan es una dosis de planificación, de reformas legales, una legión de asesores, la represión que haga falta, y mucho dinero público. Si fracasan aparatosamente, no hay problema. Empiezan de nuevo, subiendo las dosis de cada ingrediente. El reaccionario moralista, como el catequista de la justicia social, no es capaz de asumir la inabarcable complejidad de la sociedad; no acepta que esta avanza solo gracias a un curso espontáneo de experimento y error, fruto de la interacción personal, y nunca por la planificación centralizada.

La izquierda latinoamericana, por anti-imperialista que se diga, no abjurará de la lucha contra el narcotráfico; por el contrario, aprovechará sus ventajas, como lo ha hecho hasta ahora. Como bien apunta Robert Higgs, esa mal llamada guerra es una fuente de legitimación del leviatán estatal; justifica presupuestos ilimitados, atropellos a derechos individuales, monitoreo de flujos financieros; es el pretexto perfecto para espiar nuestras cuentas, y pagar los sueldos de un enorme aparato burocrático, policial y militar. Qué más da el absurdo manifiesto, o los miles de muertos. Ellos, fatales arrogantes, saben que el camino al Edén (de la justicia social o de la gracia eterna, da igual) es espinoso. Lo importante es no perder la fe.

La Encyclopédie: obra de la libertad y el ánimo de lucro.

12 June, 2011 § 2 Comments

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Los Socialistas del siglo XXI, siguiendo una centenaria tradición antiliberal, se desgarran las vestiduras contra los medios privados de prensa. El presidente del Ecuador, Rafael Correa, es uno de los exponentes más activos de esta cruzada contra la libertad de opinar. Repite una frase que en su mente sonará lapidaria: la libertad de prensa ha sido históricamente la libertad del dueño del medio de prensa. Y con ello pretende justificar sus proyectos de censura (perdón, de regulación) mediática.

Lo paradójico del caso es que tiene toda la razón. La propiedad privada de los medios de prensa ha sido su mayor garantía de independencia frente al poder.  Y sí, lo que se defiende–lo que yo defiendo al menos–es eso: su libertad de hacer lo que quieran con su propiedad privada (imprenta, canal de televisión, estación de radio, etc.). Eso es todo lo que se necesita, y todo a lo que podemos aspirar. El uso que cada uno haga de esa libertad es otra cosa.

Tenemos ejemplos históricos de sobra. La propia Encyclopédie, potenciador intelectual de la Ilustración, no hubiese sido posible si no gracias a la propiedad privada del medio de prensa empleado y el satánico ánimo de lucro de sus dueños.

La historia la cuenta con detalle el francés Philipp Blom, en su Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales  (Anagrama, 2004). La  Encyclopédie fue una obra iniciada por un grupo de intelectuales fraceses, en 1750, que se convirtió el éxito editorial de su época, responsable parcial de la explosión de las ideas liberales por toda Europa y el mundo, que contó con la contribución de las lumbreras académicas del siglo. Denis Diderot, su editor y fundamental artífice, se enfrentó a la ruina económica, a la devastación familiar, a la censura e incluso a la cárcel para poder sacarla adelante. Fue una empresa en la que el ánimo de trascendencia intelectual y de lucro económico se conjugaron con absoluto éxito, como lo describe Blom:

“A la hora de la verdad, la Encyclopédie sería más cara, y mucho más lucrativa, de lo que habían pensado los libreros. En su momento culminante, daba empleo a un millar de impresores, grabadores, dibujantes, encuadernadores y otros. Lo que significa que casi uno de cada cien parisinos se beneficiaba económicamente de la empresa, directa o indirectamente… El director de publicaciones tenía que haberse dado cuenta que la Encyclopédie no sólo tenía ramificaciones ideológicas para la Iglesia y para el Estado, sino también otras económicas  muy importantes para el comercio del libro francés…” (p. 93)

Y, desde luego, los tartufócratas de turno también hicieron lo posible por silenciar a Diderot y sus socios, por ser enemigos de los intereses del “público”, del “Estado”, del “bien común”, y la doctrina religiosa del momento (hoy sería el Buen vivir). Lo bueno es que la mirada torpe de los censores de la fe y las buenas costumbres (hoy les dicen órganos de regulación) era fácilmente burlada con ironías y sarcasmos encubiertos.

Como en materia política y religiosa los autores no podían defender tan frontalmente la libertad, por miedo a la censura, en economía se explayaron. En una entrada, encargada al conocido economista Étienne-François Turgot, existen frases que por su simpleza y realismo siguen siendo un diagnóstico exacto del presente: “mientras que el curso natural del comercio es suficiente para la creación de mercados, nos vemos enfrentados al desafortunado principio de… la manía de controlar y regularlo todo y nunca servir a los verdaderos intereses del pueblo”. Esta, como tantas otras, es una verdad que seguimos sin digerir.

En cualquier caso, Correa tiene razón, aunque derive de ello conclusiones erróneas. La propiedad privada de los medios de prensa es la esencia de la libertad de prensa. Sin la propiedad de los medios de producción (intelectual, artística, periodística, industrial, etc,.), no existiría esa frontera de autonomía personal que nos permite ser libres ante el poder estatal. Porque el respeto a la propiedad privada es eso: respeto para escoger nuestros propios fines, que inexorablemente requiere del control de los medios obtenidos para satisfacer dichos fines. Por ello, cuando defendemos la “independencia” de la prensa no se pretende otra cosa que la aludida: control independiente ejercido por los propietarios de los medios de prensa, por contraposición al control ajeno, estatal. No se alude al uso que hagamos de dicha “independencia”, si este es ético, o estético, si es bueno o malo. Libertad de elegir, eso es todo, y ello incluye la libertad de ser grandes periodistas, o mediocres; de ser amarillistas, facciosos, serios o imparciales. La propia obra de Diderot no estaba exenta de terribles prejuicios y graves falacias.

Si no, imaginemos qué hubiese pasado si los emprendedores de la Encyclopédie no hubiesen sido dueños de la imprenta, si el ánimo de lucro de sus inversores no hubiese facilitado los medios económicos necesarios, si hubiesen sucumbido a la pesada persecución del Estado, justificada en el bien común. Imaginemos que la autoridad de turno hubiese dicho, en defensa de la persecución montada: defendamos a aquellos que no pueden pagar la suscripción, que no pueden acceder a otras fuentes alternativas de información, que son proclives a la manipulación de sus autores. Imaginemos también al censor hablando de “dimensión social de la libertad de expresión” y otras babosadas, mientras justificaban una Ley de comunicación enciclopédica. Imaginemos que, en vez de inversores privados, el Gobierno francés hubiese utilizado dinero ajeno arrebatado de forma coactiva a sus súbditos para emprender su Corporación Enciclopédica Nacional.

PD. Imagino a un genio, en arrebato de felina agudeza, argumentando: pero las frecuencias electromagnéticas son de propiedad del Estado, y solo concesionadas a las estaciones de TV y radio; ergo, no pueden hacer lo que les da la gana. Respuesta simple: ese es un problema que deberíamos eliminar, privatizando el espectro electromagnético, posibilidad que nunca se ha ensayado. De hecho, ese es uno de los mecanismos más comunes que los políticos en el poder tienen para presionar a los medios, cuando se acerca la época de renovación de licencias, y es la forma que tienen también de contentar a sus aliados mediáticos.

Socialistas del siglo XXI, neocons andinos

18 April, 2011 § 2 Comments

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Original publicado en Elmundo.es

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Suena paradójico el reciente triunfo electoral de Oyanta Humala, precisamente en Perú, donde el liberalismo económico ha probado rotundamente ser el mejor arma contra la pobreza. La historia se repite: el auge, durante los primeros años, exacerba la desigualdad heredada, genera impaciencia e incertidumbre, prepara el camino del oportunismo mesiánico. La moraleja tampoco es nueva: todo logro de la libertad, por beneficioso que resulte, puede desvanecerse si se descuida la defensa de las ideas que lo sustentan.

Y es que las ideas importan, mucho, y el socialismo latinoamericano lo sabe bien. Correa, Chávez, Evo, y ahora quizá Humala, son sólo cabezas visibles de un movimiento que los trasciende, que viene madurando pausada y metódicamente, en universidades y redes de activismo. Su autoritarismo no es un rasgo especial de su personalidad, constituye la secuela ineludible de un paradigma ideológico cuya vigencia depende de la pérdida constante de libertad individual.

Hasta el siglo XIX, aquello que llamamos “izquierda” a partir la revolución francesa se identificó, al menos en teoría, por su irreverencia ante el Estado, por su fascinación con la libertad; a la derecha la caracterizaba su complicidad con el poder establecido. Se trataba de la ética de la autodeterminación individual contra la superstición colectivista. Y esa ha sido, en esencia, la esgrima central de la teoría política, desde muchísimo antes que Karl Marx o Adam Smith; a la izquierda estaba la libertad, a la derecha la imposición. El siglo XX tergiversó esa ecuación, mediante una constante perversión de conceptos, y la doctrina liberal se encasilló erróneamente en el bando del status quo, del privilegio, cuando representa exactamente todo lo contrario.
Desde la perspectiva original, veríamos que personajes aparentemente antagónicos como Chávez o Bush, Humala o Fujimori, pertenecen a la misma esquina del cuadrilátero histórico.

De hecho, como el neoconservadurismo, el neosocialismo andino constituye un nuevo exceso del lenguaje metafórico, otro rechazo moralista al presente y alarmismo ante la incertidumbre del futuro; explota el desconcierto, la ignorancia y el complejo de inferioridad individual diluyéndolos en un ente colectivo, fuerte y altivo, exitoso cuando logra convertirse en proyección sicológica de la mayoría.

Una de las manifestaciones más estrambóticas de ese proceso es el Principio de buen vivir (sumak kawsay, en quechua), base del constitucionalismo andino-socialista y norte de sus experimentos de ingeniería social. Impresiona descubrir la cantidad de tinta que se ha gastado en este tema. Al igual que el neoconservadurismo, no es una invención pasajera, y cometemos un error si lo menospreciamos como tal; se trata de un concepto labrado por una legión de académicos y policymakers, dispersos por toda América Latina y Europa. Es un champú de leyendas negras y falacias teóricas, tomadas por dogmas, cuyo eco se sintetiza atropelladamente en el discurso de sus caudillos de turno.

Leo Strauss, el héroe intelectual de los neocons, hubiese estado cómodo con las directrices filosóficas del Buen vivir, particularmente con su inconformidad con el individualismo liberal y la adoración melancólica de un pasado imaginario en el que el ser humano convivía en armonía.
Ambas corrientes difieren del socialismo-democrático tradicional, que ansiaba apenas la “distribución” de esa riqueza que solo el modelo capitalista hace posible. El “biosocialista” (término que emplean frecuentemente) aspira a la quimera guevarista de un “hombre nuevo”. Dice inspirarse en una filosofía indígena, tan ancestral como fantasiosa e improbable.

Los neocons, en cambio, usan menos eufemismos, llamarán religión a la religión. Salvo por el propio Chávez, que no huye a la verborrea metafísica, el gurú neoindigenista evitará la retórica mística, se limitará a invocar al tótem de la soberanía popular, el “Dios de los que se dicen sin Dios” en prosa de Zweig.

Ambas corrientes, eso sí, desconfían profundamente del individuo dejado a sí mismo. Somos ovejas descarriadas por la decadencia occidental, y corremos el peligro de ser consumidas por el lobo del hedonismo individualista. Hace falta un pastor que nos convierta en rebaño, y para ello su principal instrumento será siempre el miedo, ya sea a los orcos neoliberales, a los malvados islamistas, o al chupacabras, da igual. El pastor-filósofo-tecnócrata conoce esas verdades reveladas mejor que nadie, y utilizará al Estado para que impere la virtud—recuérdese que ya no sólo equidad económica—por las buenas preferiblemente, o por las malas si hace falta; dentro de las fronteras, o fuera de ellas.

Los sponsors del neoindigenismo aclaran, con obvia candidez, que lo suyo no es otra fórmula de “dirigismo estatal”, que sólo hacen falta unos cuantos empujones burocráticos. Olvidan la sabia advertencia de Camus: “para adorar mucho tiempo un teorema, no basta con la fe, se necesita además una policía”. Y es ahí cuando se estrellan con la realidad, cada vez. No aceptan que los auténticos avances institucionales son siempre fruto de la interacción espontánea en un proceso de ensayo continuo, nunca del diseño impuesto por un grupo de iluminados, por bienaventurados que se consideren. Es ahí donde toda clase de socialismo se funde con el conservadurismo, con la tradición antilibertaria, paternalista, mojigata ante la riqueza privada. Ambos terminan siempre por expulsar a los mercaderes de sus templos, o los domestican con generosas prebendas.

Quizá es tiempo ordenar las categorías ideológicas, y hacer caso de algo que Murray Rothbard y algunos otros nunca se cansaron de repetir: una izquierda que no conduce a la libertad, en radical oposición al colectivismo platónico, a la coacción estatal, termina irreconocible en términos históricos.

Sonará a exuberancia teórica, pero creo que hay un paso necesario para iniciar un debate intelectual mínimamente realista: debemos definir conceptos básicos y tan prostituidos como “izquierda” y “derecha”, o por último prescindir de ellos, si ya no significan nada.

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